Cómo escribir las memorias en este país

«Yo, no he visto un soñador más pertinaz, que aquel anciano proscrito, que parecía no darse cuenta de que andaba por sobre las cenizas de los muertos.«
José María Vargas Vila


No se recomienda escribir las memorias antes de los cuarenta. ¿Para qué? dicen los mayores, y sin más, se rehúsan a creer que alguien tiene algo para contar previo a esa edad. Esto puede ser una verdad de Perogrullo, sin embargo, hoy se vive más intensamente que en la antigüedad, aunque en todo este bullicio de acontecimientos, ya se dude incluso de los hechos. Hasta hace cincuenta años existían dos colombias: la clase que vivía en el campo como un don natural, y la clase que nacía en la ciudad pensando que así debía ser todo. 

Y realmente ambos contextos, con sus costumbres dispares, desigualdades, y felicidades extrañas, no servían para escribir nada que valiera la pena, o al menos la novelística en Colombia no les puso el ojo a esas cotidianidades, pues no causaban ni sensación ni escándalo, y a nadie le importaba eso. Cada clase estaba en lo suyo, y en esa brecha de colores y economías se sostenían las cosas en este país.

Por eso, no había que esforzarse mucho al viajar por las regiones, para observar que los campesinos estaban recolectando café, naranjas, tomates, o coca, mientras veían el mundo pasar (muchos ni se enteraron de la segunda guerra mundial, por ejemplo); por el contrario, los de la ciudad atiborrados de noticias, intentaban timar a alguien con sus contratos, haciendo política, o corriendo incesantemente en la rueca de la rata. A cada segmento social el mundo y las circunstancias se le venía encima como a todos los mortales, y en su propia cosmovisión se conformaban, vivían, se reproducían y morían.

Solo un ojo agudo, fisgón, comprendía que ciertos hechos aislados de lado y lado podían ser considerados material de escritura, y esto, que, poniendo sumo cuidado para no redactar nimiedades, aunque al final se comprendía que eso siempre vende y ha gustado al lector de a pie. En regiones como el Quindío o Risaralda, se oía de los hallazgos de huacas de oro, cuya repartición desembocaba en tramas criminales, y donde terminaba involucrada la autoridad judicial, pues detrás de esto andaba una banda criminal que se financiaba robando, o extorsionando a los guaqueros o terratenientes.

Y en ciudades como Bogotá o Cali, un abogado vendía terrenos a bajo precio, juntaba un jugoso botín, escapaba y dejaba a cientos de familias endeudadas y con las esperanzas rotas. Días más tarde se podía ver en primera plana (y a cuatro colores) al profesional con seis tiros en su cuerpo y con un cartel que decía: «Asesinado por estafador. Terreno asegurado».

En estos dos ejemplos de historias hay un patético guion de novela negra, y ambos casos fueron reales en la década de los noventa documentados por el extinto periódico El Espacio, y la excéntrica revista VEA.  Lo importante de todo ello era que en Colombia nunca perdíamos el humor, ni mucho menos la ironía, ya que estábamos en el país de Macondo, donde continuamente suceden cosas inverosímiles, pero no siempre se escribe sobre eso.

Así que, más allá de estos hechos tan superfluos y dolorosos, combinados con un ácido humor frío, las memorias personales en la actualidad, no parten de las vivencias, sino de las cosas que suceden mientras se vive y donde se vive.  Es preferible pararnos en esta idea, así los mayores piensen que las verdaderas memorias tienen que ver con algo sustancial como haber participado de la Guerra de los Mil Días, ser testigo presencial del naufragio del galeón San José, o testimoniar el haber jugado ajedrez con Carlos Pizarro con dos aeronaves militares acechando la jugada del Peón y el Alfil.

Allende a esto, pensar en qué se recuerda, cómo se recuerda, y para qué se recuerda, es una buena idea para escribir algún día algo importante, llámese esto memoria, hecho, suceso, o accidente. Y digo aquello porque la gente olvida muy fácil. Efecto enteramente normal, atribuido a la apatía, la desconfianza de los medios, o el avance de la tecnología. Para una muestra de la afirmación, verbigracia, ya olvidamos al hombre que demandó el himno nacional por violento, las dos corbatas que se encontraron en el cuerpo de Jorge Roa Martínez, el burro bomba, la mujer barriga de trapo, los lugares que visitó Yair Klein, los kilos de uranio robados de Colombia y otras cosas más impresionantes aún.

¿Y a quién le interesa esto? A nadie. Sin embargo, el colombiano como el ser humano universal, desea, por naturaleza, saber. Una verdad asentada por Homero, y que millones de escritores actuales nunca olvidan, porque si hoy, la noticia de un loro narcotraficante acapara la atención, lo será mucho más enterarse que un hombre leyó 2000 libros sin entender nada, tenemos un presidente títere, y que la vacunas para la Covid-19 no funcionan y es un negocio mundial que ensancha la brecha entre las clases sociales.

Lo que sea. Estoy seguro que se pueden escribir las memorias antes de los cuarenta años con esta perspectiva. Ya si alguien desea narrar su propia vida como Andrés Pastrana, Alberto Casas, o Fernando Vallejo, debe contener lo que ellos tienen: un vasto recorrido de relaciones infructuosas con el poder, o una influencia sobre un pequeño grupo que preste atención a cosas que no interesan, ni divierten, ni son trascendentes. Por lo demás, hay mucho que recordar y saber llevar al papel con maestría para los nuevos lectores que todo lo olvidan.

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