¿Qué es verdad y qué es mentira hoy?

“Antes que el amor, el dinero, la fe, la fama y la justicia, dadme la verdad”

Thoreau

 

¿Qué es verdad y qué es mentira hoy? Es una pregunta que si bien no se hacen todos los ciudadanos comunes, al menos sí los que quieren llegar a una sinceridad honrada de conocer los hechos, sin los cuales no habría una verdad “sine qua non”. 

Una delgada línea separa la verdad de la mentira, si es que acaso no existe hoy con tanta publicidad mediática, una confusión para definir qué es verdad y qué es mentira.

Y no es de echarle la culpa como un “chivo expiatorio” a la máquina de la publicidad que usa de elementos psicológicos para poder vender su productos; tampoco a los gobiernos que coaccionan a sus contribuyentes a ser parte de una “falsa” representación democrática por medio de líderes electos por un determinado tiempo; ni muchos menos a las religiones, que dirigen los espíritus y las mentes de buena parte de la sociedad.

Al menos una cosa es evidente en nuestro tiempo: la desvalorización de la palabra, precedida por el mundo de las transacciones donde estas pueden ser usadas de forma arbitraria y pueden significar cualquier cosa según el interés.

Basta con solo echar una mirada crítica a las actitudes del periodista italiano Tommasso Debenedetti con sus falsas entrevistas a personajes importantes del mundo, incluido en Latinoamérica, al mismo Vargas Llosa, a quien el año pasado le suplantó una cuenta de Facebook; los escándalo con la prensa de Rupert Murdoch; el destape de los documentos llamados «Wikileaks» de Julián Assange y la falsa propaganda gubernamental de países neo-socialistas, sedientos de ideología nacional, más que de intereses colectivos.

 

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Tommaso De Benedetti (nacido en 1969) es un periodista y autor italiano conocido por escribir noticias falsas, así como un maestro de escuela en Roma . Es padre de dos hijos.

 

La pérdida de la verdad o  la falta de discernimiento sobre la mentira no obedece a la pérdida de los  metarrelatos, ni a la des-legitimidad de los actos, sino que la raíz del fenómeno está en la cultura imperante, donde el valor supremo es la diversión y las compras, por encima de cualquier otro valor o ideal humano importante.

El nacimiento de la prensa sensacionalista, amarilla o roja, ha despertado una cultura de la necedad como bien decía Ryszard Kapuściński. Por eso la cultura del espectáculo, ofrece morbosidad, alboroto, superficialidad,  además de la invitación a disfrutar una libertad de expresión, mal entendida, hija del consumismo, no de la revolución francesa.

Las personas leen el periódico, ven películas, encienden la televisión o adquieren un libro para distraerse, no para plantear preguntas, dudas, preocupaciones, criterios, y para olvidarse de lo que llaman unánimemente “la vida dura y laboriosa” o “la existencia fatal”.  Se abandonan -sin reproche- a la superficialidad y al entretenimiento sano y estúpido.

Mario Vargas Llosa en su libro, La Civilización del Espectáculo dice:

“La cultura contemporánea hace que todo esto, en vez de movilizar el espíritu crítico de la sociedad y su voluntad de combatirlo, sea entrevisto y vivido por el gran público con la resignación y el fatalismo con que se aceptan los fenómenos naturales, y como una representación teatral que, aunque trágica y sangrienta, produce emociones fuertes y emulsiona la vida cotidiana.”

 

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La banalización de las artes y la literatura, el triunfo del periodismo amarillista y la frivolidad de la política son síntomas de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea: la idea temeraria de convertir en bien supremo nuestra natural propensión a divertirnos.

 

Esa resignación en Latinoamérica, que anula o seda la facultad de diferenciar una cosa de otra, puede estar influenciada por la débil frontera que existe entre el fútbol y la política: un fanatismo que favorece a los poderes económicos y  gubernamentales, porque un pueblo apático, es un pueblo muerto a los interés de “otros”.

La arenga, las pasiones excitadas por medio de nacionalismos, patriotismos, fanatismos deportivos y políticos, son redirecciones de la voluntad de los hombres hacia determinados fines.

Es la versión moderna del circo romano: Panem et circenses (“Pan y circo”) para apabullar al emperador o César, o como un método de convocatoria a presenciar la barbarie o masacre del triste circo romano. Un  pueblo con criterio propio es una amenaza democrática, cultural o social.

Aunque una ambivalencia se pone en evidencia: la falta de crítica política, pero la fácil aceptación como verdad y sin utilidad del espectáculo mediático cotidiano: la infidelidad de actores famosos, las declaraciones impúdicas y amorales de un político, un artículo escandaloso contra la estética femenina, la muerte de un dictador según los gobiernos desestabilizadores de otros gobiernos, y la música de moda.

El posmodernismo en Latinoamérica no llega sino en moda, y cada cuál tiene su propio concepto de verdad o mentira; la  sociedad parecer tener suspendido el ejercicio de evaluación crítica de los valores, y construye opiniones generales en dos postulados básicos: alabar o censurar.

 

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Julian Paul Assange (n. Townsville, Queensland, 3 de julio de 1971), conocido como Julian Assange, es un programador, ciberactivista, periodista y activista de Internet australiano y nacionalizado ecuatoriano, conocido por ser el fundador, editor y portavoz del sitio web WikiLeaks.

 

Solo por mencionar, el caso de las revelaciones al descubierto de los “Wiki-Leaks” donde la vida pública, la información y la censura de los diplomáticos fue desvelada; la multitud se horrorizó, cuestionó. Algunos países intentaron confrontar el asunto no de cara a la sociedad, sino frente a los gobiernos.   Y aunque fue un tema de suma importancia para entender la naturaleza de los gobernante, pocas personas prestaron atención al hecho, y ni siquiera cuestionaron si tales declaraciones por ejemplo sobre los mandatarios latinoamericanos tenían validez o no.

Fue un destape total de las intenciones y opiniones de los gobiernos; y es curioso que los “Wikileaks”, que revelaron juicios, tramas, engaños ciudadanos etc., no pudieran despertar un juicio ético y crítico que moviera a la sociedad a tomar la decisión de defender la verdad o echar mano de la crítica a la mentira y repudiar tales actos.

Todo se centró, o se desvió, hacia la figura de Julián Assange, un personaje que hasta el día de hoy está en el proceso de juicio como un “chivo expiatorio” para controlar o redirigir la reacción social de las personas contra sus gobiernos, aunque los gobiernos, en su afán de mantener la democracia, estén preparados con métodos de control, por si un día su legitimidad se desvirtúa.

Esto deja más preguntas que respuestas, ¿o a la gente le gusta ser engañada, o han perdido su sistema de crítica y opinión?, o ¿simplemente, no le interesa, lo que los demás hagan o piensen?

¿Qué es verdad y qué es mentira? El mismo farsante de Tommasso Debenedetti parece dar un respuesta con el descubrimiento del fraude mediático que lo convirtió en un héroe de nuestro tiempo: “Mentí, pero sólo para poder decir una verdad”.

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