La música en la guerra

soldier-plays-piano2014-03-20-at-12-32-03-pm

 “¡Habéis desafinado!, ¿quién os ha dicho que miréis a las estrellas fugaces? Ya explotan por sí solas, sin vuestra intervención; cuando se usan las armas, hay que saber  lo que se quiere”

Friedrich Nietzsche

 

Michael Dreveus fue un hombre con un gran espíritu musical. Batalló en Verdún. Pasó noches enteras (noches de meses) entre sonidos de metralla, y viendo como el cielo azul era teñido por los cañones del odio. Se imaginaba la paz al no tener el poder de firmarla: era solo una pieza en ese ajedrez absurdo de la guerra. Pero tenía una idea de la paz: se imaginaba tocando en un viejo piano una canción que se le ocurrió una noche fría. Se ideó la escena: una botella de cabernet, un ramo de flores, un gato encima del piano, dos mujeres detrás de él, sus dedos dispuestos en la regla del piano y una voz afinada con una melancolía única. Cada vez que cerraba los ojos mientras se acuclillaba en la trinchera, empezaba a sonar el piano en su mente.

La letra de esa melodia de paz, hablaba de un acordeonista  entonando una canción en el cruento campo de batalla. Una canción cargada de sentido como un arma de fuego en la mano de un hombre con ideología. Estaba parado en la mitad de los bandos rivales con su instrumento. Ambos grupos al mirar al acordeonista, ven que este tiene una sonrisa optimista. Se dejan llevar. El sonido los une, les hace mover el espíritu. La intención no es mover a nadie, es incitar a la conciencia musical.

En la guerra solo se ve muerte, desolación y se escuchan sonidos fríos. Pero el acordeonista quiera transformar el aire. Suena una voz ronca. Comienza a cantar. La canción es existencial, habla del momento tan frágil de la vida que depende de un pensamiento. Una idea es un mundo creado. Un arma en la mano no lleva a pensar en nada más que buscar un objetivo. A diferencia de un acordeón, en las manos de un hombre, que por el solo hecho de llevarlo en sus manos se hace música.

El aspecto del acordeonista –según la canción de Dreveus-  es melancólico: tiene la ropa rota, igual que su corazón. Puesto en píe entre dos bandos, puede morir. Pero está en la mitad,  entre los hombres que se pierden en el idealismo del amor, aquel que en la paz hoy se aman y en la guerra mañana se odian. Son niños dice al acordeonista. Son niños que tienen miedo y solo siguen órdenes. Pero no ordenes ciegas, sino ordenes razonadas. La victoria hoy, será el futuro mañana, les dicen. Pero la victoria bélica de hoy, será la derrota moral de mañana. Alguien debe morir y no es precisamente el caído, sino el vivo que sigue cargando la conciencia de sus muertos hasta el final.

Suena tan dulce esa melodía del pianista de Verdún. Las femmas, que lo escuchan están conmovidas. No porque el canto del acordeonista sea un réquiem, sino porque ese sonido es universal, sirve tanto para el europeo, como para todo ser humano con decisiones en sus manos y recuerdos en su conciencia. Cada nota musical es una letra del abecedario que se compone en el alma. El gato gris encima del piano no se inmuta. Solo mueve su cola como si entendiera esa existencia extraña de los humanos. Solo mira y centellea con esos grandes ojos azules. Las flores simplemente dan su aroma.

El acordeonista, tiene miedo, pero está seguro que su melodía será escuchada por los hombres. Las palabras que lanza mientras entona su instrumento, son pistolas cargadas de sentido a punto de ser detonadas. Sus gestos al cantar, transmiten la imagen de un hombre que ha visto la carnicería de hombres hecha por hombres. No hay lágrimas, solo un sentimiento lastimero.

Parece que el acordeonista conoce la naturaleza humana. Es un artista del alma. Un cantor de la paz, un arriesgado por los sueños. ¿Pero qué motiva a ese hombre triste a cantar entre dos bandos contrarios? ¿de parte de quién está?. De nadie. Está de parte de la música universal y su sentido de unidad. Nadie entiende esto. Su melodía tiene que cumplir ese propósito. Nadie se arrepiente de nada.

Los hombres actúan no por principios, sino por el deseo de honor que se conjuga en obedecer altos ideales ajenos a su esencia: la patria, la nación, la paz.  El acordeonista tampoco se arrepiente de nada. Lo que intenta es arriesgado. La canción más segura puede ser su vida. Puede morir. Eso sería trágico, pero a la vez propicio. Lo que más desea el acordeonista es ser un cantus firmus. Uno con la existencia. Uno con el cosmos. Al final, siempre vendrán nuevos hombres que entenderán cada vez menos la vida: la verán tan superficial que la rechazarán.

