Adalberto Agudelo Duque, el crítico anfibio

«La narración verdadera es el no-texto que arrastra al lector al laberinto de la escritura obligándolo a ser otro autor con su propia historia ya explícita.«
De: Efecto Moebius en la Literatura


Hay que reconocerle al licenciado en literatura Adalberto Agudelo Duque (1943) dos cosas: su sinceridad como escritor y su rudeza como crítico cultural. Dos facetas que ha trabajado pacientemente por más de medio siglo, y que su texto Ensayando (Premio de Ensayo 2007) contribuye a ello, pues en este, ajusta cuentas con el establecimiento literario de Manizales, la ciudad donde nació, y la que considera, necesita una purga en materia cultural. Misión que ha tomado con seriedad, devoción y penetración, tratando de convencer al lector con sus vastas obras de:  «que en Manizales escriben como cantando, pero dicen las cosas más truculentas en el lenguaje más fino, pulido y decadente.»

Así pues, en Ensayando, un libro de 205 páginas, deja sentir el más fino y serio ardor (o mejor, celo), por lo literario, empleando un estilo escritural que mezcla retaguardia callejera y jerga académica para protestar contra el llamado “Grecolatinismo”, vilipendiar a “Bernardo Arias Trujillo”, y poner en duda “La oratoria grecocaldense” y otros temas afines, que en verdad lo sitúan más como personaje incómodo para el establecimiento, que como escritor concienzudo y objetivo.

Posición que puede ser el motivo por el cual los círculos académicos y literarios de Manizales lo han ignorado, u omiten mencionarlo, y esto, a pesar de haber ganado más premios nacionales o internacionales por sus libros, que amigos por sus comentarios. Un fenómeno (ser muy publicado pero poco leído) que nos lleva a pensar si acaso a Adalberto Agudelo lo consideran en Caldas un diletante, un outsider literario, o un crítico kantiano, cuyo enfoque cáustico y contestatario le ha dado fama, pero también lo ha convertido en el repelús del establecimiento cultural de Manizales.   

Con todo, y pese a la edad que hoy tiene Adalberto (78 años), y la que tenía entonces cuando publicó esta obra ensayística (64), ya nada debe importarle en materia de opinión o polémica, pues entre Suicidio por reflexión, su primera novela escrita en 1967, hasta Simón Bolívar, la más grande mentira de la historia, el ensayo histórico y patricida publicado en el 2020, hay una escuela de resistencia, cuyo ejercicio ha formado en él la idea agustiniana, de que es insensato agradar a un público que cambia como las modas, y cuyos principios siempre se desvanecen con el tiempo, dejando los meros hábitos mecánicos.

Foto Fuente: Antonio María Flórez (Facebook)

Como sea, este autor no deja títere con cabeza cuando usa la pluma como arma, machete o palo, aunque él mismo crea que el lenguaje, si no se depura o santifica, tiene esa finalidad, ya que los géneros literarios (mal usados, diría), son instrumentos de violencia al ser empleados por el poder establecido. Y al referirse al poder no hace alusión al Estado, sino a las vanguardias literarias que tienen cabeza de oro, pero pies de barro, cuyos nombres más visibles fueron Bernardo Arias Trujillo (BAT), Aquilino Villegas, Gilberto Alzate Avendaño y hasta Otto Morales Benítez, de quienes dice, se convirtieron en epígonos ciegos autocomplacidos que no crearon escuela, sino méritos egoístas para ganar bustos romanos en parques y escuelas.

Hay en toda esta diatriba cultural una insospechada historia de amores y odios de Adalberto Agudelo Duque que solo puede ser comprendida (o desentrañada) al acercarnos a las diversas obras literarias que ha escrito durante más de cinco décadas. Géneros que van desde la novela, la historia, la crónica, la poesía, el ensayo, y que muestran la luz, la sombra, la lucha, la creatividad, el desdén, el acierto, y todo lo demás, que, entre lo paradójico, (y a falta de leer los fallos del jurado) le han valido varios premios nacionales e internacionales y reconocimientos no pocos.

Su carrera, a la que ha dedicado más de media vida, y su carácter, formado en el fragor de la tinta, lo perfila como un crítico anfibio, y un atleta literario que lucha por el primer lugar en la competencia, que incluso, a falta de una compilación sistemática de la literatura de Caldas que incluyera su nombre, decidió crear una propia: Caldensidad, historia y literatura (2018). Un trabajo denso, escrito a letra grande, que compiló pacientemente para dejar en firme la existencia de un canon novelístico caldense en el país, y que como diría el docente Rigoberto Gil Montoya sobre esta obra y su estilo: «Llama la atención su capacidad crítica y su manera de dialogar, a menudo sardónica, con una tradición literaria que suele no incluirse en el canon literario colombiano.»

