La epopeya de los «Monos»

«El amor no tiene ideología»


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He llegado tarde a reseñar la película «Monos» (2019), pero no tan demorado como para agregar un par de cosas, que seguro, nacen de mis estímulos como amante del cine arte, o del cine nacional, y que espero no dejen indiferente al colombiano que no haya visto esta obra de arte dirigida por el colombo-brasilero Alejandro Landes.

Y digo obra de arte, por cuando el guion, las escenas, la música y la fotografía no desentonan con lo planteado en el proyecto fílmico ideado también por los colaboradores, Fernando Epstein, Santiago Zapata, Cristina Landes y Alexis Dos Santos. Un rodaje cargado de presupuesto, entusiasmo y talento de parte de todo el equipo, que resultó en un trabajo premiado en trece festivales mundiales.

Así entonces, la temática de guerra no es nueva en Colombia, pero sí lo es, el que una panda de niños, que aún parecen jugar a las escondidas, a la samba gaminera, a la tómbola, o al cero contrapulsero, combinen una especie de inocencia juvenil, con la adultez de la violencia en las selvas colombianas. Infantes que siempre han existido en el conflicto interno de nuestro país, y que solo es detallar la llamada «Operación Berlín» para entender que son más de 16.000 casos de niños reclutados en una guerra armada sin cuartel. En fin.

Ante esta obra, uno tiene la sensación de estar viendo la adaptación de «El Señor de las Moscas» de William Golding, pero luego nos enteramos, que, aunque hay cosas risibles, como un capitán enano, una gringa secuestrada y una vaca que pertenece a un regimiento en medio de la nada, nos enfrentamos a una historia posiblemente real, grabada en alguna región montañosa del noroccidente del país. Una trama macondiana, que solo pudo ser concebida en un bloque llamado Colombia, donde un gallinazo tumba un avión, un burro se convierte en bomba, y un hindú demanda el Himno nacional por violento.

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La película «Monos», ni más, ni menos, puede ser la versión armada de los Goonies, o en su defecto la cruzada de los niños, no los que lucharon contra Saladino, sino los que dejan su infancia en una aventura surrealista, sin dibujos animados, ni escuela, ni proyecto de vida. Porque conmociona ver a ese contingente de ocho jóvenes en un Edén sin dios ni ley, ni orden, regidos por una ideología que no hace juego con sus edades.  ¿Qué saben de Marx, de Lenin y de Manuel Marulanda Vélez? Nada. Salvo que este grupo cree estar viviendo un fin de semana en un parque de diversiones, con pistolas y balas de salva y espacios donde se dedican a jugar a la vaca ciega, a los juegos pirotécnicos y a la guerra de «mentiritas.»

La fotografía de este trabajo fílmico, entre otras cosas, producido por siete compañías de diversos países, no pudo haber sido más bella. Esos atardeceres que nada tienen que envidiarle a ninguna película norteamericana (pienso en dos: «Depredador» o en «Lagrimas de sol») o del Europa del Este («Leviatán» o «Mandarina»). Y los anocheceres, que realmente son un juego de colores sumamente preciosos, cuya técnica de grabación supera todo lo que haya visto antes.  

Sin embargo, hay que precisar que el mundo lúdico recreado por Landes & Cía, contiene un drama que no puede pasar desapercibido. Un flagelo que se repite en los campos de batallas y entre los combatientes clandestinos: el secuestro, la obediencia castrense, la muerte y la zozobra de saber qué norte seguir en un infierno verde sin caminos, ni vías de solución.

Salvo estos laberintos éticos y bélicos y de rutas sin destino, la actuación de cada uno de los chicos y chicas es magistral, aunque lo realmente impactante sea el vestuario usado por cada uno, las palabras, y las sonrisas apagadas. Elementos que logran transmitir el sentimiento que todos cargamos en esos 115 minutos de rodaje: el deseo de esperar un fin, si no cómico, al menos melodramático. Pero ni lo uno, ni lo otro. El final deja un sinsabor a falso positivo, a infancia secuestrada por el Estado y a un birlibirloque sobre una guerra financiada por las «pescas milagrosas», el procesamiento de drogas y la pérdida de valores familiares.

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Y así un sinfín de preguntas más que podrían ser una hoja de ruta para interpretar la mentalidad del director: ¿Cómo reclutaron al Pitufo, o al Perro, o a la Sueca? Tres personajes de la trama que desconciertan por la inocencia de sus palabras y lo tierno de sus edades.  ¿Qué hacía una médica norteamericana en la selva colombiana?  Ya que, si no estaba con «Médicos sin Fronteras», al menos tuvo que pertenecer a alguna misión humanitaria, y esperemos que no haya sido una especie de «Operación Jaque». Ya saben. Sin embargo, no hay señas de nada. La gringa apareció en la selva, luego apareció en la emisora.

Continuarían otras preguntas tales como ¿De qué se alimenta ese grupo de chiquillos? o ¿A quién pretendía cobrar la vacuna «El mensajero», el comandante enano de la pandilla de niños, cuando pone a la «Doctora» a leer un periódico ante una cámara digital? Ese pigmeo, que en la vida real es un ex guerrillero, cuyo papel despierta risas, temor y pena (Al final recibe dos disparos en la espalda mientras orina en el río).

«Monos» (2019) es una película para ver, disfrutar, arrobarse, hacer preguntas, y al final sacar las propias conclusiones, ya que podría ser una versión de los «niños caminantes» de África, esos desertores del poderoso y maquiavélico «Ejército de Resistencia del Señor». Si bien no es una producción que represente al país, (los medios siempre buscan esta insignia), podría considerarse una radiografía de lo que incomoda a los medios: que los niños creen, que la guerra es un juego, cuando de verdad están disparando contra un enemigo, que ellos creen, puede ser «Loki», «Eskeletor», «Darth Vader» o «El tío Sam».

Salud.

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