El discapacitado intelectual que escribe libros

Jonson Castro Vera

“Si espero ser escuchado en mi verdad y opiniones,

también debo aprender a escuchar la verdad de otros

por más descabellada que esta parezca”

Cita de Carlos Paz, encontrada en las notas de Jonson Castro

Los limites

Nadie sabe que hay detrás de su sonrisa y de sus excentricidades. Solo lo ven pasar por el parque o por las calles de Ventanas con una sombrilla china como si tuviera que cuidarse del sol, o en bicicleta en pleno medio día aforrado con un pasamontaña como el que usan los policías de operaciones especiales. La gente se ríe, se impresiona, pero rara vez se acercan a hablar con él. Lo conocen de lejos, es decir, por los prejuicios y comentarios que se han formado. No saben su nombre y no les importa que hace, que piensa o cuáles son sus sueños. La sociedad Ventanense lo juzga por sus hechos, pues dicen que la lectura lo transformó en un loco; que le pega a su mamá; que no le gusta trabajar; que es homosexual. Así se refieren cuando hablan de Juan Jonson Castro Vera, un hombre de 45 años de edad, discapacitado intelectual según un carné que posee de la CONADIS, y escritor que deambula por la ciudad buscando lo que los demás buscan: existir, ser útil y respetado.

Pero estos prejuicios sociales son de doble vía, ya que han creado límites entre él y las personas. Cuando le pregunto quién es a su parecer el ciudadano más bueno de Ventanas, cita un par de nombres femeninos: Lucrecia Velarde y Leonor Benítez, pero luego enumera una lista con nombre, apellido, lugar de trabajo y hasta el tipo de injuria que ha recibido de parte de personas malas. Es una menta aguda y un hombre que vive entre paréntesis, por decirlo de alguna manera. Se aísla con razones para conservar su espontaneidad, pues cree que no necesita la aprobación de nadie más que de la suya. Piensa que de ganarse el aprecio de los demás, lo obligaría a conservar esto hasta el final y se convertiría en un cínico por ello. Por eso rehúsa a ser moneda de oro para los que no saben apreciar su valor. Ese es su estilo, su orgullo literario y su introspección, y el precio a pagar es alto, porque su vida es una entera soledad que desahoga, o mejor, aprendió a desahogar desde 1982, por medio de hojas y tinta. A la sombra del desamparo, o mejor, noche tras noche a la luz de la vela, escribiendo sobre todo lo que veía, escuchaba e imaginaba, con el resultado de casi una docena de libros de narraciones, poesía, novelas, filosofía, profecía y muchos dibujos futuristas, que en sus palabras no pertenecen a este tiempo, porque pretenden facilitar la vida de las personas: motos voladoras, carros solares, maquinas bio-retrocesivas, cañón dispara cohetes y edificios inteligentes a la orilla del río ventanas.

 

Su mundo

Pocas personas conocen sus trabajos, porque lamentablemente las mejores obras fueron robadas, se perdieron o simplemente se apropiaron de ellas; eso pasó con el libro La mente de un loco, que el joven César Litardo se llevó para el oriente del país, y otro titulado Las profecías de Jonson qué actualmente está empeñado por diez dólares en una reconocida venta de comida nocturna de la calle Sucre. Con estos libros, como con los demás –comenta- hizo una obra de carpintero, ya que seleccionaba las hojas, el material de la portada, el orden de sus escritos y como si conociera el consejo de Whalt Whitman, empastaba y sellaba sus propios trabajos. Se habla en pasado, porque en el presente ya no escribe. Se dedica a existir, aunque no sabe hacer nada más. La gente no entiende nada de esta fidelidad al arte que lo tiene como está. Siempre, hasta el día de hoy, ignoran que literalmente existe para escribir o dibujar lo que le pasó, le pasa y le pasará. No tiene nada más en la vida. Esta incomprensión es la que genera la ruptura entre él y las personas, pero claro, no entre todas las personas. La primera vez que lo ví, me lo encontré en el triste y desolado parque de Ventanas describiendo por medio de un poema el sabor de un pollo. Recuerdo que se titulaba “este pollo está sabroso” y escribía con pasión y hambre. Y en otro momento, lo descubrí componiendo canciones en diferentes ritmos que disfrutaba en su vida interior como si fuera un Beethoven: Merengue, Vallenatos, Cumbia, Pasillos, Boleros. Eso sí, me aclaró, no escribo en ritmo de Reggaetón.

