Tutankhatón

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Carter, gruñón por naturaleza, conocía la naturaleza humana de la ambición, no tanto en él, como entre los arqueólogos, saqueadores y aventureros, que deseosos de fama y fortuna harían cualesquier cosas por descubrir algo de tal envergadura, sin pagar el precio del sacrificio.


 

Una de la oraciones más bellas y excitante en todo el siglo XX, fue sin duda, la proferida por Howard Carter detrás del pequeño agujero abierto en la entrada de una tumba egipcia aparentemente intacta: “Veo cosas maravillosas”.  Solo repasar esta frase mentalmente genera suficiente emoción y duda, sobre qué vio realmente este arqueólogo amateur, después de casi una década de buscar algo improbable debajo del polvo y el canículo sol en el Valle de los Reyes.

Lo que se sabía hasta ese momento era, que el dibujante inglés, y asistente provisional de arqueólogos que lo contrataban por su experiencia en leer la hierografía y caligrafía egipcia, buscaba una tumba intacta de un faraón. Por supuesto, la mera idea generaba risa entre los círculos egiptológicos, y en su contra corrían voces de cinismo que aseguraban que no había ya nada por descubrir, al menos en ese árido valle olvidado por la historia.

Aun así, aquellos detractores decían aquello con razón de causa y cansados de comprobar que del Egipto antiguo solo quedaba la gloria, sin más evidencia que el despojo y la destrucción histórica, además enorgullecidos por su ciencia arqueológica que les impedía ver más allá de sus reglas profesionales.

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Faraón egipcio de la XVIII dinastía (?, h. 1372 – Tebas ?, 1354 a. C.)

Sin embargo, Howard Carter, el hombre, solo seguía su intuición y las pistas históricas dejadas en un pequeño fragmento de una copa, donde se registraba un nombre, hasta ese momento, desconocido: Tut-Ank-Amon. ¿Pero quién era este personaje, que ni en Luxor, ni en Tell-Amarna tenía registrado su nombre en el panteón de los faraones clásicos? Preguntas que iban y venían en la mente de este aprendiz de arqueólogo, sin desanimarse al no ser un sistemático de la ciencia arqueológica, ni ser conocido por hallar algo valioso o importante que le asegurara la entrada a un club de buscadores de tesoros.

Solo fue hasta el 4 de noviembre de 1922, que el destino tenía preparado una cita con la historia y la perseverancia.  Ya que un pequeño escalón, que uno de sus ayudantes egipcios encontró por casualidad, sería una escalinata hacia la gloria y el esclarecimiento de un episodio de la historia del antiguo Egipto, aun no resuelto: un faraón perdido.

Así que, emocionado por dos pistas, (un fragmento y una escalinata) limpia con su equipo los escombros que taponan la entrada y efectivamente surge una pared color parduzca, que sellada, impide el paso y la vista hacia algo, por el momento desconocido.

En excavaciones previas, este arqueólogo aficionado se había sufrido los peores fiascos, al anunciar una recamara intacta que, al abrirla en presencia de curiosos y altas autoridades arqueológicas, encontraría solo, para su decepción y la de todos, que estaba habitada por arañas, polvo y vacío.  Ahora decide no correr riesgos de caer en otro descredito.

A la pregunta de su mecenas y financista personal Lord Carnarvon “¿qué ves?” Carter se asegura de hacer un agujero en la misteriosa pared, y así pronuncia las mayores tres palabras del siglo XX: “veo cosas maravillosas”.

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Con su mirada encontraba una tumba real semi-intacta del periodo de Tell-Amarna, o la época fundada por el faraón hereje, Akhenaton, quien, revelándose contra la clase sacerdotal de Amón, decide barrer de un plumazo los dioses antiguos para rendirse solo al culto solar de Atón.  Acción que no le sería perdonada, borrando su nombre de las estelas, registros y sepultando su fama hasta la posteridad.

El descubrimiento era la tumba del faraón Tut-ank-amon, o “la gloria viva de Amón”. Un niño que no sobrepasaba los 20 años y que en su corto periodo de vida había manejado el mayor imperio conocido de la antigüedad.  Howard Carter, Lord Carnarvon y el mundo entero se quedan de una sola pieza. ¿un niño? ¿una tumba intacta en pleno siglo XX? Así surge el alboroto de saber quién era, en qué periodo reinó, por qué la historia no lo menciona, qué sucedió con su muerte o quién fue su sucesor directo.

Había más preguntas que respuestas en el ambiente. Y como es lógico las leyendas comienzan a corren en el aire, de que, a los profanadores de tumbas los espera el peor de los fines y que no se debe perturbar el sueño eterno de un gran señor del antiguo Egipto. Pero tales conjuros no hacen mella en la curiosidad insaciable de Carter que buscaba la inmortalidad en un descubrimiento de este tipo y de Carnarvon que divisaba recuperar la fortuna invertida en una excavación cuyo fin parecía satisfactorio.

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Akenatón ha sido un célebre faraón que pasó a la historia por ser quien realizó la gran reforma religiosa por la cual el culto se centró en el dios sol, Atón.

Al ingresar a la primer cámara comprueban que su interior está lleno de objetos preciosos: camas, aljabas, carros de guerra desbaratados, ajuares, joyas, estatuas, una silla de oro, manuscritos y una infinidad de artilugios que habían empacado junto al faraón niño en su larga travesía por la eternidad.  Carter, habituado a conocer las tumbas suntuosas y grandes de los monarcas, sabe que esta primera cámara no puede ser la de un faraón real. Y descubre otra antecámara donde se guardaba lo mejor de los vinos reservado para el rey y sus bacanales. Pero no satisfecho intuye que algo falta en el lugar, algo contundente. Y dos estatuas guardianas, que custodian una pared sin mucho atractivo, sería la entrada a la cámara real, cubierta de oro desde el suelo hasta el techo.

Hace otra abertura e ingresa en cuclillas, echa una mirada, y comprueba que hay una puerta dorada con sellos reales intactos. La adrenalina comienza a correr por sus venas, ya que nadie ha entrado a ese lugar desde hace 3 milenios y su apertura es fundamental para develar la historia y también reescribirla. Así comprueba que está en la cámara mortuoria del Faraón, y emprende el trabajo de desbaratar parte por parte el mobiliario  mortuorio encontrarse en el centro de su búsqueda. Así logra dar con el ataúd de oro que guarda un diminuto cuerpo, importante para él y la historia.

Y más que un descubrimiento importante, cuya historia conoce la humanidad y está registrado al detalle en los libros del conocimiento universal, es la hazaña de la perseverancia, de creer en una intuición, en una utopía que llevó a un simple hombre con hechos a demostrar que nada es imposible si se puede creer en si mismo.

Al final, y esto es un dato que comprobé sin mayor esfuerzo, pero que la egiptología pasó por alto, la silla dorada del faraón no tenía registrado tanto el nombre de Tut-ank-amon, como el de Tut-Ank-Aton, es decir, este niño real era el hijo del Akhenaton, el faraón más despreciado por la historia del antiguo Egipto entre sus contemporáneos.

 

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