¿A quién le pertenece América?

-¿No sería maravilloso tener un precio para todo?

-Parece estar a favor de la propiedad privada de cada centímetro cuadrado del planeta.

-Por supuesto, cada metro cúbico de aire, de agua. Parece absurdo que digamos que queremos que todo el planeta sea privado. Eso no significa que quiera que Joe Bloggs sea el dueño de este metro cuadrado de río. No.

Solo quiero que ese metro cuadrado le interese a alguien.

Michael Walker

 “The Corporation”, 2004

 

La pregunta ¿a quién le pertenece América? no es tan amplia, ni tan complicada como parece.  Hace más de 200 años los norteamericanos quisieron responder fácilmente a esta cuestión, cuando el quinto presidente de los Estados Unidos James Monroe afirmó: “América es para los americanos”. Sin embargo el dogma chauvinista hubiera logrado tener éxito si el chileno Diego Portales no se hubiese pronunciado enérgicamente contra tal afirmación:

«Sí, pero hay que tener mucho cuidado: para los americanos del norte, los únicos americanos son ellos mismos».

Estados Unidos ha avasallado el nombre genérico de América, y quizá confiados en su fuerza bélica, el aparato propagandístico y la fe en el «destino manifiesto»,  han deseado expandir su pax americana por el resto del continente tal como lo hicieron otros imperios en el pasado. Así esta gran nación o conjunto de estados, ¡dejémonos de vainas!, no es más que un negocio de compra, venta y propiedad. Tal es su lenguaje, tal su naturaleza, pues son descendientes del Mayflower y el Speedwell y de la religión organizada de los hermanos libres,  o como decía el gran Voltaire:

«la verdadera religión, aquella en la que uno puede hacer fortuna».

Por eso es difícil aceptar la afirmación que encabeza esta entrada de Michael Walker, ex director del instituto Fraser,  de que cada centímetro cúbico de aire y agua debe ser dado a alguien para crear conciencia responsable de cuidado y preservación. ¡Recristo! dijo el Abate. No hay nada más que evocar a Rousseau en el «Discurso sobre el origen de la desigualdad» para comprobar un engaño parecido que fue introducido en la humanidad:

El primer hombre a quien, cercando un terreno, se lo ocurrió decir esto es mío y halló gentes bastante simples para creerle fue el verdadero fundador de la sociedad civil. ¡Cuántos crímenes, guerras, asesinatos; cuántas miserias y horrores habría evitado al género humano aquel que hubiese gritado a sus semejantes, arrancando las estacas de la cerca o cubriendo el foso: «¡Guardaos de escuchar a este impostor; estáis perdidos si olvidáis que los frutos son de todos y la tierra de nadie!»

 

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Así que no señor Walker, Lo privado no es la solución y solo basta citar al sabio Locke para entender de que no puede existir agravio donde no hay propiedad. El uso de lo privado, sin regulación alguna, o con cláusulas legales suaves, se ha convertido en abuso.  Al encender el televisor y sintonizar las noticias sabremos de los desmanes de empresas que vierten sus químicos al mar, la tierra, o la fauna, demostrando que una conciencia privada es irresponsable.

Porque en esencia estos abusos son posibles gracias al afán comercial, o el péndulo de la competencia capital de la cual habló Adam Smith, que desliga toda corporación o institución de ser responsable con lo privado y en especial, con lo vivo que habita en el planeta tierra.

Habría que revisar los derechos de las llamadas «personas jurídicas» para entender que no es mayor un agente comercial que un ciudadano (también con personería jurídica), verdadero dueño o administrador de todo y que se puede entablar una lucha entre lo colectivo versus lo privado, como ya lo han hecho personas naturales contra empresas como Monsanto, Téxaco y otras.

Pero no hay que ponernos escatológicos o conspirativos. La afirmación de Michael Walker puede ser cierta para potencias como Europa o Norteamérica, pero en ninguna forma para Latinoamérica donde la pobreza es patrimonio o herencia o como dice Tirone González:

«Estamos en un país donde un carro cuesta el sueldo de diez años y una casa el precio de cien carros».

América, y especialmente Latinoamérica, le pertenece a todos y a nadie. Suena a medias tintas, pero argumentemos con calma, porque por una parte sería iluso pensar que cada elemento de la tierra necesita un dueño, como si el cosmos o los seres vivos no supieran cuidarsen solos o producir sin la ayuda del hombre. Mucho antes que nosotros existía este orden de cosas, y pasado un tiempo después que nos vayamos, la naturaleza pervivirá.

 

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Lo que se necesita no es que todo tenga dueño legal, sino que los hombres hagan uso responsable de lo que tienen prestado. ¿se puede poseer algo? es difícil responder esto y la respuesta estaría más del lado de la teleología que de la vida práctica. Lograr este fin de ser administradores a conciencia es utópico pero posible con un acuerdo de voluntades. Así se hicieron las leyes, así se puede rehacer América.

El instinto de adquisición en el hombre ha demostrado lo pernicioso que es apropiarse de algo sin ley ni orden. En ninguna otro principio llevado a cabo se puede ver mejor la naturaleza humana que en esto,  ya que es imposible ser rico, estar prospero o poseer algo sin ser justo, como diria el Mahatma Gandhi.

