Bélgica

“Eran sonidos nocturnos.
Ninguna musa los anunciaba.
La noche de la que venían era la misma que precede a todo alumbramiento verdadero”

Walter Benjamín


 

Tuve un sueño cuando estaba en mi oficina. El jefe estaba ocupado y aproveché para descansar un momento. Toda esa responsabilidad concreta de mi trabajo desaparecía en un buen descanso inmerecido. Fue en un solo momento que concebí un sueño precoz, aunque recuerdo todo como si fuera una buena película, pero abstracta, porque en los sueños no hay ningún guion. O al menos no sé cuándo empieza un sueño y cuando termina, siempre todo queda inconcluso. Toda la vida privada se concreta allí, todo lo anhelado, lo que se reprime, lo que se desea de manera impotente. Todo se muestra en escenas, sin ningún hilo conductor, igual que esa nueva forma de narrar que aprendieron los discípulos de Tom Wolfe: todo puesto, pero no conectado textualmente.

Soñé, mientras retenía tiempo ajeno, que comía salchichas de Frankfurt (me dí cuenta que eran de Frankfurt, porque en uno de los artículos que llegó de una agencia extranjera hablaba de tal lugar), pero no venían acompañadas de chucrut, cosa que me disgustó. Al comerla sentí un sabor aceitoso, como si estuvieran enlatadas desde la segunda guerra mundial. El que me entregó las salchichas era un joven alto y rubio. Él me las pasó junto con una pequeña tarjeta de tres por cinco que ignoré completamente. Pero al leerla rechinó en mis ojos la pregunta: “¿qué buscas aquí?”. Dejé caer el embutido al suelo y al golpe seco de la lata, desperté.

No supe qué pensar. Al menos no creo que esta imagen estuviera relacionada con ninguna teoría sexual. Solo coincidía en que mi sueño se encuadraba en un escenario alemán. También por el artículo sobre Frankfurt que nos envió la agencia europea, me di cuenta de que este es un lugar dentro de Alemania, donde sus habitantes ya no quieren vivir y del que huyen cuando tienen la oportunidad. A España específicamente: allí es donde huyen. Alicante está llena de emigrantes germanos. El castellano es escaso en esta parte de España. Así que interpreté este sueño precoz como una especie de invitación a salir del país de la conciencia. Aunque esto ha sido desde la primera noche mi deseo más profundo: salir o librarme de la dependencia de lo que llamo “caja negra” o sea, la conciencia; esa que guarda todo y te lo recuerda siempre por medio de un sueño, un pensamiento, una nota musical, un prisma, un sonido. Traduje esto como una necesidad de vacaciones.

Tomé el teléfono para timbrarle al jefe. Estaba en una reunión de negocios con un grupo de nuevos accionistas. Pero no me importó. Es un hombre difícil, pero lo que le iba a pedir era sencillo: una temporada corta y discontinua, esencialmente ilimitada, o sea unas vacaciones medianas. Aunque a la verdad aquí nadie debería mandar, somos un grupo reducido. Nos conocemos todos, tenemos lazos de reciprocidad que nos vinculan. Si no trabajáramos hombro a hombro, ¿cómo informaríamos este país? Pero quien paga es el jefe, buenos los socios, bueno los clientes. Bah, qué más da. “pedir permiso, pedir permiso” bla, bla, bla. Como si ser rico y poderoso incluyera el principio de ser amado y admirado por el solo hecho de tener un puesto. Los jefes desean el amor de sus súbditos, y a menudo lo reciben traducido en el trabajo que se nos demanda. Como si que el que sentara más alto no lo hiciera sobre su propio culo. “Pedir permiso” bueno, qué más da. Creo que la sociedad moderna, no se ha podido librar de esa primitiva idea de la necesidad de un jefe para dirigir el clan. Estamos acostumbrados a ello, no podemos prescindir sin líderes, patrones o jefes. Incluso si llegasen a faltar, funcionaríamos como si tuviéramos uno que nos mira y espera de nosotros algún hecho. Es tan cierto esto que leí, creo que lo aprendí de Rousseau.