Foto Fuente: Adalberto Agudelo Duque (Facebook)

Un esfuerzo válido que en ninguna manera es (o fue) menor, y es de resaltar, y por el cual la novela Little Beach, (una homofonía de: “Pequeña Perra” para referirse a Manizales), merecedora de un premio importante en Pereira, había acaparado mi atención, incitándome a escribir una reseña titulada El pistolero de Zigalia, donde resalté el estilo exploratorio de Adalberto Agudelo, su carácter polémico, pero también su resistencia (persistencia) como escritor en la escena cultural de Caldas.

De igual forma en mi reseña demostraba que no estamos ante un escritor amateur, pues es tan prolífico como José María Vargas Vila, o tan estilista como Adel López Gómez, pero cuyo exilio literario (exiliatura) se debe más a su lenguaje corrosivo y mordaz para con sus homólogos, las ideas, y las obras de sus contemporáneos del siglo pasado. Diatriba casada que no hay que encontrarle razón, ni atosigarla de preguntas, ya que los mismos orígenes de lo cultural en Colombia están ligados a este tira y afloja entre conceptos, vanguardias, estilos literarios y demás, como pudo ocurrir en Manizales, Pereira o Armenia.

El eje central de la obra de Adalberto Agudelo Duque, es que «La sociedad caldense, léase Salamina, Manizales, Pereira, Armenia, Anserma, Pensilvania, ha sido por tradición, celosamente fiel a sus principios, pero jamás ha perdonado a sus hombres la independencia de carácter y ha respondido siempre con la mordaza a quienes osaran denunciar personajes encumbrados a los más altos honores por el culto desmedido a Maquiavelo». Una libertad que este prefirió lejos de toda relación social y cultural,  y que lo ha encumbrado literariamente sin que nadie llegue a darse cuenta, ni a leerle, y que comienza cuando decide retirarse a su Atalaya para mirarlo todo desde arriba.

Foto Fuente: Personal.

Por eso es que Ensayando es esa jugada maestra de ajedrez con la que desea finalizar al asunto. Un jaque a la historia, según él, que «no consiste en contar los pequeños chismes de una clase social determinada, sino de interpretar los factores que hicieron posible el chisme»; y un mate al establecimiento artístico cuando pregunta: «¿Se puede hablar de cultura en Manizales con territorio, lengua, pasado, artes?». afirmando categóricamente que no, y agregando que lo literario ha sido absorbido nefastamente por la política caldense.

Si Adalberto Agudelo está, o no, en lo cierto, es evidente que él mismo participa de ese “canibalismo” cultural, que denuncia, se dio en la Manizales de los años setenta. La misma época cuando decide insuflarle vida a Óscar Olivares, protagonista de El suicidio por reflexión (1967), y quizá la obra con la que ya venía granjeándose enemistades entre los círculos cultos de su ciudad, pues queriendo denunciar las estructuras podridas, las bases le cayeron encima.  De ahí que forme otra línea de fuga y se empeñe en querer separar la literatura del poder, al manifestar que la oratoria Grecocaldense fue un instrumento de violencia para controlar la cultura y conservar la pose; y resalte a Bernardo Arias Trujillo, a quien considera el intelectual por excelente, y el epítome de la intelligentsia​, defendiéndolo por un momento, atacándolo por otro, pero, sobre todo, alabando el texto En Carne Viva, un panfleto editorial, que podría ser el primer trabajo serio de crítica literaria en el Eje Cafetero.

Así las cosas, es clara la visión forjada por Adalberto Agudelo de escribir para las generaciones venideras, pues la suya parece no entenderle, si es que acaso está viva para perdonarle las denuncias hechas sobre la feria de vanidades intelectuales de Manizales, y el derrumbamiento de los tótems artificiales de la llamada cultura greco-caldense. Esa misma que niega que haya existido y que afirma, eran «epígonos ciegos, que desconocían las claves secretas y que se quedaron en la adoración y admiración sin aceptar que hablaban bonito, pero nadie les entendía».  El escritor, dicen, debe conocer la ciudad para hablar sobre ella, sin embargo, Adalberto Agudelo como crítico literario, parece haberla fundado gracias a su universo estético experimental, y su estilo callejero, poético y erudito.

Deja una respuesta

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Salir /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Salir /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Salir /  Cambiar )

Conectando a %s

Blog de WordPress.com.

Subir ↑

A %d blogueros les gusta esto: