Siete mil millones menos dos


«…y el mar devolverá sus muertos«
San Juan


Mi viaje desde Colombia hacia Ecuador empezó con una ruta vacacional trazada. Desde el norte hasta el sur del país: el cementerio de Tulcán protegido por la Unesco. Un gran complejo lleno de figuras antropomórficas impresionantes para hacerle grato la estadía al turista; visitar la verdadera mitad del mundo, no en Cotocollao, Quito, donde comúnmente la gente se toma la foto, sino ir hacia la cima del monte Catequilla, en Cayambe, al norte del país; navegar hasta las islas Galápagos, donde Charles Darwin condensó su teoría del Origen de las Especies mirando simples pajarillos migrantes; manejar por la ruta del sol, llamada Spondylus; y finalmente deambular por el puerto de Guayaquil, que sabía, deslumbra por sus historias de piratas como Henry Morgan y Francis Drake, corsarios que alguna vez atracaron por ese puerto.

A raíz de que el turismo se convirtió en una empresa moderna, (una religión, diría el escritor David Lodge) mucha gente viaja, pero en realidad, pocos se desplazan hacia otros países para formar la inteligencia y enriquecer la sensibilidad como hacían en otros tiempos los escritores trotamundos. En Colombia los diplomáticos, empresarios y propagandistas son los que más se desplazan al exterior, después de ellos, se cruza una frontera buscando asilo político; se vacaciona por descanso luego de un elaborado plan de ahorros; o como yo, se toma el viaje como finalidad misma. Y así, bajo esa idea de querer recorrer el Sur del continente desde Pereira hasta Cabo de Hornos, sin quererlo terminé temporalmente anclado en Ecuador, y en el fondo de una misteriosa historia sin resolver.

Fue en Ecuador, el país del cronista Juan Montalvo; de la esposa de Bolívar Manuelita Sáenz; y del patriota liberal, el general Eloy Alfaro, que esta dolorosa historia constituyó mi primer choque cultural, además, claro del cambio de clima, la comida basada en harinas y grasas, los rostros americanos de la gente, y el curioso acento andino. Al conocer esta historia (que ya relataré), entendí que ser colombiano en otro lugar, es ser un país que flota dentro de otro y que en realidad hay que contradecir el dicho de la abuela: «a donde fueres, haz lo que vieres», porque es difícil emular ciertas costumbres locales, o abandonar temporalmente las que ya traemos por cultura.

La historia que conmovió mis entrañas, parte de un dicho que en Ecuador no parece incomodar a nadie: “Está más perdido que los hermanos Restrepo”. Los ecuatorianos lo dicen cuando alguien se desorienta en una ciudad, o simplemente cuando algunas cosas son un misterio, como por ejemplo, perder una moneda en casa y nunca encontrarla o no volver a saber de una persona. Sin embargo el refrán que ya es parte de la jerga ecuatoriana, rechina en los oídos de cualquiera de los  93.237 mil colombianos que viven en este país, y de quienes conozcan el caso de los hermanos Restrepo. De Carlos Santiago y Pedros Andrés Restrepo Arismendy, los dos ciudadanos que le faltan a Colombia y los dos emigrantes que le sobran a Ecuador. Dos jóvenes que un día fueron golpeados brutalmente, secuestrados, amordazados y lanzados al fondo de la laguna de Yambo, por el mero hecho de ser colombianos.

Es sabido que en Ecuador el colombiano promedio no es bien percibido, entre otras cosas, por razones históricas y comerciales, incluso políticas, ya que en 1875 un compatriota nacido en Roldanillo, Valle del Cauca, llamado Faustino Lemus Rayo, asesinó a golpe de machete al entonces presidente y dictador teocrático Gabriel García Moreno. Sin embargo, sobre este estigma hay excepciones, porque a Pedro Restrepo, padre de Carlos Santiago y Pedro Andrés Restrepo, que tiene un leve parecido al actor Geoffrey Rush, lo consideran en gran manera y le prestan atención gracias a que lleva más de 30 años tratando de encontrar a sus dos hijos, que fueron torturados, asesinados y desaparecidos un viernes 8 de enero de 1988 por efectivos de la Policía Nacional del Ecuador.

Los hermanos Restrepo indudablemente no flotan, sino que están en lo profundo de la laguna, sin poder ser encontrados hasta el día de hoy.

