Las fronteras del whisky

«Desapareció sin más… Como un puño al abrir la mano.«

Dashiell Hammett


En el reciente libro de Jaime Andrés Ballesteros, «Fronteras invisibles» (2021), nada es lo que parece, y eso es lo que atrapa y gusta, o al menos, lo que deja suspendido al lector durante 271 páginas. Las primeras líneas de su obra, “El enamoramiento entre la etiqueta del whisky y los ojos color pardo del nuevo e improvisado rector del pequeño colegio del barrio El Sereno…” constituyen el hilo que nos introduce en un laberinto Lyncheano, del que salimos, solamente, tomando whisky con el protagonista (o con el autor), o dejando pasar la vida a cuentagotas, pues la ley de Murphy nos dice que si algo puede ir mal, irá mal, y vaya explosión de accidentes que encontramos en esta narración, que, en su intratextualidad, dura ocho semanas, sin embargo esto es relativo y pronto lo sabrán.

Porque Jaime Andrés Ballesteros más que docente y gestor cultural, es un maestro del guion y de la escena cinematográfica, y por ello, cuando en su estilo compone prosa y crea novelas, [pienso en Silicona (2020) o El Guionista (2014)] las imágenes nos llegan afortunadamente en cascada y de forma lineal para bosquejarnos el mundo del crimen y el misterio, los dramas y las banalidades humanas, la acción y el suspenso, aunque con «Fronteras invisibles», obra finalista del premio Bernardo Arias Trujillo de la Gobernación de Risaralda, el autor nos sitúa frente a un thriller académico, barrial, y hasta transnacional que no dejará indiferente al que transgreda esta historia de principio a fin.

¿Y de qué va esta balada, este título merecedor de un importante premio en el departamento? Calma, ya que Leandro Roca, el protagonista, es un catedrático universitario que un buen día le notifican un reemplazo como rector en un colegio emplazado en un peligroso barrio marginal de Pereira. Tiene el perfil ideal: un pregrado, y una maestría en Sociolingüística emitida por una respetada universidad alemana, así que puede enseñar y administrar, o al menos son las funciones que debe desempeñar.

Pero por supuesto, este no es el trabajo soñado, pues lo que sería una semana de suplencia, se convierte en cuatro meses, y el docente Rocca lo sabe, sin embargo, su preferencia por el whisky y el pago del alquiler de su finca ubicada en la zona conocida como La vereda de los profesores, en Mundo Nuevo, no dan espera, aunque eso implique soportar la crítica de sus compañeros de universidad quienes lo juzgan socarronamente por pasar de enseñar en el alma mater, a administrar un colegio que apenas se sostiene en una lugar alejadísimo del casco urbano.

Así que estos, y otros elementos constituyen el principio del drama, ya que, a pesar del romanticismo (e ingenuidad) en aceptar este reemplazo como rector, y antes que la directora del programa universitario lo confirme en su nuevo ascenso (o descenso), el docente se adelanta a respaldar su trabajo aduciendo que El Sereno era un barrio demasiado periférico, tan pobre y marginal que su reemplazo académico se justificaba más allá que un simple favor de camadería de oficio, siendo un entusiasta aporte personal para acercar a esos olvidados jóvenes a la calidad educativa que solo un lingüista podría otorgarles.

Pero Leandro Rocca está jugando al ahorcado. Al profesor guerrillero que en ocasiones llega al plantel, tacha tres párrafos de Cervantes, y pone deberes extenuantes a un puñado de centennials que se mueren de aburrimiento en clase. Aunque más que esto, lo que el ingenuo maestro de español no ve es la realidad del barrio El Sereno, atestado de pobreza, y, por ende, de pandillas con mapas culturales, códigos propios y con capacidad de violencia. Allí, en este escenario es donde se configura toda la trama de la novela. Pero hay más, mucho más, pues otros elementos como la muerte, el periodismo, la vida en comunidad, los comics, guitarras de aire, y demás, están presentes para ambientar y relajar al inquieto e inquietar al relajado.

