Dufay, ¡recita!, ¡recita!

“Si esta palabra bajara los precios del alcohol”
De: Sudan los Cristales (2020)


Quienes conocemos al poeta pereirano Dufay Bustamante (1985), lo hemos disfrutado declamando sus versos, no en grandes salones culturales, sino en bares, cavas, plazas, y barrios. Con sus inmensos lentes de carey, un pantalón militar, un cigarrillo, una máscara, o una cerveza en la mano, rompe el silencio con su métrica y enardece a los oyentes más insensibles. Unas presentaciones camp llenas de luces, sombras, estridencia y color, que nos recuerda, por un lado, los arrebatos místicos de los Beats, y por el otro, los versos epimodernos de otros jóvenes que recitan poesía 2.0 igual que Dufay: Fabrizio Quemé (Guatemala), Ricardo Infante (Colombia), Paola Llamas Dinero, (México) o Luna Miguel (España) y una lista con varios nombres en la web.

Su poesía, interesantemente híbrida, contiene a Sófocles al lado de Batman, Mario Bros junto a Pessoa, o el sol negro nazi al lado de una cruz cristiana. Muestras de esa genialidad moderna que rompe la forma y agrega elementos bellamente transgénicos a los versos. El poeta, se dice, es un ser de comunión con el mundo, pero aclaro, no una relación lineal sino rizomática, es decir, epifanías que pueden convertir un haz de luz en una bella herida hecha estrofa, o una tenue sombra transmutada en un triste estribillo solitario y psicodélico. En esta línea es donde la poesía escrita, la poesía recitada y la poesía escuchada, no son, ni necesariamente constituyen la misma experiencia intimista.

De ahí entonces, que el efecto de la poesía de Dufay Bustamante, sea ese sabor a ceniza que se esparce en el viento, pero también pueda ser el material que cae en la pipa nocturna; prefigure la estampida embravecida de un colectivo de patos sediciosos; se parezca a un cráneo que rebosa vino para los fantasmas; o se asemeje a simples drogas sonoras que preñan el mundo virgen en cada decibel. Su último, o mejor, su trabajo más reciente: “Sudan los Cristales” (2021) lanzado por la editorial Alto del Nudo y B-House Company, certifica que hablo de la imagen barthiana estampada entre hojas, de la psicodelia olorosa de la tinta, del tacto de un cuerpo desnudo que separa la página, y de estrofas que como agujas remarcan el sentido, tal como se aprecia en el poema «Vuelo de paisajes III»:

“En el año que de noches
etílicas armamos
versos del hombre que
viaja sobre un tren.

Te invito a que me saques
mariposas de los baños
te cambio tus mil años
de nostalgia por mi nueva
pasión.

Armonía de una voz
búsqueda.”

Y así podría discurrir de otros apartes de este libro, tales como, A no ser, Patología, Poema de la tienda Prada, o la sexual Geografía del ser, y demás cristales sudorosos que Dufay Bustamante ha compuesto e impreso por encargo del espíritu. Un lugar textual (porque todo texto es un sofá) donde se siente el poesidio de François Villon (Si por mí fuera que todo se revuelva), el amarillo verso de Charles Baudelaire (La quemo, incendio lo seco que nos queda), la dosis tóxica de Emil Ciorán (A los zombies en la cabeza), el malditismo de Leopoldo Panero (rebaños organizados por la música), y la bella locura de Raúl Gómez Jattin (Miradas que tengo en los ojos y luego pierdo).

En fin, Sudan los cristales contiene la sal suficiente para producir sed poética en cualquier lector. Necesidad vital que no puede ser saciada con vinagre o ajenjo, sino con fragmentos como los de Internet infinito, ganas ilimitadas, donde Dufay Bustamante dicta simbólicamente su segunda obertura: Saque el tiempo yo se lo meto. ¡El verso!, ¡el verso!, por supuesto, ya que en la cuarta obertura se redime: Estamos experimentando fallas de origen. Línea esta que expresa magistralmente el bache epimoderno (o prejuicios estéticos basados en la métrica) que nos impide degustar un buen estribillo mientras catamos un vino del D1, rompemos la cajita de chiclets amarilla, o fumamos un cigarrillo chino en el Parque el Gaitán.

Como sea, donde sea, por donde sea, al final de una lectura o de un recitar poético de Dufay Bustamante no queda sino un montón de versos coherentes que se apuñalan bella y estéticamente entre sí, o los escombros de una poesía, que, como un palimpsesto, sirve para construir encima más poesía para la ciudad. Así, como diría el araucano Miguel Arteche:

“Agonía, agonía, sueño, fermento y sueño.
Este es el mundo, amigo, agonía, agonía, agonía.
Los muertos se descomponen bajo el reloj de las ciudades.”

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