Breve tratado sobre los celos

«Los celos son resultado más del amor propio que del verdadero amor.»

Francois de la Rochefoucauld

 

Los celos humanos son una de esas cosas que no mueren con las generaciones que se levantan y desaparecen, pues logró infiltrarse históricamente en el corazón del hombre, igual que el sodomismo navegó en el arca de Noé dentro del cuerpo de Cam.

Desde el inicio de la humanidad hasta hoy, esta desvirtud han sido el Atila, si acaso no el Gengis Kan que ha azotado al ser humano. Es el dios egoísta que habita en un cuerpo físico;  el pantocrátor de la imaginación humana que obnubila la mente de las personas para llevarlos a cometer actos execrables.

Celos que carecen de virtud correctora y que como el antiguo cuento de Bocaccio, “Tofano y Ghita”, es imposible que cambien para bien a las personas o de un fruto constructivo. Porque los celos, desde la antigüedad (y quizás hoy) ha sido un asunto de esquizofrenia.

Los hombres usaban del castigo, el encierro, la represión hacia las mujeres, justificando su violencia hacia ellas (quizá por las enseñanzas de las escuelas rabínicas, o la filosofía femenina de Rousseau),  alegando que eran el género débil y las culpables de la caída de la humanidad. Cuántas mujeres perecieron en la historia a manos de verdugos celosos, y cuántos hombres cayeron también en la ira destructora de las mujeres que llenas de un ardor interno por los celos convirtieron su amor en odio.

Indudablemente, el gusano en la manzana del amor es la celotipia.

Es el germen que arruinó muchos proyectos románticos. No solo el de Romeo y Julieta, o el de Eloísa y Abelardo, o el de Medea y Jasón, sino muchos y en la actualidad continua su empresa porque los celos habitan en cualquier cuerpo y carecen de edad. Y esta tara espiritual del hombre, la del delirio ciego, azaroso, acusador y concupiscente, no es un asunto del alma como se creía, sino que está ligado a un tema puramente sexual, más que sentimental.

Su manifestación en las personas fue y es, producto de la imaginación ligada a las secreciones y a los propios genitales.  Es dudoso que exista otro génesis serio sobre los celos. Cuando alguien se imaginaba que la mujer (o el hombre) que amaba se entregaba a otro, no solamente se entristecía por resultar reprimido su propio apetito, sino que también aborrecería a esa mujer porque se veía obligado a unir la imagen de la cosa amada (mujer) a las partes pudendas (genitales) y excreciones (secreciones) del otro.

Sería precoz afirmar que tal preposición es de corte freudiana, porque los celos tienen su raíz en algo que se posee (carga seminal o una líbido reprimida), es decir, nacen de la constitución fisiológica del hombre y de la imaginación de evacuar y no de reprimir.

Afirmación que corre el riesgo de violentar la tela de las emociones humanas, no sin dañar algunas imágenes que se tenían preconcebidas sobre el tema, como por ejemplo que los celos eran solo sentido de propiedad, fidelidad o deseo natural de no perder la persona que se amaba. Incluso la popular frase de San Agustín: “Quien no tiene celos no está enamorado” muere ante la aseveración de un génesis sexual de la celosía.

Siglos y generaciones enteras pasaron por alto que los celos son un tema hormonal. Que de la sexualidad nacen las actitudes más variopintas, desde el razonamiento más sensual, hasta las actitudes más enfermas como los odios y sus derivados.

Y ante esto, cabe preguntar ¿cómo es posible que esa violenta y enfermiza pasión llamada “celos”, pueda llevar a las personas a sufrir trastornos depresivos, a crear imágenes  mentales de las más risibles e incluso a usar la violencia para defender lo que se ama apasionadamente?

Realmente hay que comenzar por el principio de que cuánto mayor imagina alguien el amor que la cosa amada experimenta hacia él, tanto más se alegrará, y de esta manera se esforzará cuanto pueda en imaginar que la cosa amada está unida a él.  Deseo o apetito que no se ve perturbado en lo más mínimo, porque el sentirse amado por la otra persona, lo reprime, condiciona y lo exime de toda tristeza.

