Lecturas adúlteras o cuál es el camino para leer en Risaralda

“Un minuto más”

Albalucía Ángel (Girasoles en invierno)


Detengo mi lectura en voz alta de Los papeles de Dédalo de Eduardo López Jaramillo, para darle paso a un libro que excita mi curiosidad, que revuelve mi mente, se trata de Ensayos literarios. Pequeño manual de crítica literaria del escritor pereirano Víctor Manuel Duque Jaramillo. Es un tomo sencillo, ajado, sin ningún diseño interior y exterior, e impreso en tinta color marrón, tal como se tipeaban los textos ochenteros a bajo costo en Pereira.

Me impresiona que libros de este tipo capten mi atención porque varias preguntan me acosan: ¿Quién financiaba obras como estas? ¿Para qué manuales de Crítica literaria en Risaralda? ¿Tuvimos (o tenemos) un canon de literatura? De nuevo surgen esas preguntas que, a modo de puertas, abren otras puertas. Vamos a ver si llegamos a algún Pereira con estas reflexiones adúlteras.

Lo que sucede es que, en su momento, estos libritos eran apoyados y financiados por mecenas políticos. Siempre fue así, hasta que apareció la multitud. (¿No le dedicó Freud su libro ¿Por qué la guerra? a Benito Mussolini?, y ¿Maquiavelo no buscó la simpatía de Lorenzo el Magnífico gracias a su obra El Principe?) No tengo duda de eso. Por ello observo con detenimiento que el autor, es decir, Víctor Manuel Duque Jaramillo, le dedica su trabajo literario a la diputada de Risaralda Gladys Ballesteros y eso ya lo dice todo. ¿Quién fue esa señora política? Internet no arroja nada, pero sí debe haber alguna placa por ahí, así que parece que vino, gobernó, y salió. Fini.

Sobre lo segundo, sobre eso de para qué manuales de Crítica literaria en Risaralda, y demás sospechas culturales, es claro que ya existían intentos infructuosos (como aquellos) por empezar a examinar la producción literaria hecha en el Departamento. Un grupo literario es el buen responsable. Se hacían llamar «La Golconda» y estaba integrado por Ignacio Torres Giraldo, Santiago Londoño Londoño, Jesús Antonio Cardona, Lisímaco Salazar y Luis Tejada. Todos juntos, (no sé si con cerveza, salchichón, o con café y cigarrillo), emprendieron la idea de hacer literatura desde la visión marxista de la historia, es decir, trazaron un paralelo, una ruta de pensamiento y lo observaron (y filtraron) todo bajo este prisma.

¡Ay quién no fuera librepensador, o quién no tomara la ostia dialéctica de la lucha por el lumpen proletariado! Se quedaba sin lugar en el cementerio de Circasia como Gustavo Álvarez Gardeazabal (no hay contradicción, la leyenda es larga), o su nombre no figuraba en las bases de la arquitectura masónica repartidas por todo Pereira. Pero bueno, la historia tiene su historia y no hay remedio. Ella es escrita y hecha por hombres, y donde haya hombres siempre habrá tonterías y las mismas tonterías. Este es el eterno retorno resumido.

Cierro paréntesis, porque luego de ser interrumpido en mi lectura de Eduardo López Jaramillo, o la digresión sobre ese texto de la función de la Crítica literaria, pienso en algo más transcendente, y es, que los libros de antaño, publicados en el Departamento, tenían funciones y objetivos sociales. Apuntaban a lo social, a los propósitos particulares o privados. Se me viene al globo terráqueo de mi cabeza la obra Búsqueda de amaneceres, de Luis Carlos Grajales Ruiz, impreso en 1987, y también estampado en esa odiosa tinta color marrón, cuyo prólogo publicitario dice: «La contribución ciudadana para el bienestar de los niños de Pereira y el departamento, dada con la adquisición de este libro, será destinada a la continuidad de la campaña pro construcción del Hospital Infantil de Pereira».  O la obra, que ahora tengo en mi mano izquierda, Mi voz universal del poeta risaraldense Danilo Calamata, quien dedica ese poemario tan poderoso y dulce, al labriego, al obrero menudo, a los cientos de seres que no tienen pan y techo, y son víctimas inmoladas en violentas zonas de la región cafetera. 

Gracias a estos ejemplos menudos y silvestres (y otros más) se corrobora que los libros siempre han sido caminos. Aunque también en la antigüedad se llamaban Itinerarios. Rutas, para evitar usar infinidad de sinónimos, que conducían hacia algún lugar. Aclarada la definición, es que para lograr transitar por la literatura risaraldense solo encuentro dos caminos (ojo, no dije trochas): en la mano derecha, sostener un libro clásico universal (vía ancha); y en la izquierda, un libro local, sea de un escritor vivo o de uno sepultado por el olvido (vía angosta).

Esa es la regla de oro en el Departamento para afirmar qué genial fueron nuestros escritores, o qué horror, o para entender que estos literatos fueron tan fecundos como creativos cuando hacían literatura según sus géneros y desde sus preferencias: crónica, ensayo, poesía, novela, periodismo policiaco. Lo demás, en la modernidad, son licenciaturas, maestrías o doctorados, y de eso está lleno el país. ¿Cuál es la diferencia entre uno que habla de Shakespeare en Europa, y otro que lo hace desde Pereira o Dosquebradas? Ya vamos comprendiendo la ruta.  

Finalmente, regreso a Los papeles de Dédalo del escritor de Eduardo López Jaramillo. Me gusta su escritura. Lo confieso. Su vida fue turbulenta (según quién lo diga), pero su pensamiento fue claro y diáfano como el agua. Admiro, sinceramente, esa capacidad intelectual que él tuvo, porque más allá de este haber estudiado en Lovaina, o llegar a ser discípulo de Octavio Paz, o su oscura docencia en el INEM (según quién lo diga), o emprender la escritura de tratados sobre el Marqués de Sade, Akenatón o Cavafis, fue (y es) su amor al conocimiento lo que nos inoculó una pasión por el saber y la creación a los risaraldenses.

Eso sí, amor al conocimiento o enfermedad del absoluto que aprendimos no tanto de Eduardo López Jaramillo, o de la cultura egipcia, griega o romana, como de otros personajes de la talla de Benjamín Baena Hoyos, Ricardo Sánchez, Lisímaco Salazar, Bernardo Arias Trujillo, Albalucía Ángel y otros etcéteras regionales; y también amor al conocimiento que conservamos gracias (en la actualidad) a otra nómina de pensadores más que evito nombrar por discreción y evitar vanidades, aunque ya he dicho algo de eso en otras entradas de mi blog. Como sea, todas las lecturas adúlteras consumadas bajo un puente, encima de una cama, o frente a los escaques del Parque de Bolívar, nos llevan a comprender que aquello llamado cultura es un entramado, una malla de signos y átomos, y todos los libros, en realidad, son uno solo. Esa es la revelación adúltera. Salud.

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