Entonces, ya se dijo citando a Rousseau que la propiedad privada se forma ante la primera frase histórica “esto es mío”. Y así se puede decir con firmeza que Latinoamérica es nuestra como un espacio geográfico y una dimensión social que nos permite vivir y experimentar una realidad inmediata: el lugar que nos vio nacer, crecer y posiblemente morir.

Poseer algo en la parte sur de nuestro continente es un asunto complejo y tenemos que desembarazarnos de esta idea muy pronto. Pues la realidad es que esto se torna una mezcla social entre tener y no tener. Un eje que oscila entre poseedores y desposeídos. Pobres y más pobres. Ya han pasado más de 500 años desde el «gran engaño» que nos quieren hacer ver como la conquista de América, y aún esta vasta extensión de tierra sigue causando fascinación por novedosa, extensa, misteriosa, pese a los experimentos democráticos y políticos que no han dado a los países buenos gobiernos.

En otro tiempo cuando se descubría algún lugar, la única forma de patentarlo era poner el nombre del pionero. Fuesen tierra, ríos, cuencas, otros elementos; todo era renombrado.

 

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Así el constante descubrimiento de nuestro subcontinente hace que cada vez aparezcan personas comerciales (con derechos como si fueran personas civiles), reclamando pueblos, ciudades para hacer de ello una nueva adquisición.

En Ecuador, hay pueblos con nombres como Shell, Texaco, Terpel, y en Perú lugares con apelativos de marca de ropa o de autos, lo que constituye la degradante señal de los nuevos conquistadores que se apropian (o expropian) de una tierra que parece de nadie, aunque en realidad sea de todo un colectivo o país. Las transnacionales son los nuevos colonizadores de la América hispana.

Nuestras riquezas -en todo el sentido del término- solo son apreciadas desde afuera. Ya es hora de mirar por lo nuestro. Los más ávidos, que siempre son los que poseen los medios de producción, ponen sus intereses en esta rica tierra fértil y productiva, o lo que los líderes políticos y de movimientos sociales han llamado el “patio trasero” de los imperialistas, o sea, Latinoamérica.

Un “patio trasero” no solo de Estados Unidos, sino de potencias como China, Rusia, Francia o Inglaterra, que vienen a extraer de un subcontinente único, las materias primas necesarias y las mentes científicas más ilustres (entre estos últimos, la nómina de científicos e investigadores del proyecto CERN, la NASA, y otros).

Extraen y también “traen” su mercado, el cual inunda y ahoga la empresa nacional.

Ante ello, nuestros países sudamericanos han implementado esas maravillosas marcas nacionales como una forma de dignidad comercial y de libre empresa entre los latinoamericanos. Iniciativas que surgen de una manera casi que ahogada, ante la realidad del mundo como “supermercado”; mundo transformado en algo homogéneo por las políticas neoliberales y las geopolíticas extranjeras.

 

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Desde el descubrimiento de Cristóbal Colón, hasta las nuevas invasiones comerciales, América sigue recibiendo una gran ola de inmigrantes del llamado primer mundo. Históricamente siempre ha sido así, aunque los medios no visibilicen esto.  Por eso es irónico que los países “desarrollados” se alarmen ante el crecimiento de la inmigración de hispanos.

Europa, Asia y Norteamérica también buscan en el Sur, su norte económico y científico.

El descubrimiento de nuevas tecnologías y la implantación de ellas en todos los países para su propio provecho, es parte de la hegemonía de potencias que se disputan el mundo como un tablero de ajedrez. ¿Por qué en vez de implementar nuevos elementos, no enseñan mejor a crear tecnologías novedosas?

Ahora, no se trata de un imperialismo general y expuesto como el africano o el de la India, sino de una oculta actividad que involucra no solo comercio, sino mestizaje y poder. Basta con echar una ojeada a todos esos políticos con apellidos judíos en Ecuador, Perú o Chile; alcaldes y gobernadores con ascendencia coreana, empresarios con nombres europeos y orientales.

Todo esto también hace preguntar: ¿a quién le pertenece América? ¿A los desposeídos o a los poseedores? ¿A la gente con ideología, o a la gente con capital? ¿A los políticos o a los ciudadanos de a pie?  Latinoamérica le pertenece a aquellos que levantan su voz y crean conciencia política y social.

No se habla de ninguna revolución o in-volución, sino de vivir y administrar lo que es nuestro, aunque no lo sea. Ese tipo de conciencia se adquiere cuando se sabe que nada seremos, si no somos algo ahora.

 

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El escritor cubano Carlos Alberto Montaner dice que América Latina dista mucho llegar a un consenso político. Puede ser verdad, sin embargo existe una conciencia denominada por los sociólogos como  “el despertar latino” que está respondiendo la pregunta qué es América, de quién es América y hacia dónde va este humilde continente que tiene no solo historia, sino gente talentosa, que cree, trabaja y divisa un mejor porvenir.

Gente que cobra conciencia inteligente ante ese juego económico mundial, regido por una mano invisible que recibe y quita, en vez de dar e impulsar. América Latina tiene el orgullo de decir que aún conserva lugares donde la calle es para caminar, y donde nuestro norte es nuestro sur.

 

 

 

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