Michel Dreveus no quiere que el acordeonista acabe como todos sin esperanza y con la nostalgia de anhelar tener un mejor mañana: la utopía eterna. Las cosas no se ven bien, pero un cantor de la vida puede mediar. Sabe que cuando falta la música, el hombre pone el ruido estruendoso de las balas y la muerte: falta espíritu y automáticamente se aniquila la vida. Por eso en las trincheras, solo hay historias, hay poesía, hay recuerdos. También hay valentía, pero es una falsa, pues nadie quiere morir en una guerra que no entiende el origen y ve confuso el final.

Allí en esa caverna de miedo y dolor se forjó Sigfried Sasoon, Benny Humphrey, Johannes Metz y otros. Las noches que habían visto en Praga, en Lyon, en Berlín, en Viena, ahora eran noches extrañas, simples, sin sabor como un vino nuevo. Noches desprovistas de ese negro pardo, contaminadas de un ocre color ámbar, que hacía presagiar la venida del tercer jinete amarillo del apocalipsis. El miedo era general.

Michel intuyó que el acordeonista era la pieza clave. La música no podía fallar.  Nunca falló. Wagner encontró su punto omega. Y Frank Litz se unió con el cosmos del sonido eterno.  Qué más se puede pedir. Quien no conoce la vida, no puede conocer la muerte sin escuchar al menos al virtuoso acordeonista en escena.  Todo está listo. El sonido viaja través de los sentidos. Los soldados de la retaguardia y los de la defensa están conmovidos. También las mujeres que están escuchando a Dreveus.

Comienzan a fluir las miradas. Las notas del acordeón son profundas, igual que las penas y sueños personales de esos hombres que se hacen llamar soldados; aunque en realidad son hombrecitos desempeñando un papel determinado. Uno de ellos se levanta de su posición y dice en un alemán vernáculo “beanspruchen”, si, reclamar, ¿pero reclamar qué?, otro dice “selbstversandlich”, si, es evidente, ¿pero eso qué cambia?  “sache rechnung tragen” qué, ¿qué cosa hay que tener en cuenta? Y el acordeonista, como por obra del mismo creador de música de la conciencia, o sea por Verneus, menciona las palabras más conmovedoras, profundas y decisivas “die initiative ergreifen”, die initiative ergreifen” si eso es, eso es.

Y reglón a renglón, paso a paso, melodía a melodía, mirada a mirada, salen de sus espacios personales los creyentes de la vida. Los que han reconocido un canto al cosmos en boca del acordeonista. Es una marcha triunfal. Los que se levantan tienen derecho a la vida, los otros solos a defenderla y a morir por ella en una batalla sin pies ni cabeza.

Ahora la música no es un error. El error está en el oído que escucha. La vida sin música se convierte en guerra.  Los hombres entienden que la inmortalidad no está en la guerra, sino en ellos mismos. La historia se reescribirá de parte de los ganadores. Los muertos no importan. Así que si la historia lo enseña en pasado, lo hará en presente. Por eso toda guerra hoy no tiene más función que la que puede tener un grupo orquestado de música de cámara.

Puede ser que estos hombres anhelen una eternidad que sea solo una ilusión, pero la anhelan con todo su ser y por eso serán honrados.  El acordeonista es magnífico, está cantando el himno “Wahdat alwudjud” del poeta Benarabí. Está gritando con su espíritu y en idioma Alemán, que tomen la iniciativa de ser uno con el todo. De que crean en la vida, de que la luz no se busca, sino que se descubre. Que la filosofía no está en las armas, sino en el pensamiento. Que no es filosofía una ideología. Que la vida es una sola. Y que no nacemos para matar, sino para morir.

El acordeonista deja su alma en su canto. Tiene que ser así. De otra forma no honraría a ese poeta del medioevo. Es primera vez que escuchan música con alma. La única que oían era una preparada en una cámara llena de perfume de honores falsos. Era música de clase alta que no expresaba lo que sentía la mayoría. Esos hombrecitos se abrazan. Tienen las caras sucias, y quizás sus almas, pero desean blanquear sus conciencias, al volverse en el cielo para el otro. La guerra es un mal entendido y una buena canción reivindica todo.

Los hombres han triunfado. El acordeonista ha desaparecido. La paz le hostiga a los propiciadores de la guerra. Michel Dreveus, ha dejado este manuscrito en su garita. En la puerta del lugar donde custodiaba la guarnición. La dejó junto con su último deseo: Que la canción se estrene en Francia y Alemania y que se entone por una artista popular. Y así se hizo.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Crea un blog o un sitio web gratuitos con WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: