Fragmentos de planeta

«No llorar, ni reir, sino comprender”

Spinoza


A Mateo Quintero, por su amor a la filosofía.

«La batalla de las cerezas» (2013), es, por su contenido, y por su estilo narrativo, una dialéctica de amor entre un espíritu que habita en dos cuerpos, entre un corazón que habita en dos almas, porque tal historia (de menos de 200 páginas) entrelaza a dos filósofos que intentan, mientras deshuesan cerezas in varietate concordia, resolver por medio de un diálogo sincero, sentido y amistoso, ciertos problemas del mundo.

Y estos dos pensadores (original cada uno a su manera) son Hannah Arendt (1906-1975) y Günther Anders (1902-1992), ambos esposos, ambos judíos e hijos del pueblo del libro, quienes, ante el desamparo y el ímpetu juvenil de querer conocerlo y entenderlo todo, cruzan preguntas acerca del arte, la música, la filosofía, el ser humano, la naturaleza y otras cuestiones, cuyas respuestas imprimen en el lector una mina de ideas, gracias, a la forma clásica de filosofar en común con el otro (symphilosophie), aunque según la composición de estas memorias, podría ser mejor una construcción filosófica entre dos (symphilosophieren).

Esto último sería lo justo, y pondría la cuota en la igualdad de las categorías del pensar, ya que esta manera clásica y socrática de reflexionar en compañía, es una emulación del estilo filosófico de los griegos, y a excepción de los presocráticos, toda filosofía se hace con el otro, entre los otros, y para los otros. Lo demás es especulación In abstracto.

Aunque avancemos, ya que gracias a lo anterior, es que este diálogo es singular y gusta y cala por varios motivos. Por un lado, porque no es algo parecido a las conversaciones que tuvieron, quizá, Abelardo y Eloísa (espiritualidad), Rousseau y Madame de Warens (confidencias), Kant con su admiradora Marie-Charlotte (timideces), o Hipatia con el oscuro filósofo Isidoro (turbulencias), sino que entre Arendt y Anders hay una consubstancialidad, es decir, ambos tienen un vínculo «aparentemente» afectivo, académico, y de fondo, una ardorosa pasión por el conocimiento, que los convierte en una representación teatral. Un tête à tête, envuelto en afirmaciones, cuyo vehículo, las preguntas, son el medio por el cual intentan detener el movimiento de las dudas, y esto, mientras de forma lúdica o comercial deshuesan cerezas (parece que la familia Anders comerciaba con la fruta), y afinan el oído, ese sentido por excelencia de todo aprendiz.

Y hay algo hermoso en las pintorescas escenas de estas memorias, me refiero a esa etapa juvenil tan acuciante, tan sedienta, tan buscadora de la luz, pero también ese pensamiento mutuo (judío en el fondo) que se muestra heredero de la filosofía de Saadia de Gaon, o el conocimiento que no difiere del amor y que configura la vía de acceso directo a la divinidad. Aunque reiterando que aquí no se trata tanto de religión (y hay unos sendos diálogos sobre lo divino basados en la filosofía de Leibniz), como de pensarlo todo, de llenar esos vacíos pavorosos que intranquilizan al ser humano que reflexiona, de calmar esa angustia polimática griega que habita en seres singulares.

Pero hagamos un paréntesis aclaratorio, ya que el libro «La batalla de las cerezas» (2013) aunque constituye las memorias reconstruidas de Günther Anders, también son más poesía que verdad, sin que, por ello, sean falsas. Antes bien, como dice el autor en sus primeras líneas: «No me es posible ponderar cuánto hay en él de Hannah, cuánto de mí, cuánto de entonces, cuánto de hoy: intenté recrear en mi mente la original forma de hablar y pensar de Hannah, ya entonces tan peculiares, pero no lo conseguí; solo he logrado describir sus gestos». Y el paréntesis se justifica, ya que Anders por ocasión de la muerte de Hannah Arendt (su primera y difunta esposa), redacta sus recuerdos de aquellos primeros y felices año de vida en común con ella.  

