Maneras de irse

Mucha gente ha abandonado el hábito de estar vivo durante la invasión de Irak. Como a todo se acostumbra uno, no querían dimitir de lo que un poeta llamó «la impuesta profesión de ser humano», pero la guerra, mil veces maldita, les obligó a ausentarse sin dejar señas. Fue la suya una despedida brusca e involuntaria. Ahora se están contando los viajeros que partieron con rumbo desconocido y, aunque no hay datos precisos, se sabe que la mayoría eran de tercera. Los ejércitos profesionales no se reclutan entre las clases pudientes y entre los soldados abundan poco los snobs.

No deja de ser curioso que entre tantos muertos de distintas edades hayamos reparado en el suicidio de una pareja británica, ninguno de ellos enfermo terminal. Vuelve la polémica sobre la eutanasia. Seguimos sin admitir que cualquier pasajero quiera apearse, aunque el mundo no se pare. ¿Será verdad que los razonamientos contra el suicidio los han hecho siempre gentes que aman la vida y que quieren que todos la amen con la misma intensidad? Los esposos ingleses no se encontraban en una situación desesperada desde un punto de vista teórico, pero nadie tiene un metro para medir la desesperación. Tampoco sufrían «el agravio de los años». Él tenía 59 y ella 53. No es que diera gusto verles, la verdad, ya que él padecía epilepsia y ella tenía diabetes y algunos problemas de espalda, pero no sufrían nada parecido a una enfermedad terminal, ni dolores insoportables.

Sospechamos el motivo por el que decidieron irse: porque les dio la gana. Está muy mal visto defender ese derecho. Todavía. En su Diccionario filosófico hace constar Voltaire, con muy buen criterio, por supuesto, que «la religión de los paganos prohibió el suicidio lo mismo que la religión cristiana, y hasta tenía en el infierno lugares destinados a los suicidas». Luego se pregunta por qué hombres como Catón, Bruto, Casio y Marco Antonio se mataron resueltamente y no lo hacen los políticos de su época. El epitafio al que aspiran los suicidas son dos palabras de Petronio: «Valete curae» (Se acabaron las preocupaciones).

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