Apuntes sobre una oralitora

«Siempre es bueno tener los pies en la cabeza dice mi taita, para que tus pasos nunca sean ciegos»
Hugo Hamioy Juagibioy 


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Leer el nuevo libro de Ana Lucía Cardona Colorado, “Botamán Biyá: Apuntes sobre dos oralitores” (2019) choca contra la cabeza y deja un eco. Una estela sónica que presenta la Oralitura como género, que, aunque no categoría nueva, ha estado relegado en un rincón silencioso en el canon de la literatura occidental. Una corriente no sistemática que quizá fue inaugurada por los nómadas del desierto, o en su defecto entre los fabuladores de Babilonia, cuya biblioteca de Asurbanipal de Asiria atestigua sobre ese fantástico mundo oral, y que, en América, por medio de sus voces indígenas, tiene una génesis confusa.

¿Y por qué tal pérdida genealógica de una práctica colectiva e intimista como lo es la Oralitura? Hay que ir por partes, porque no hay que llamarle pérdida pues hemos tenido una tendida tradición de pueblos autóctonos precolombinos con sus idiomas y expresiones culturales, por lo que es necesario ver el panorama de este género literario a grandes saltos, casi como si fuera un trabajo arqueológico.

Bartolomé de las Casas, Fray Bernardino Sahagún, Gaspar de Carvajal, el Inca Garcilaso de la Vega, Ricardo Palma, podrían ser oralitores. Sin embargo, hay que descartarlos, ya que sus cabezas y sus plumas fueron netamente occidentales.  Ni siquiera en la literatura indígena colombiana, salvo el indio Maximiano José Roberto, autor de “Yuruparí”, hay oralitores. Mejor hay que pensar en el Quipus Inca; el lenguaje confuso de los yameos, (el número “3” en su Oralitura era: “Poettarrarorincouroac”); o en los mitos Chibchas, Aztecas, moches u otros. Lenguajes hecho primero escultura, alfarería, pintura y luego traducido en signos o escritura, material antecedente de la Oralitura.

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Ante esto descubrimos entonces que, antes que la palabra fue el grito, y posteriormente la imagen y la escritura. Estadios de la literatura indígena que Ana Lucia Cardona se encarga de afirmar en su ensayo o apuntes, que, aunque tenga sabor académico, no le resta las pulsaciones apasionadas que esta tiene de investigadora nata. Una joven que explora un género literario que pocos osan hacerlo, ya que estos últimos creen ver en la Oralitura, aun, las espesas selvas americanas, o la elevación de las mesetas andinas. Un terreno donde Ana Lucía Cardona ha ingresado como valiente exploradora cuya gesta ha sido compensada con el premio Estímulos 2019, otorgado por la Secretaría de Cultura de Pereira.

De ahí entonces que su temática sea un asombro al descubrir que nuestros indígenas en América hicieran cartas con nudos (quipus); expresaran conceptos sencillos con frases complejas (Cuñantensecuima significa “mujeres sin marido”), o que el quechua fuera un idioma, y a la vez un lugar, y esto, ante el hecho de que nuestra literatura occidental solo sea nudos de líneas que necesiten traducción, guirigáis que se repitan cada generación.

Porque en la Oralitura no hay pastiche o imitación sino creación y esto, al prestar el oído, primer sentido desarrollado de la literatura antes que la mano, para observar ora la naturaleza, ora el estilo de vida de la comunidad, ora el sentimiento subjetivo experimentado. Esta es la diferencia entre lo que nos legó occidente y lo que se desarrolló en América con personajes de la talla de Manuel Quintín Lame, Vicencio Torres Márquez, Esperanza Aguablanca-Berichá y Maximiano José Roberto, y entre contemporáneos como Antonio Joaquín López, Alberto Juajibioy Chindoy, Freddy Chikangana o Hugo Jamioy. 

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Diferencias marcadas entre la Oralitura como género pulcro y natural y la confusa literatura occidental cuyo idioma, base fundamental de la estructura de pensamiento, ha enloquecido. ¿Por qué? Porque cuando se quiere una idea, el lenguaje ofrece una palabra, y cuando se exige una palabra, los signos brinda una raya, y donde se espera una raya la tradición entrega un adefesio.

Y no es que la literatura occidental haya muerto, sino que solo así se entiende que miles de personas puedan leer el sinsentido de una frase producida por la alta literatura sin capacidad de refutarla. En comparación con la Oralitura donde las palabras crean sonidos para disfrutar sin espacio de contradicción, porque no se trata de academia, sino del espíritu en la letra, de formas de vida hechas poemas, ensayos o canciones.

Esta es la propuesta de Ana Lucía Cardona, y por eso la importancia de su obra para la literatura de la región. “Botamán Biyá: apuntes sobre dos oralitores” (2019) será, en el canon literario de Risaralda, la formula alquímica para convertir los jardines de Apía, Santuario, Pueblo Rico o Balboa, en universidades, y los árboles del departamento, cargados de historia, en libros.

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