Y en el fondo, esta empresa dolorosa de hablar y escribir sobre el pasado, y la tarea de despertar a los muertos, tal como diría Walter Benjamin, deja en claro que todas las memorias son reconstrucciones, páginas en blanco al portador que se rellenan lo más fielmente posible, fragmentos retocados de vida pretérita para reflejar en el presente. Y lo interesante acá es el escenario de la conversación, que es real y que es una lid entre cocina (Hannah era una excelente y orgullosa gourmet) y filosofía, y más que eso, entre dos jóvenes con ideas antagónicas, en algún momento recíprocas, y en otros, irreconciliables, demostrando una belleza inusitada en la tolerancia, porque el fin de toda batalla no es vencer al otro, sino convertirlo en amigo.

Esto es lo llamativo de esta dialéctica del amor, de esta confrontación inquietante sobre las ideas, ya que Arendt piensa que hay un sistema filosófico, un mundo, comunicación entre seres, que Dios está en su creación, que hay un propósito en el universo, que el hombre es el centro, temas a los que Anders no da crédito de ninguna manera, sino solo afirmando que somos pedazos de mundo, fragmentos de planeta, que todo pensador es pre y anti copernicano, (la idea del hombre y las cosas en el centro, sin periferia) y que el ser humano, lamentablemente, solo está reducido a un mero discurso, a soplo, a palabra, y esto, quizá, argumentado en la fragilidad de la carne de Job, o en el debilitamiento del logos de Cohélet.

Sin embargo, no hay que dejarnos llevar por las afirmaciones autorizadas, ni por las apariencias, pues como dice la filósofa Simone de Beauvoir, hay un espejismo en la exterioridad, así que, visto, desde afuera, estos dos sofistas son lúcidos, desean «comprender» el mundo, pese a que (y aquí estalla el escándalo como se sabe), ambos están unidos por las arras del matrimonio. Son jóvenes, sí, pero han arreglado sus vidas en función del desamor, la precocidad y la pasión por el conocimiento (espíritu) y no por el deseo ardoroso de la carne. Este es el otro gran paréntesis del libro, la tragedia, la pérdida del sofisma del amor, la explicación práctica que tácitamente admite que, ante los otros, estamos frente a una inconsistencia, delante de un vacío y una incertidumbre, que solo puede redimirse por esa palabra huera que resucita la intolerable soledad de vivir junto al otro.

Como sea, ¿por qué tal decisión, además de precoz, de contraer nupcias? El sociólogo alemán Christian Dries diría, textualmente sobre esto: «Retrospectivamente, su primer matrimonio fue para ella un gesto escapista, una huida del único e imposible gran amor de su vida, de la persona que le había enseñado el camino de salida de su melancólica desolación e inculcado el afán de comprender. Él, el inteligente hijo de una buena familia, veía en ella a la mujer que lo acompañaría en un proyecto heredado de la práctica de vida y de trabajo de la casa paterna, un proyecto sencillamente irrealizable con aquella enérgica y rebelde mujer medio huérfana.» (Esbozo de una relación).

Y el gran amor de Arendt, que menciona el sociólogo, es Martin Heidegger (1889-1976); y el proyecto de Anders al que se refiere, no es nada más que tener una mujer consorte para escalar en su idea íntima de familia y academia. Así puede evidenciarse, entonces, que no existe unión fuerte de propósito, ni fusión de cuerpo entre ambos, sino una mera afinidad de espíritus que danzan alrededor de la belleza de pensar.

Un lamentable estado agónico del alma de ambos, que pone en juego, en ese juego falso, la idea de elección. Nada más. Ambos han escogido, han desatado el dispositivo de su voluntad para formar una empresa sentimental, y eso los hace responsables por sus destinos, felicidades y miserias. Elección como facultad interior que permite acceder al mundo para su compresión, y así captar la realidad para transformarla en un proyecto, una familia, un puesto de poder, o un matrimonio, asumiendo las consecuencias de buena, nunca de mala fe.

