Un recuerdo indescifrable

“Es el día maestro, el día juez de todos los demás: es el día, dijo un clásico, que ha de juzgar todos mis años pasados”.

Montaigne


Por casi tres décadas tuve un recuerdo que nunca pude exteriorizar, y no precisamente por un tipo de mudez, sino por carecer de un símil o figura adecuada para lograr comunicárselo a los demás como narración o como catarsis. Esto se transformó poco a poco en una tristeza (no desesperación) silenciosa, que duró muchas lunas y varios soles, y también se convirtió en una incógnita mental que llevé, igual que una marca, durante mis travesías por caminos, lagos, estepas, montañas y mesetas de América, y que jamás dejó de perseguirme.

Hubo mucho silencio frente al significado, y hasta pensé haber tenido una sofocación mística, pues los medievales sugerían con su fórmula “scire tacere” aprender a callar ante ciertos interrogantes existenciales. Sin rendirme, o al menos conservando intacta esa imposibilidad e impotencia interior sobre este recuerdo, tendría que ser el año 2022 la época donde lograría traducir esa visión onírica. El descubrimiento se dio en el libro «La séptima carta», una encantadora e histórica biografía ficcionada de Platón escrita por Vintilă Horia, un extraño y menudo intelectual húngaro, a quien descubrí por accidente, y cuyos libros resultaron ser un oráculo para mis cotidianas meditaciones literarias. Allí, en una página olvidada por el tiempo y los hombres, este dice con una sencillez y belleza inusitada: «El sol brillaba encima de mi cabeza y el águila seguía volando por encima de los abismos, trazando, como un sabio, el círculo de la vida y de la sabiduría».

La frase me congeló en el tiempo, me ancló a un mar helado y estático, mucho antes de lograr sentir un clic interior que me llevó a comprender que una pepita de oro puede hallarse en las profundas montañas rocosas y áridas de la erudición o simplemente aparecer ocasionalmente en la superficie. De haber leído esas palabras de corrido, hubiese perdido el camino, pues mi mente transformaría, por el uso de asociaciones, aquella imagen en cualquier escena: un pueblo griego alistándose para los juegos olímpicos; un sacrificio mesoamericano de plumas rituales y corazones propiciatorios; o una sencilla y verde meseta africana atestada de animales al garete. Como sea, esta figura construida por la pluma del húngaro Vintilă Horia, recreaba a la perfección lo que vi, justo antes de que tocaran la puerta de casa, anunciando la muerte del tío Carmelo.

En esa mañana de agosto, al abrir los ojos, previo a levantarme de cama, desapareció el sol, el águila, el abismo, el círculo, la vida, la sabiduría, y solo quedó en el ambiente, una nube espesa de tristeza, muerte y dudas sobre la noticia que traía el gendarme, en cuya misión de reconocimiento, él mismo ignoraba, que igual a los conejos noruegos, apenas nacemos, ya estamos corriendo vertiginosamente hacia el fin.

Meses antes del suceso había escuchado al tío Carmelo plantearse una inquietud, para mí, bastante extraña y mística: «La separación de Dios ¿será tan violenta, tan angustiosa como la muerte de aquí abajo?». Nunca pensé en el asunto, y creo que ni profundizamos al respecto, pero él, que no era superficial en nada, concluyó diciendo: «Esto tendrá fin cuando el Dios no soporte ya más nuestra ausencia. Pues él acostumbra hacerles una seña a sus bienaventurados.»  Ahí supe que lo inmortal e infinito ocupaba su mente. Esos eran los asuntos en los que decidió invertir los últimos años de su vida.

Asimismo, reflexioné, no podía forzar, ni por el pensamiento, ni por las emociones, una revelación, y comprendí, que el tío había recibido un mensaje, o posiblemente un signo del hado, y que no era necesario, ni pertinente, que yo lo supiera, pues el alma, al igual que el dolor, es individual. Yo percibí eso en su mirada, en ese aspecto sombrío de sus ojos que reflejaban un abismo interior, hecho quizá de enigmas, tal vez de sabiduría, o de pronto de una tranquila y peligrosa locura. Aunque, por otro lado, no imaginé el suicidio, ni siquiera que desapareciera como una chispa en el aire, sino que intuí un doloroso drama interior del que sabía, estaba relacionado con las dudas de vivir, la certeza de algo en el más allá, y un secreto propio que no podía expresar, cuyo silencio era su infelicidad.

Por eso no sé, si lo que recuerdo de él ahora es un sueño, un presentimiento, o una interpretación, ya que su repentina partida me recordó la historia del rey Creso, cuando este hecho prisionero por Ciro II el Grande, y antes de su ejecución, clamó: «¡Ay Solón! ¡Solón!» Gritos desgarrados y desconsolados que confirmaban la advertencia de que nadie es feliz en el mundo hasta no encontrarse delante de un juez, o en el límite final de la existencia. Aunque más que eso, su extinción se dejaba sentir por el dolor de la separación, pues había aprendido que si el nacimiento es una muerte, y la muerte un nacimiento, y si existe el eterno retorno, era justo no sufrir jamás por ello.

Carmelo estaba en el final, pero no era el último, y eso lo supe después. El destino se había ensañado con su poder, destruyendo en un momento, lo que ordenó tejer, como Penélope, durante años, dejando un vacío irremediable y una gravitación de preguntas y desesperanzas en el ambiente. Con su partida desvelé el mecanismo del destino, sus hilos, el miedo que infunden las Moiras: que la muerte no es ni un bien ni un mal, simplemente es la libertad, el fin de la prórroga de nuestras penas y las alegrías concedidas en la tierra, y ella es la que nos regresa al mismo estado en el que nos hallábamos antes de nacer.

Deduje que todos, incluido Carmelo, somos cartas escritas que un Dios redacta a ritmo vertiginoso y acorde al trabajo y la espuma de nuestros días, y si debía llorar por él, tendría que hacerlo también por los que aún no nacen. Con todo, la muerte se reveló como la libertad concedida a un esclavo, la cadena rota del prisionero, la prisión abierta para el desconsolado, y fue (y es) la medida que restablece la igualdad delante de los hombres.

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