Héctor y Judas en un poema

“…Pereira como sitio de cultos paganos. La tribu Quimbaya que morara en nuestro suelo, tenía como culto especial el conversar secretamente con el diablo.”

Hugo Ángel Jaramillo


Del poeta maldito Héctor Escobar (1941- 2014) se ha dicho tanto, que sería inútil agregar algo adicional a su vida y obra, sin embargo, para consuelo, no se ha escudriñado todo. Por ello no es infructuoso intentar analizar un oscuro poema de su autoría, ya que como sabemos, el jefe de los “Hermanos de la Sombra”, componía versos milimétricos, releía a Pitágoras, imitaba a Aleister Crowley, admiraba a Charles Baudelaire (incluso tuvo una aventura amorosa con una mujer negra, buscando el doble de Jeanne Duval), creció insuflado por la magia de Kalimán, y al final de su existencia fue condecorado por la Iglesia Católica como uno de sus hijos más fieles.

Detalles periféricos del universo de anécdotas que rodean su vida.

Aun así, hay que aclarar que, en la interpretación de sus textos cabe una crítica literaria más. Todavía hay tela. Tanto, que la biografía fantástica de “El Enviado” (2000) escrita por Alfonso Gutiérrez Millán, la entrevista “Cara a cara con el diablo” (2008) de Gustavo Colorado Grisales, y “La estética de la herejía” (2007) de Orfa Kelita Vanegas, son obras que profundizan en sus versos, y también son espacios para encontrar perlas literarias en la sima del pensamiento oscuro de Héctor. Búsquedas de poemas que al igual que los de Jorge Luis Borges o los de Tristan Corbière, contienen una profundidad arcana, que solo los críticos, sumergidos en esta línea, podrían descifrar.

“Cosmogonías” (1985), “Testimonios malditos” (1985), “El Libro de los cuatro elementos” (1991), “Baladas en clave antigua” (2001), es cierto, han tenido una crítica literaria foránea.  Y por crítica se entiende valoración, interpretación y traducción de estudiosos que han intentado presentar a Héctor Escobar como esteta, poeta, y escritor, frente a un Héctor Escobar como mito, “Papa negro” en Colombia, y creador de una nueva versión mejorada del Necronomicón. Críticas que existen aunque no sean tan visibles en nuestra región.

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En esta línea, es que un poema impreso en la colección literaria “La Chambrana”, (2017) de la Secretaría de Cultura de Pereira, ha generado el suficiente estímulo como para realizar una interpretación crítica de uno de sus sonetos que, entrando al mismo juego, no escapa a lo que él mismo Héctor Escobar insistía en llamar “Poesía Matemática”.

Se trata de La Oración de Judas.

Con el alma maldita por venderte, / Estoy en este infierno condenado;

Por hacerte sangrar en el costado / No puedo, buen Jesús, dejar de verte.

Por sentirme culpable de tu suerte / El corazón, sangrante, llevo ahorcado

Del palo de tu cruz, ¡Maestro amado! / Y éste será el estigma de mi suerte.

Mas, tú resucitaste, Señor mío, / Y yo sigo aterido por el frío /De un eterno desdén, incomprendido.

Pero tú sabes, Dios, allá en tu gloria, / Que mi traidora acción, aunque irrisoria

Era un pacto con Cristo… / y he cumplido.

Una oda a Judas, no el hermano de Jesús, sino al Iscariote, al actor apostólico que fue relegado al olvido, el peor infierno donde están confinados los que aspiran a ser inmortales por medio de las artes o las revoluciones. ¿Su único error? manejar las arcas financieras del ministerio de Jesús, entregarlo con un beso en la mejilla, recibir treinta monedas de plata como pago por su traición, y suicidarse, irónicamente, en un terreno que él mismo había comprado con el dinero maldito.

Con tal historial, no es extraño entonces que Héctor Escobar como poeta y sacerdote mayor del Santuario Tántrico de Suramérica,  se interese por un personaje tan singular, sin embargo, no hay que tomar a la ligera el poema citado, ni a este funesto discípulo, ya que, a decir, de Thomas de Quincey, “Todo lo que comúnmente atribuimos a este hombre, sus verdaderos propósitos y su destino final, es erróneo.” Literalmente erróneo, si es que damos crédito a los textos eruditos de Jorge Luis Borges, “Tres versiones de Judas” (1944); al libro “Judas Iscariote traidor o predestinado” (2011) de Miguel Cruz; y  la toma de posición de “La iglesia de Judas” (1970) de Fay Bernard.

