Diario: lunares como constelaciones en el cuerpo

Estoy motivado a escribir un diario. Y no precisamente porque anoche haya soñado algo bello y mi esposa me haya sacado de tal imagen de un codazo, dizque porque roncaba como caballo viejo, sino porque he leído el diario de Zygmunt Bauman, y vale, pues me siento con fuerza para escribir con igual belleza descriptiva.

Los grandes siempre lo han hecho, ¿con qué propósito? Qué se yo. Puede ser para mantener su brazo caliente o sus recuerdos intactos, porque recordar, aunque duele, es vivir y nadie quiere morir, por eso muchos escribimos.  Yo sé que una empresa tan personal como esta requiere de una disciplina férrea. El no decaer de ánimos, de administrar bien el tiempo, de sistematizar las experiencias importantes y escribirlas como las enseñó Hemingway, sin tanto adjetivo. Si el viejo Bauman pudo hacerlo, porque no lo puede hacer el joven Misur. Pero primero hay que poner los rieles.

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Jorge Francisco Isidoro Luis Borges Acevedo (Buenos Aires, 24 de agosto de 1899-Ginebra, 14 de junio de 1986) fue un erudito escritor argentino, considerado uno de los autores más destacados de la literatura del siglo XX.

¿Pero vale la pena el esfuerzo? La mejor respuesta se da con otra pregunta. ¿Por qué no? Ya que lo que sobrevive en la tierra es la obra y no uno mismo. Eso está clarísimo. La gente común se recuerda  por sus actos, y la gente inteligente por lo que escribió, aunque no tuviera muchos actos, como la vida de Borges, por ejemplo.

El único riesgo de vivir entre letras y personas ilustres es que quizá un día un amigo psicoanalista deduzca que en vida uno tenía problemas en el alma al ver tantas faltas ortográficas en los escritos que se dejan. Es un riego que hay que correr pero mejor es algo que nada. Y si uno logra insuflar todo lo vivido en esos signos muertos llamados palabras, entonces se habrá hecho un gran avance, se logrará vivir en las palabras y allí, y no en el cementerio, es donde hay que buscar una buena amistad.

Ahora estoy convencido que hablamos un solo lenguaje al comprender que un diario personal cumple esa función hipostática de unir lo muerto con lo vivo.

Y es que desde ayer lunes, no he querido salir de casa. Vicente Verdú dice que el hogar es la figura emblemática de lo dulce. Claro, lo dice refiriéndose a Jean Genet, que en su obra las criadas dice: “me corrompe su dulzura”. El hogar de Genet era el mundo: los gamberros, el crimen, la narrativa erótica, los dibujos lascivos de hombres con falos representativos; pero mi hogar es la densidad de mis actos, actos comunes y simples.

Sigo las señales que configuran mis costumbres: el café, los libros, la música, el cine, la computadora, los gatos, el olor a naturaleza. Creeré firmemente hasta el final de mis días, que las acciones reiteradas son las que hace de una casa, un hogar. Aclarando que las paredes no son un hogar, ellas son solo cemento y pintura.

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Jean Genet (París, 19 de diciembre de 1910 – Ibídem, 15 de abril de 1986) fue un novelista, dramaturgo y poeta francés, cuya obra expresa una profunda rebelión contra la sociedad y sus costumbres.

Me acostumbro, (y trato de no morir en el intento), a este espacio, a mis libros desordenados, al aire que entra por la parte delantera y trasera de mi casa; a los pollos que alimento con un amor hipócrita, porque al final me los voy a comer; y la música anacrónica que escuchan los vecinos. Esa es la dulzura que corrompe un día, o mejor que transgrede un lunes en mi hogar.

Y sí, he leído. A retazos pero he leído. Leí una biografía comparada de Spinoza, y un sendo tratado de Orígenes, no el santo padre, sino el padre irreprochable, que dijo lo indecible para su tiempo y que murió tal cual pensó y escribió, es decir, con fuego.

También he fisgoneado un viejo libro del marqués de Sade. La filosofía del tocador. Si un día escribo algo sobre esta obra, espero tener un público más o menos selecto. La obra es un manual anti-fe y pro-sexo.

También he escrito una carta a un gran amigo, aunque no estoy a su altura, ya que su forma de escribir es muy taxonómica, limpia, justa con las palabras; la forma de leerle no es de derecha a izquierda como el hebreo, ni siquiera de izquierda a derecha como el pobre castellano, sino que sus escritos son pozos llenos de sentido.

Allá abajo está esa luz que tienta el espíritu a descender. Y he bajado con una lámpara en mano como el viejo Diógenes. En cambio, yo escribo más como un John K. Toole, es decir, como uno que sabe que va a morir mañana. Y aunque no planeo suicidarme, si quisiera escribir del día a día, de los últimos descubrimientos en mis libros, de las palabras que me repelen de los malos escritores.

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John Kennedy Toole (Nueva Orleans, Luisiana, 17 de diciembre de 1937 – Biloxi, Misisipi, 26 de marzo de 1969), fue un novelista estadounidense, autor de La conjura de los necios, obra ganadora del Premio Pulitzer de ficción en 1981.

Y disfrutar de una gran amistad Ludí. Jugar al correo como opción intelectual, porque ya no se puede matar a ese cartero que llama a la puerta. Ahora las cartas llegan sin sello portal. Sin sobres olor a saliva seca. Ahora con el fino abrecartas de plata, juego a pasarlo por entre mis dedos.

Lo confieso, tener correspondencia es como participar de un juego continuo, sin aspirar a ganar o perder. Por eso las colecciono. El arte de conversar por misivas virtuales es una forma de vivir, de conocer, de entrelazar el espíritu, de hacer el arte de conversar una confesión tipo Rousseau. El riesgo es que estamos vivos y podemos ser juzgados. Pero qué más da. La estupidez humana juzga en vida o en muerte. Mientras haya hombres existirá el cielo y el infierno. Una vez que no haya nadie, se cerrará el telón y terminará la función.

Un lunes como este me trae a la memoria esa deliciosa novela de Ramón J. Sender llamada “Tanit”.

La empecé un lunes, y la terminé un lunes un año después. Y no es para más. Lunes, lunar, y lunares como constelaciones en el cuerpo. He pescado una frase profunda de Walter Benjamín en su correspondencia: “Las ideas son las estrellas, por oposición al sol de la revelación. No brillan en el día de la historia, sino que actúan en él de forma invisible, y solo brillan en la noche de la naturaleza”.

Acá doblo la esquina de la hoja de este diario.

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