Lugares, personajes y acciones tratados por Jaime Andrés Ballesteros que visibilizan escena a escena las problemáticas de límites barriales, fronteras invisibles, relaciones complejas entre comunidad y cambios urbanos, o la psicología de los espacios: ¿No se llamaba antes El Piqueteadero lo que hoy, en la narrativa del autor, se llama El Sereno? O la Villa de los profesores, donde vive la nómina docente de la universidad según el autor, ¿no influye en la comunidad al ser llamada despectivamente Villa Ego?

Porque hablando en plata, y ubicándonos en un plano real, la cartografía social en Pereira es igualmente peculiar, ya que las clases sociales y los estratos socioeconómicos son muy evidentes, muy marcados, y no necesitan, por así decirlo, franjas amarillas, ni paralelos, ni avisos de advertencia, sino que es fácil ver un Corocito y La Circunvalar delimitados por una simple calle con las medidas de dos culos de caballo. El Dorado y el Poblado, separados por un puente de concreto construido encima de una cascada natural; La Churria y los Álamos unidos por una sima; y Salamanca y Corales demarcados por una selva pequeña y espesa donde siempre dejan cuerpos desmembrados.

En fin, como dijo el mismo autor en una entrevista, me hacía ruido lo de los límites. Así que lo único que une esas diferencias abismales en la ciudad, que une los puntos y difumina las estratificaciones, pueden ser El Pavo, que parecido al cielo, une todas las clases sociales; o las librerías, donde van desde candidatos a doctorado de Literatura a buscar libros de Proust, Butor, Nietzsche o Rigoberto Gil, hasta los que preguntan desesperadamente por textos de Samael Aun Weor, Walter Riso, o Jorge Gómez. Lo demás, en Pereira, es pura marginación estrato cinco o cero, reflejado en las facturas caseras por pagar, en los zapatos, la dentadura, o el perfume.

Pero avancemos, porque lo interesante en la obra de Jaime Andrés Ballesteros, es el desvelamiento de cómo y de qué forma funciona una frontera invisible, y esto acapara toda la atención lectora, pues siempre se ha pensado en el espíritu del gueto, los desplazados por la violencia, los nadie, o se ha relacionado todo lo malo, oscuro o de segunda clase con los habitantes de estos sectores marginales, sin embargo, en el fondo (y esta novela nos arroja pistas interesantísimas) se trata de palabras, de códigos, de mapas culturales que configuran semánticamente los vecindarios, barrios o veredas de Pereira.

Y en este laberinto Lyncheano es que el profesor Leandro Rocca, sumergido en una realidad indescifrable debido a su nuevo cargo, lanza una mirada con sorna a un ensayo de un tal Ospina, docente PhD en historia contemporánea, y realiza un descubrimiento revelador para la academia, pero macabro para la sociedad: las fronteras invisibles son consecuencias sociales, no causas; deducción que surge como una epifanía mientras critica a su compañero de universidad, quien aseguraba en tal artículo que, las fronteras invisibles…eran una especie de resultado normal y simple, previsto, autóctono de las zonas más deprimidas de la sociedad, y que solo refundando los valores comunitarios se podría solucionar [el asunto].

Solución (esta última) que no parece tan sencilla, y que huele a chamullo, ya que Leandro Rocca reafirma para sí que las fronteras invisibles eran (o son en realidad) una tecnología refinada de la sociedad lumpen que imitaba (imita) las numerosas fronteras invisibles de la sociedad legal, y como tal, era (y son) una creación verbal.

Confirmando con ello que la fuente de toda violencia reside en el lenguaje, idea no tan descabellada, en especial dentro de un contexto tan sensible como los barrios marginales donde la muerte por asesinato es una especie de justicia, y otras acciones ilegales responden a defender la existencia propia por encima de las normas, y donde, paradójicamente, las redes sociales desempeñan un papel no necesariamente sociable.