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Pero no es necesario meternos en estos meandros literarios, para analizar un poema oscuro, nacido desde las entrañas del diablo, sobre un esbirro, que, a decir verdad, cumplió un propósito dentro de la economía redentora divina. Del poeta maldito nacido en Pereira emergen oscuras teorías de predestinación, pues da a entender que la traición de Judas no fue casual (su remordimiento no poseía tanta intensidad para corroborar aquello), y su hecho prefijado tuvo un importante y misterioso impacto en la historia religiosa del cristianismo. En consecuencia, -sugiere el esteta- no estamos ante el mayor delator universal, o ante el infame hombre que renunció a la vida eterna por un programa político, sino delante de un ser enigmático, cuya acción da para muchas interpretaciones.

Así entonces, al Héctor Escobar decir: “Con el alma maldita por venderte, estoy en este infierno condenado”, deja en claro que Judas no siente estar condenado por la venta, ni siquiera por el descreimiento,  sino por el terrible secreto que guarda del mesías, a saber, que se necesitaba un hombre específico y maldito para redimir a todos los hombres. Es más, podría estar en tela de juicio (los versos lo advierten) si acaso Jesús fue el hermano gemelo de Juan el Bautista, y de ahí la confidencia que lo consume ¿Era esta la condena predestinada a la que se refiere el poeta? El resignarse a saber que el colegio apostólico tenía un contador, un pescador y un médico, y que en la pluralidad debía existir también un discípulo oscuro con un ánfora de secretos sin posibilidad de reventar.

Este secreto mesiánico insinúa que el “Hijo de perdición”, fue abocado inevitablemente a impulsar la muerte agónica del cordero de Dios en la cruz, para dar inicio a una revolución zelota ante los invasores romanos, y por ende, a la propia muerte del instigador, ya que no se puede acusar sin ser culpable, sin ser llamado diablo.  Judas y Héctor parece entenderlo así. Pues más que Juan, era este el mejor amigo de Jesús (solo así se entiende las palabras: “Nadie tiene más amor que el que da la vida por sus amigos”), sumado a las serias sospechas del oscuro imperativo de: “Lo que vas a hacer, hazlo pronto” del maestro, que dio pie a que Judas saliera de la última cena directo hacia los verdugos.

Con toda sospecha, intriga, e incluso con teoría de conspiración, he aquí el mensaje tácito de Héctor Escobar: la divinidad se hizo hombre. Se humilló. Se vació en barro. Su kénosis, fue necesaria para salvar la humanidad, aunque para tal propósito, pudo elegir cualquier vida entre la historia: quizá, Alejandro Magno, Epicuro, Confucio, o Jesús; sin más, eligió un destino singular: Judas Iscariote.

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Este es el misterio kerigmático, o al menos, lo que gravita en la prosa del Héctor Escobar. ¿Cuál es el infierno y la maldición de Judas? Los otros. Él mismo. El destino. “Por hacerte sangrar en el costado no puedo, buen Jesús, dejar de verte.” Sus ojos, petrificados ante lo abyecto de su vida, se encandilan ante el cordero degollado. ¿Estaba este en el Monte de la Calavera en el momento de la crucifixión? El hecho es dudoso, ya que su conciencia lo acusa, lo aleja, y a falta de testigos declara contra él en el desierto.  ¿Era su dolor e infierno personal el ver a Longino atravesar con su daga el costado del Mesías? La impotencia predestinada estaba haciendo lo suyo.

La declaración “he entregado sangre inocente”, guía al poeta a proferir el inmortal verso “Por sentirme culpable de tu suerte el corazón, sangrante, llevo ahorcado del palo de tu cruz ¡Maestro amado! Y este será el estigma de mi suerte.” He aquí las tres muertes limpias de Judas descubiertas por el poeta: la espiritual, (descreer) la almática (un hombre sin metanoia), y la corporal (la aflición de la carne). Triste noche aquella en que el oscuro apóstol, con lágrimas entre sus ojos, recordando al maestro, sin esperanza de verlo resucitado, decide colgarse de un árbol, creyendo cumplir un designio divino, y esperando sentarse a la diestra de Jesús, cuando este instaure su reino en la tierra.

Para Héctor y no para Judas, Jesús resucitó. “Más, tú resucitaste, señor mío. Y yo sigo aterido por el frío de un eterno desdén, incomprendido.”  Esta resurrección puede significar un nuevo ciclo, una puerta abierta a creer en el más allá, y el poeta lo entendía perfectamente, pues la Merkabah¸ es la doctrina del misticismo, el plano espiritual de una vida supraterrenal poblada por huestes angélicas y poderes demiurgos.

Finalmente, la misión de Judas queda comprobada en el oscuro pasaje: “Pero tú sabes, Dios, allá en tu gloria, que mi traidora acción, aunque irrisoria era un pacto con Cristo… y he cumplido.” Objetivo que el poeta descubre, al afirmar tácitamente que el Redentor pudo sentir fatiga, frío, turbación, hambre y sed y también cabe admitir que pudo pecar y perderse. “La oración de Judas” es solo el comienzo de una larga tradición que ve al traidor como el verdadero salvador de la humanidad, y que además muestra un Judas como arquetipo de Héctor Escobar.


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