Basta solo caminar por las calles quiteñas para ver grafitis alusivos al caso, pidiendo justicia para esclarecer lo sucedido con los hermanos hace más de veinte años atrás, y manteniendo el hecho vivo en la conciencia de los ciudadanos. Hoy, quien reclama a estos dos muertos no son tanto familiares dolientes como la ciudadanía en general, porque de una simple desaparición ha surgido un sentimiento de no permitir que la justicia sea imparcial, y en su obrar, se encubra a los culpables por el mero hecho de pertenecer a una institución gubernamental. Hay otro slogan urbano, entre muchos otros, que nació a raíz de este caso y esta herida social que no sana: «¿Qué haría si no tuviera miedo?«

Hoy las caras de estos dos jóvenes han sido ilustradas con el mismo arte del irlandés Jim Fitzpatrick (el que convirtió la foto del Ché Guevara en imagen publicitaria), y se ha convertido en una marca que aboga por la preservación de los derechos humanos en el Ecuador y en el mundo entero. Esta imagen se puede encontrar estampada en las paredes de ciudades importantes como Quito, Guyaquil o Cuenca, pero sin duda, está tatuadas en el corazón de la familia Restrepo Arismendy. Un grupo familiar que ha sufrido el estigma y el dolor, y que hasta el día de hoy esperan una justicia en respuestas a ¿Por qué los mataron? ¿Quién está detrás de esta violación de derechos humanos? ¿Dónde están sus dos cuerpos? y otras angustias.

María Fernanda Restrepo, hermana de los dos desaparecidos,  estrenó un documental titulado: “Mi corazón en Yambo” (2011) que trata sobre los recovecos de la justicia, el fatídico hecho, y el estado actual de la investigación. Su emprendimiento fílmico pretende mantener presente en la memoria de los ecuatorianos y en el mundo entero, la desaparición de sus hermanos, además de ser un llamado directo a defender los derechos humanos en el Ecuador porque cada vida cuenta y es importante. El entonces mandatario Rafael Correa Delgado asistió al estreno del documental y prometió ofrecer una recompensa para quien encuentre los cuerpos de los hermanos Restrepo o al menos tener información nueva, sin embargo como toda promesa política, el asunto quedó (y ha quedado relegado a pesar de varios nuevos mandatarios) detrás del micrófono, y entre el imaginario y la esperanza de los que buscan justicia, reparación y verdad.

En la actualidad, la laguna de Yambo, donde fueron arrojados los cuerpos, es un lugar sumamente turístico. Las personas miran las aguas verdosas y aplomadas que reposan en un pequeño valle como esperando ver algo extraño, luego se toman fotos y anuncian en las redes sociales con alegría que estuvieron por esos lugares. Mientras tanto los hermanos Restrepo, que se han convertido en un refrán desencarnado en Ecuador, yacen en el fondo de la laguna esperando en forma espiritual la promesa de que al final el mar devolverá sus muertos.

Tráiler Con mi corazón en Yambo


Un comentario sobre “Siete mil millones menos dos

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  1. Soy ecuatoriano, aun no puedo hablar de aculturacion. Es más, encuentro familiaridad con los hermanos de otros países. Colombia y Argentina, son como mis hermanos, mis amigos me alegro con ellos en tiempos cortos. Pocos son los amigos ecuatorianos, contados en esta región, es mas no es de este contexto es de otra provincia.

    Gran cosa he aprendido, desplazar fuera de tu región y lugar donde viste salir el sol, las calles, la comida y la sonrisa de los altruistas. Te hace pensar. ¿Algo malo hice para arranquen mi cultura ?.. Pues bien solo son los cambios a la matriz productiva, además cuando piensas en la actividades intelectuales, simplemente se desagrupan (no todos, algunos).
    Mi vida lo he dividido en tres etapas. Antes de llegar a esta región babahoyense fue dos años en que pase visitando los fines de semana a mi madre, después pasaron a veinte o treinta días para dar un abrazo y decir !ya llegue!, recibir con una sonrisa y un pedazo de pan que tenía guardado para mí, era su alegría, ver . Largos viajes y la situación económica impedían.
    Con un adiós seco se despedío, fue la última vez. Te quiero mucho, lo dije. Me miro y sonreíamos con el dolor de una adiós hasta siempre. Hoy, me acuerdo con un nudo en la garganta y un suspiro leve y ciertas lágrimas por mi mejilla. Son como dos años treinta y seis meses, para el colmo faltan mas de dos años.
    No se puede aculturalizar sin despejar la mente, los recuerdos quedan gravados para siempre muchas veces buscamos aquello en los sueños y nos proyectamos hacia el bien de los demás, pero los demás se encuentran en el narcisismo y disgustados con las palabras y cortan nuestras opiniones meneando la cabeza.
    Diego, amigo, Felicito por tu gran escrito. Brindas vida y conocimiento
    Por este medio.
    GRACIAS

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