El fondo capital

A street in downtown Bogota in the La Candelaria neighborhood. This is calle 10
A street in downtown Bogota in the La Candelaria neighborhood. This is calle 10

Voy por las calles de Bogotá y no puedo luchar contra este frio tan inmisericorde. Al avanzar es como si una pared de aire gélido me detuviera y frente a eso no puedo sino ajustar el cuello de mi gabán para arroparme.  En otro tiempo visité esta ciudad y las cosas eran diferentes, es decir, la gente desconfiaba menos, era más sociable y más cálida. Ahora toda relación es mediada por el comercio. Ah, el comercio, como apareció para cambiarlo las cosas. Hoy todo se puede adquirir en el mercado, desde conciencias, hasta cerebro enlatado. Y no es que desprecie el capitalismo, no, ese monopolio del poder superlativo del dinero sobre la gente siempre ha existido, es el doble juego de la adquisición que me repugna. Algo así como el binomio deseo y saciedad, o codicia y tenencia. Que gran invento fue el papel moneda. Pero ya basta de numismática, ya es suficiente que la gente se mate por hojas estampadas un poder intrínseco.

En la capital, como dije, las calles son grises como trajes de etiqueta. Esta cultura de paño en otro tiempo fue intolerante frente a la vestimenta colorida de los costeños, por ejemplo. Aunque ni qué decir del atuendo de los paisas que con machete, carriel y poncho marcaban la diferencia. Hasta el día de hoy, (y he ido a la biblioteca Luis Ángel Arango y otras) he intentado investigar cuál era la ropa original y autóctona de los capitalinos. No desisto. Pero solo encuentro que la gente se vestía de moda cosmopolita, en otras palabras, siempre han bailado al son que les toquen. Vaya, vaya, las capitales son todas almas de un mismo cuerpo. Y lo digo sosteniéndolo, ya que Bogotá y Quito por ejemplo son casi idénticas; o Lima y Caracas; o Sao Paulo y Viña del Mar. Y que lugares más peculiares, porque en ellos uno encuentra cosas en común. Además que son lugares atestados de gente intentando sobrevivir.

En Viña del mar encontré un circo pobre de esos que yo frecuentaba en el sur de Bogotá. Paupérrimas funciones con carpas rotas que mojaban más el público adentro viendo la función que afuera escuchando los chistes malos de los pintarrajados payasos. De estas funciones circenses fue que surgió el mito de los niños desaparecidos. Del odio a los gitanos. Por eso todo mundo, hasta el día de hoy, desconfía de un circo que tenga un león flaco. En fin. En Caracas compré un almanaque Bristol que fácilmente lo encontré en el Callao. Las predicciones y los chistes repartidos en toda la revista conservaban un humor muy escatológico. De ahí deduje que la risa sardónica es universal.  Y ni que hablar de la literatura de las capitales (al menos, la que venden en las calles), esas cosas amargan a cualquier buen lector, pero complacen a los que leen en metros o trole-vías, megabuses articulados, o tranvías etc. Es mejor omitir nombres por respeto no a los autores sino a la existencia de las letras.

Bogotá me trae estos recuerdos y estas comparaciones, claro, hay otras cosas más de fondo. El gabán que llevo puesto está pesado por las monedas que friccionan mis bolsillos. Este frío hace filosofar mi cuerpo y añorar refugiarse en los lugares que ya no frecuentamos sino por compromiso. Los museos, la quinta de Bolívar allá abajo del cerro Monserrate; las iglesias de la séptima con su decoración de pan de oro, muy propio del arte quiteño; la extinta calle del cartucho donde se perdió tanta gente interesante, desde políticos, pilotos, profesores, artistas y hasta buenos escritores que intentaron imitar la vida del hereje de Bukowski o Artaud, pero cayeron a un pozo liso, sin posibilidad de regreso.

Mi padre conoció muy bien el hoy Bronx (ese prototipo de infierno humano). Fue su deber, no como consumidor sino como policía. Debía hacer algunos contactos, apretar algunos cuellos, apuntar en algunas sienes para obtener información importante sobre gente importante. De esta experiencia fue que extraería las historias que luego me contaría no antes de dormir, sino en los desayunos. De cómo la gente desaparecería para siempre en ese lugar; de las calles misteriosas con puertas que dirigían a casas y laberintos subterráneos. Relatos que para entenderlos, los comparaba con los laberintos de Creta o con el mundo subterráneo de la Alicia de Carroll. De los niños de las cloacas y otras cosas, y que como dijo Marco Polo, solo me contó la mitad.

Hoy camino por estas calles de nuevo, desde la última vez que partimos desde acá hasta los Ángeles California. Si Dios no cambia, los hombres y las ciudades sí. Aunque vivan millones de personas juntas, en soledad, ya que “persona” significa máscara. Camino despacio para no dejarme engullir de esta vertiginosa ciudad. El frío me da la bienvenida, además de los recuerdos y la sensación de que no hay mucha diferencia entre un lugar y otro porque donde quiera que viva la gente -pienso- siempre estarán presentes los principios maniqueos del bien y del mal. Aunque el mal sea, curiosamente más atractivo para la gente de la ciudad.

 

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