Su actividad la entiende quien se acerca unos milímetros a su mundo. Allí descubren que no posee otra arma que la palabra y el grafo para luchar contra la injusticia, que dice, impera en la sociedad. En un apunte suelto de sus escritos anota: “este mundo está lleno de odio, no hay trabajo, no hay oportunidades, cada uno esta ensimismado en su necesidad. Nadie le da la mano al pobre”. En algunas ocasiones, Jonson usó esa misma literatura como protesta social. Su obra Las Profecías de Jonson (el que está empeñado en la calle Sucre) es un libro que contiene una fuerte denuncia contra el sistema injusto que le tocó vivir en carne propia en la administración del doctor Manuel Vera. Profecías que atacan la política corrupta, el menosprecio al arte, la gula insaciable, la ambición de los ricos; y que describen el portavoz, el profeta que se verá expuesto a tentaciones, violencia y crítica. En uno de sus ataques verbales que le dirigieron, escribe: “habéis llamado al profeta homosexual mientras tienes homosexuales como profesores de tus hijos. Los homosexuales son importantes en tus instituciones y vosotros no decís nada contra ellos”. El enfoque de esta obra es social, y va dirigida específicamente para el ex-alcalde Manuel Vera que en sus palabras, tuvo una administración llena de terror, muertos, violencia, rapiña y hambre en la ciudad de Ventanas.

La actualidad

En estas artes que adoptó desde 1982, se desenvuelve y existe hoy pleno 2014. No le pagan por ello y tampoco busca una remuneración. Su talento es como su respiración, simplemente sin él, piensa, sería una persona ordinaria. El trabajo que busca para que le paguen no tiene que ver con su talento y hoy después de casi tres decenios Jonson Castro Vera sigue luchando para tener al menos un trabajo manual que le ayude para comprar jabón, fósforos, velas y papel. Solo pide eso. En su intento persistente de lograr ocuparse, va a las fincas bananeras para escuchar un: “¡lárguese!, ¿otra vez usted por acá?”; y en la empresa de vigilancia lo expulsan a balazos. Cuando decide emprender y vender algo, deja todo regado por huir de alguien que intenta golpearlo indiscriminadamente. Ha intentado hablar con los diferentes alcaldes de la ciudad de Ventanas, pero termina saliendo con la misma cara de tristeza con la que entró. No se da por vencido. Sale cada mañana a buscar y esperar un golpe de suerte.

Es curioso que no se le escuche decir como el común de la gente que esta salado, o que mató un cura, cuando se trata de tener suerte. Porque a su necesidad de elementos básicos de subsistencia, se suma el hecho de que desde el año 2010 el CONADIS, consejo Nacional para discapacitados no le ha querido renovar el carné que le daba privilegios como reducción en la tarifa del transporte, ayuda policial instantánea, descuentos en compras y prioridad en programas sociales del gobierno. Le niegan la identificación actualizada, porque algunas personas, dice Jonson, han mentido alegando que él es rico, que es intelectualmente lúcido porque tiene obras literarias completas y que sus facultades están intactas para trabajar como los demás. Lamenta la maldad humana justo cuando debe tratarse por un problema de Colitis descubierta por un sangrado rectal y de una hernia umbilical que le aqueja desde hace 10 años.

Es normal entonces que pase usted por el centro de Ventanas y siga viendo a un hombre bonachón, con ojos nobles y piel color pan, conservar una sonrisa debajo de una sombrilla china, o que deambule por la ciudad en una bicicleta saludando a la gente y esperando un saludo decente. Acérquese y pregunte, tómese una foto con Jonson Castro Vera. Deje que el aire y los artistas le den vida a la ciudad. Cada uno lucha con su existencia desde que se levanta hasta que se acuesta, por eso es necesario tener la mano abierta, pues con los puños cerrados se pierden muchos abrazos. Lo que hace que una persona sea humana, no es el hecho que razone o sea culta, sino que sea libre de la violencia o la imposición de amedrantar a otros. El pueblo Ventanense es trabajador por naturaleza y en comentarios de las demás provincias, es un pueblo que reverencia la vida. Demos pues este respeto a todos, desde el niño, pasando por el joven, hasta venerar nuestros ancianos. Es lo menos que se puede hacer, pues como decía el doctor humanista Albert Schweitzer, “Somos seres humanos, entre otros seres humanos, buscando sobrevivir”.

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