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Cuando una ciudad colapsa: el correo deja de llegar. Los policías van en grupo a la playa. Los pobres a la luna.  Los aviones se vuelven carros.  Los perros cagan en los centros comerciales y van a filosofar a la iglesia. Los semáforos descansan. Los pájaros anidan en la torre Eiffel. Las medicinas se vuelven polvo. La droga sigue floreciendo.

Los políticos se oxidan. La ley deja de funcionar. Los ríos siguen su curso. El periodista encuentra noticias. El crédulo, escatología.  El dinero muere. Las arañas tejen nidos en la carretera. Los libros arropan los cuerpos fríos. Paulo Coelho se vuelve pobre. Christopher Hitchens resucita. Se apaga la llama del Bolívar desnudo.

El sol sigue brillando, calentando a justos e injustos. El día es noche, y la noche noche. Dios se tapa la boca, los oídos y los ojos con sus tres manos. Los sociólogos son martirizados. Los banqueros se gradúan. La gasolina compite con el agua. El pobre sigue teniendo sed.  Los tamos hacen su debut. Los caballos patean a los hombres.  Los billetes son madera. Las bibliotecas son luz  y los centros comerciales morgues.

Una vez decolapsada. Todo a la normalidad.

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