Un filósofo en alpargatas: Fernando González

¿Son los hombres de letras redentores de la sociedad

o escritorzuelos ignorados?

Thomas Carlyle

Hay que partir afirmando que el libro «Fragmentos de Sombra» (2018) cumple lo que promete: es una íntegra biografía intelectual de Fernando González en todo el sentido del título. Joseph Avski, el autor, no se empeña en convencernos de nada, sino que nos guía de la mano como Virgilio a Dante hacia un paseo por las ideas generales de la literatura, la historia de Colombia con sus violentos recovecos, y por la vida de uno de los escritores más reconocidos de Antioquia y Colombia.

Por ello no hay duda que estamos ante una obra integral que invita a ser leída, aunque hay un pare obligado, ya que su lectura demanda cierto bagaje intelectual; una mínima cuota de cultura como condición previa; la colaboración de un sentimiento (o conocimiento) hacia el biografiado; y cierta disposición del alma para entrar a esa “Tierra de palabras.”

Tierra de palabras u “Otraparte” donde encontraremos al patriarca del Nadaísmo en sus detalles, desvaríos, aciertos y en su propia visión de hombre que cree, es inútil luchar, y que no hay más remedio que la fuga: la fuga hacia sí mismo. Como si con su vida y obra (Y Avski nos muestra esto con una prosa limpia e inteligente) predicara que no se puede salvar lo individual en el mundo, y que el triunfo del hombre espiritual es siempre la libertad; el caminar a pie y vagar con un palo y una idea; ser criticado; estar libre de la opinión de la gente, de dios, de las cosas; libre para sí mismo.

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Así entonces, después de leer este libro y disfrutarlo hoja a hoja, es difícil definir a Fernando González solo como un “hombre de letras”. No. Es esa una frase demasiada facilista y evita el esfuerzo para criticar literariamente al escritor envigadeño. El asunto es que esa denominación es escurridiza y se asemeja más a “escritor creativo” que a “sabio” o “filósofo”, aunque él mismo haya sido esto último para luego renegar de esta condición y pasar a otra categoría como poeta, diplomático o crítico de arte.

Esta definición de “hombre de letras” (si es que persistimos en ella) es la que obliga a ver al escritor antioqueño como un bricoleur, un diletante, poses que adopta para sobrevivir en el mundo literario. Como dice el crítico literario inglés, Terry Eagleton: “El hombre de letras sabe tanto porque no puede ganarse la vida con una sola especialidad intelectual”. Aunque, aclarando que el “El Brujo de Otraparte” no es en ninguna forma un pastiche, sino un pensador multidisciplinario.

Fernando González, afirma Joseph Avski, es un profundo conocedor de teología, filosofía, política, poesía, y es metafísico a lo don Miguel de Unamuno, o según la hora que marque el reloj o se enfríe el tinto.  Esa es su rareza. Su maravillosa individualidad. Como él mismo afirmó alguna vez en en “Los negroides” (1936): “Soy el predicador de la personalidad; por eso soy necesario a Sudamérica”.

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Joseph Avski. Joseph Avski es físico de la Universidad de Antioquia, máster en creación literaria y doctor en estudios hispanos de Texas A&M.

En otras palabras, el antioqueño se ha labrado un saber de gacetero, pero a su vez es una autoridad ideológica en su tiempo. Solo así lograremos entender con propiedad el nacimiento del Nadaísmo de la mano de su discípulo Gonzalo Arango y otros; el lobby para ser cónsul en Europa, y la falsa nominación para el premio Nobel, como según se divulgó a mediados del siglo pasado, de parte de su amigo Thorton Wilder, autor de “El puente de san Luis Rey” (1927) y de Jean Paul Sartre, cuya filosofía existencialista tuvo muchos adeptos en Colombia.

Tomando un descanso y pisando esta línea amarilla (pero sin atravesarla so pena de un balazo) es que nos sentimos tentados a creer que el pensamiento, la vida y la obra de Fernando González es un todo “disorgánico”. He aquí una confusión. No es filósofo, ni novelista, ni ensayista, ni político, ni nada. Es un nini. En su libreta de notas de 1915 afirma nuevamente: “Y todo eso porque no creo en nada, o si quereís, porque creo en todo”.  ¡Vaya! Esta sombra no tiene génesis ni apocalipsis.

Y aunque parezca que hay una seria contradicción o disociación en su pensamiento y obra, con su literatura se hace representante de las ideas del pueblo, y entiende (y he aquí un punto clave para comprender su regionalismo) que la multitud desea la brevedad, el mensaje, la imagen, la pose. Así es que redacta obras como Pensamientos de un viejo” (1916);  “Viaje a Pie” (1929); “Los negroides” (1936); “El pesebre” (1963), y poemas que pueden ser leídos por niños o ancianos, que dejan en claro que escribir es tan importante y tiene tanta fuerza de costumbre como beber en una cantina.

Sin embargo, ahí está el dilema que atrae de su personalidad intelectual: afirma y niega a la vez; cuando consolida, deconstruye; habla, pero por dentro calla; cuando duerme, su sombra anda despierta y en alpargatas. Cavila entre dar luz intelectual a las masas de la clase media, o enseñarles, como Efe Gómez, otro contemporáneo, a labrar la tierra, amar el campo, conservar en alto la virtud laboriosa de los antioqueños. Actitud propia de los “paisas” o “arrieros”, como son llamados en el país, quienes llegaron con su mujer, un machete, sus animales y mucha “garra” para colonizar y enseñar a amar el terruño, y así crear patria e identidad.

 

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Fernando González es este caminante, este predicador, este hacedor de patria. Hombre y escritor; filósofo y poeta; teólogo y diplomático, todo eso y nada a la vez.

Sílaba nos entrega este pasaje a esta “Otraparte” con este libro. Viaje (lectura) que no dudo en recomendar ya que el verdadero escritor pone a rodar su arte con la representación de acontecimientos espirituales, nacionales e interiores, de cara a los tiempos turbulentos de la época. Joseph Avksi es uno de esos escritores que, en tiempos de paz, nos habla de un escritor (Fernando González) que vivió en tiempos de guerra.

En conclusión, esta obra es la vida misma del patriarca antioqueño que atraviesa como hombre un siglo difícil en el país, y como si al llegar a esa cima se hubiese sobrecogido, como la mayoría de los mortales, en una nostalgia de algo todavía más alto e inalcanzable. Casi como burbuja que en un instante refleja el universo y al siguiente se revienta en el aíre. La eterna nostalgia de la sombra.

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