Es como si Arendt y Anders hubiesen sido dos fragmentos de puzzle que no encajasen en la imagen final, pero ahí es donde se recupera el valor de tal relación, pues demuestran con ello que hay más lógica en el caos que en el orden establecido, y si el odio y el amor implican siempre un fracaso, no por ello se deja de amar al otro, o los otros. Ambos eligieron el amor al conocimiento, prefiriendo la unión mística y conformando un matrimonio de consuelo.

La declaración de Hannah Arendt sobre la decisión de casarse es tan clara como dolorosa: «Cuando me fui de Marburgo estaba firmemente decida a no amar nunca más a un hombre y luego me casé, como fuera, con cualquiera, sin amor.» (Correspondencia con Heidegger).No obstante, de cara a esta comedia, que terminó en tragedia, hay que rechazar que la única motivación del corazón humano sea el interés, pues existe una alta dosis de humanidad en cada hombre, y únicamente, en soledad, se puede ser fiel a uno mismo, sin falsear el carácter, ni actuar de mala fe. Solo así entendemos el amor al prójimo, y las otras ocho definiciones más de tal sentimiento. Solo así comprendemos las motivaciones de Arendt frente al problema de la familia y la presión social por establecer un núcleo familiar vital.

Siendo honestos y prácticos, este encuentro entre Arendt y Anders puede tomarse como un modelo de «filosofar en común», es decir, como una vía para emprender la tarea de pensar con el otro, o con los otros, igual que un cuerpo o una mente, consolidar ideas, hablar sin ocultar nada, preguntar con sinceridad, adquirir la capacidad de sorprenderse como un niño, y ser fiel a la naturaleza del que pregunta, responde o escucha. Y no por ello, quien piense en común con el otro, necesariamente compromete su relación de «individuo libre», con el pensamiento «colectivo», sino únicamente previsualiza un juego de fuerzas mecánicas accionadas por el dispositivo de «comprender». De eso se trató el matrimonio Günther-Arendt, en eso se basó el encuentro entre los dos filósofos, y sobre esto, la lectura de «La batalla de las cerezas»(2013) producirá nuevas formas de pensar, asimilar, y encontrarse con el otro.  

Finalmente, no es posible dar crédito a la frase «Los seres son impenetrables, las conciencias son incomunicables», porque no sería justo afirmar que, en el amor, la amistad, el debate, o el filosofar en común, cada uno siga siendo para el otro un misterioso extranjero. Es verdad que somos peregrinos, que el sistema se desintegra en sus elementos, que las personas existen en el mundo y se ignoran en sociedad, que cada uno es un pasajero involuntario, pero no por eso se puede dejar de transgredir la soledad por medio del diálogo y la vida, sea entre hombres (bio) o entre el espíritu (zoe).

La doctrina agustiniana del hombre ha reducido las expectativas de vivir mancomunadamente (Nadie es bueno en su interior si actúa por la fuerza; aunque sea bueno lo que hace. Conf. XII,9), porque si el hombre es malo, nada de lo que piense, o haga, puede tener otra naturaleza distinta, pero si es lo contrario, (como lo es, en efecto, gracias a la vida del espíritu), es necesario experimentar la idea universal y amplísima de que somos seres vivos, entre otros seres vivos que desean vivir, y no morir, y el único consuelo y redención es el discurso, el soplo de las palabras. Esos símbolos que nos humaniza o destruye, pero que no nos diferencia de los animales, pues ellos tienen un lenguaje privado que les impone límites, dejando el amor y el odio solo para competencia entre hombres.

Los griegos lo entendieron de esa manera, Arendt y Anders, igualmente, y así debe entenderse una obra como esta, que no es moral, ni contiene un mensaje, antes bien, se muestra como una dialéctica afín a todo hombre que vive en sociedad, no en soledad, es decir, su fin es unirnos por la palabra, pero también evitar el divorcio entre el pensamiento y la vida. Esa es la influencia del libro «La batalla de las cerezas» (2013) y como dice el mismo Christian Dries, a propósito del esbozo de esa fecunda, pero triste relación ya mencionada: «ya se han acabado las cerezas, todas han sido merendadas o confitadas, y la disputa filosófica ha terminado.» Fini.

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