Realidad que es, como dice Micha, el peculiar compañero alemán de Leandro Rocca, «Pura sociolingüística de la muerte», o el terror que se desprende de las palabras, de los medios de comunicación, del uso de la escritura o las imágenes para crear realidades y territorios con capacidad de miedo y amedrantamiento tipo ISIS, La Cordillera y hasta el mismo Gobierno Nacional, y que otro personaje de la novela nos lo reafirma: «Se dieron cuenta (los grupos criminales) de que haciendo un clic logran más satisfacción que gatillando un revolver»

Con todo, esta deducción del «lenguaje como arma» es una hoja de ruta para sociólogos o estudiosos del fenómeno de la violencia en la ciudad, porque otros escritores pereiranos han narrado temáticas semejantes en libros que han soportado la prueba del tiempo y la lectura: Calle Luna, Calle Sol del docente Gleiber Sepúlveda, Cartografías del mal del escritor Wilmar Ospina Mondragón, Perros de Paja del maestro Rigoberto Gil, o quizá Me has salvado de mí del poeta Fernando Romero Loaiza, y esto solo por citar algunas producciones locales que tan bien han cartografiado las problemáticas sociales, visibilizando lo invisible, sin que nadie quiera ver nada de eso.

Así entonces, volviendo a «Fronteras invisibles», una fina ironía permea la novela de Jaime Andrés Ballesteros, pues si nos atenemos a la definición de Alberto Moravia de que todos los personajes novelescos no son fruto de observaciones minuciosas o precisas, sino que son una forma de juicio moral, solo así entendemos, al modo de Dostoievski y no del cristianismo, que Micha, el pasante alemán amigo de Leandro Rocca, tenga un criadero de pollos llamado jocosamente «Gallinero Auschwitz», figurando un personaje tan siniestro como Heinrich Himmler; o que Fernando Alonso Tibaquirá, no sea nada más que el prototipo de comunicadores sociales, que ante la escasez de empleo, terminen buscando la noticia amarilla, roja y verde (ecológica), o que Alejandra, la periodista universitaria de pelo azul, sea el espíritu del periodismo barrial y cultural en Pereira formado en universidades como la UTP y la UCR.

Como sea, finalmente inquieta pensar ¿cómo un docente, cuya maestría en Alemania fue aprobada con la tesis «El papel del rumor en la caída del muro de Berlín», no entiende una frontera invisible para transformarla por la educación, o por valores comunitarios como afirmó su compañero Ospina, y tal como el muro de Berlín cayó para dar paso a una sociedad alemana unificada? La clave puede estar en tres términos: rumor, caída y muro, que son los ejes temáticos de Leandro Rocca, pero como dije al inicio, nada es lo que parece en esta novela, y cuando la lean se sorprederán por ello.

Y es ahí, justo ahí, confrontando su vida académica con el mundo real, donde el docente Leandro Rocca entiende que una cosa es la teoría, otra la práctica o la realidad, y que la palabra violencia en un tratado de Hannah Arendt, es diferente, a una puñalada o un tiro de pistola en el barrio o la ciudad.  Y de esto se asegura el Potrillo (futuro Potro) y la banda de pésima ortografía, que tiene azotada la comunidad de El Sereno, y cuyo desenlace de la novela simplemente nos dejará mirando para adentro, como se dice popularmente.

De manera que «Fronteras invisibles» (2021), no tengo duda, es una obra de lectura y relectura, ya que de ella dijo acertadamente la jurado Gloria Susana Esquivel: «Es una buena novela que logra crear atmósferas verosímiles y personajes complejos. El uso de diálogos es muy bueno y el lector logra engancharse con la historia que se está contando. Hay un buen uso de los recursos de otras disciplinas (como la escritura periodística y los cómics), lo que hace que se sienta aún más verosímil la historia que narra.» Salud y enhorabuena para la literatura regional y para los amantes del thriller y la novela inteligente y entretenida.

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