Confieso que estoy enfermo de duda

“El sentimiento lo es todo; el nombre, ruido y humo”

Goethe

 

Siempre me planteo el beneficio de la duda de resolver ciertos misterios. Y aunque lo intente, sé que el limite son las palabras, esas materialidades tan tontas, que hace que nuestro intelecto se sienta tan supeditado a revestirse de mendigo ante el deseo de exponer su grandeza.  Así pienso por ejemplo en “la paloma de Immanuel Kant”, o “La tetera de Bertrand Russell”, o “el misterio primaveral de los tres tiempos de la 9 sinfonía de Beethoven”, “¿qué hora era cuarenta y cinco minutos antes del comienzo del tiempo?” y porque no, “la intrincada pero bella teología de Paul Tillich”.

Sinceramente no me arriesgo, pues me veo abocado a pararme en el vacío sintiendo que voy a caer.  Y surge de la nada, como si esta gravitara en el aire, esa frase del magnífico de Ludwig Wittgenstein, de que lo que se puede hablar, hay que hablar claramente, y de lo que no se puede hablar, hay que callar.  Con esa frase, mi duda es visitada por esa bella aurora boreal verde azulada que lo renueva todo.

Claro, no abogo por un lenguaje privado, no soy monje para jugar a la introspección.  Una vida sin palabras es ese túnel por el que escapó Jacques Lacan, sin que sus seguidores se dieran cuenta. Antes bien me avergüenzo ante el lenguaje, ese misterio tan divino, pero tan indescifrable, ese que nos define como humanos, más que esa etimología tan necia de Homo Sapiens.

Jacques Lacan, el hombre, se perdió en el silencio, igual que Isaac Newton en su virginidad y yo en mi curiosidad.  Con la mano en mi cabeza afirmo, si, de verdad, de que, al sentirme tentado a pensar aquellos misterios tan conspicuos, destapo una cerveza y el charco amarillo sobre la mesa me recuerda que somos levadura en esta gran masa llamada mundo.  Meras chispas, que como afirmaba el viejo Job, volamos por el aire con fulgor para terminar como un pequeño tizón en un pedazo de espacio.

La curiosidad me atrapó y me atrapa como un continuum. Confieso esto cabizbajo, mirando hacia otro lado, que no me enfermé con los griegos. Esos hombrecillos semi desnudos del mediterráneo que creían atrapar los átomos como las manos. No, la pregunta sobre la pregunta de mis inquietudes nació cuando restauraba libros en la universidad, y al contacto con cada tomo nacía un sentimiento de vacío que debía ser llenado con la vida de alguien, que, en otrora, se había vaciado en esas hojas ajadas.

Solo, sin lazos con mi familia, ni con el mundo, quise enmarañarme en el rizoma del conocimiento. Mis amigos del campus decían que hablaba dormido, costumbre que aun conservo, y que ilustra los ratones y las telarañas de mi cuarto. Obvio, el conocimiento es un pozo sin fondo, pero sigo cayendo, como caen las estrellas de la noche hasta ver el día nacer.

Cohelet trazó el límite: vanidad de vanidades, todo es vanidad.  Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta. El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo. Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena… todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.

Y la mente de conocer. Confieso que estoy enfermo de duda.

 

 

 

 

 

 

 

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