Pero la excitación de los ánimos, del apetito o de esa plenitud se ve caldeada, cuando “otro” se vuelve el objeto, del objeto amado. Es decir, cuando otra persona interfiere entre una relación que se imagina, es una, en toda la extensión del amor.

Desde este acto de imaginar, surgen los celos en su manifestación primaria más común: el odio hacia la cosa amada. Baruch Spinoza no pudo haberlo escrito mejor que en su preposición XXXV del libro III de su Ética:

Si alguien imagina que la cosa amada se une a otro con el mismo vínculo de amistad, o con uno más estrecho, que aquel por el que él solo la poseía, será afectado de odio hacia la cosa amada, y envidiará a ese otro[1]”.

El filósofo desvela un mecanismo humano universal tan confuso, afirmando que el odio y la envidia son las consecuencias de la celotipia, y la tristeza, la desesperación y la amargura son los síntomas más corrientes.

El espíritu mueve su engranaje y las químicas hormonales agitan las pasiones, cuando se enciende la maquina imaginativa de que la persona que uno ama se acuesta con quien uno piensa, por lo general a quien odia o envidia.

Ahora, alguien podría objetar que estoy yéndome al límite del asunto, pues quien ama, siente celos, sin que medie entre ello el sexo. Pero en realidad, los celos son: una furia, una fiebre perpetua llena de desconfianza, de temor y tristeza, un martirio, un monstruo que se burla de nosotros, y que su raíz fundamental es que una persona se ve privada de los favores que le puede prodigar el otro, y que al verse imposibilitado, usa la violencia para destruir no solo el objeto de su amor, sino quien perturba su necesidad de estar bien.

Y si los celos son envidia y odio, basados en una suplantación sexual, la pregunta que cabe es  ¿Cómo es posible que del amor nazca el odio?, y ¿por qué parejas que juraron amarse, se destruyen y desaparecen de un momento a otro? La razón nos la puede vislumbrar un pequeño tratado sobre la naturaleza humana escrito por François Jullien cuando dice:

Porque, aunque no sea «yo» quien del amor pasa «enseguida» al odio o a la indiferencia, ¿no se puede decir que cuanto más lleno esté de intensidad, hasta llegar casi a lo imposible, más el mismo amor está cerca de invertirse? más cerca está de convertirse en literalmente «catastrófico». Por otra parte, no se trata entonces de «odio» como sentimiento contrario, en el sentido afectivo y psicológico, sino del mismo amor que báscula hacia su negativo. Sabemos que un amante puede matar al otro, y no por un ataque de cólera o por delirio, como se pretende anecdóticamente, sino de manera lógica[2]”.

Así entonces, el odio no existe como una actitud diferente al amor, sino que es el mismo amor, experimentado de forma invertida, porque con la misma intensidad con que se ama, se odia, y con las razones que se declara los más bellos sentimientos, se justifica la destrucción total del ser amado.

Es tristemente sabido, el incremento de los índices de violencia feminicida y homicida en Latinoamérica, de  cómo hombres o mujeres asesinan a sus parejas, para luego surgir una especie de arrepentimiento tardío que incita a reflexionar sobre el porqué de tal acto violento. Reflexión ulterior que hace pensar sobre si acaso los celos no son un vapor mental que “embota” a las personas, para llevarlos a cometer actos salvajes de una forma ciega.

El sexo que debería ser motivo de amor, unidad y belleza,  llevado al plano imaginativo y egoísta se convierte en amargos sentimientos de celos. He aquí la complejidad de los sentimientos humanos, por un lado beneficiosos, por el otro oscuros e indescifrables. Está desestimado entonces lo que creían los astrólogos de que los nacidos bajo el signo Tauro o Venus, eran más propicios a los celos. O los que tenían cejas pobladas. O las pelirrojas de ojos negros y voz aguda. Si existe el hombre, la sexualidad, la imaginación, el amor, entonces existirán los celos. Pero como dijo un hombre:

El amor nunca deja de ser”.

 


[1] Spinoza, Baruch. Ética demostrada según el orden geométrico. Editorial Nacional. Madrid. 1980. Pag: 150

[2] Jullien, François. Las Transformaciones Silenciosas. Ediciones Bellaterra. Barcelona. 2010. Pág. 60.

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