Cuando me contestó el teléfono y escuchó mi petición, se rió. Encontraba muy romántico mi deseo. Cuando justifique mis vacaciones con un corto viaje, me hizo ir a su oficina, para recomendarme leer un libro del Vizconde de Vogue, o comprar revistas de National Geographic para viajar sin necesidad de moverme del trabajo. Parecía que no entendía mi caso. Al ver mi profunda obstinación en seguir en la idea, y en la también profunda seriedad, negoció conmigo: “necesito que me haga un favor. Bueno, un trabajo para la empresa.” Quedé pensativo, pues todo funcionaba como reloj suizo en este lugar.

 
– “¿De qué se trata?”


– “Verá, Bélgica no vino el día de hoy, así que necesito que elabore la nota judicial para mañana”.


– “Grandioso”

Fui sarcástico, pero terminé aceptando el trato con la condición del permiso para dos semanas libres.  Llevé el texto a casa. De nuevo en mi hogar, me encontré con otra pesadilla. Prendí la televisión, ese psicólogo moderno, para no sentirme solo; y en el noticiario había una mujer que decía se iba a suicidar. Nadie le creía. Pero las cámaras estaban ahí enfocándola desde varias ángulos. “¿Cómo es posible hacer esto en tiempo real, no se supone que hay una vida en riesgo?” Una toma indiscreta dejó ver en la parte inferior del edificio otro grupo de camarógrafos, que grababan verticalmente. Daba la impresión que estaban allí por si la mujer decidía saltar, para lograr filmar un suicidio en vivo. Me repugnó. Yo me agarraba de los cojines de asiento, tomé uno de ellos y lo destripé de nervios. Apagué el televisor. Me volvió el alma al cuerpo.

Desplegué el manojo de hojas y empecé a leer. Me causaba repugnancia llevar trabajo a casa. Nunca lo hacía. Mis noches traían bastante bagaje visual, textual, sonoro. Pero está vez, todo por una buena causa: las vacaciones. Pensaba en esa chica Bélgica, no quería imaginarme nada malo sobre su paradero. Ella nunca faltaba al trabajo. Pero bueno, quien no hubiese deseado no ir al trabajo un día: todos. En la escuela nos habían enseñado que el trabajo era el castigo para las personas. Adán vivía en un gran paraíso. El castigo por su desobediencia o lo que fuese que hubiese sido, fue labrar la tierra. Tenía lógica el asunto. Pero después nos enseñaban que sin trabajo forzoso, Grecia no hubiese sido la cuna del pensamiento universal, Egipto, el nacimiento de una cultura ociosa y Roma el modelo de una democracia extraña.

Esa noche me volví el criminólogo del texto. Las noticias de crímenes me parecían una antinomia por las palabras que se usaban para retratar estas escenas lastimeras. Pobre lenguaje, tener que describir la miseria humana. Leí despacio, encontré errores ortográficos. Me pregunté si acaso esto no significaba un problema en el alma de Bélgica. No dejaba de pensar en ello. Me bloqueé, no entendía la estructura de un texto que hablaba sobre un asesino de niños. Quién era el asesino ¿él o sus recuerdos? No estaba del todo claro. Parecía que Bélgica usaba la imaginación como recurso narrativo. Lo peor era que, este texto se publicaba mañana.

Exactamente a las 5:00 a.m. debía estar en la oficina con el archivo listo en la parrilla de publicación. Eran las 11:49 p.m., empezaba a mirar nublado. Telefoneé a Bélgica pero la llamada se iba a buzón de voz. Insistí, hasta que desistí de hacerlo. “Grandioso, hasta estoy seguro de que ya se dio cuenta que estoy muy ocupado”. Ya eran las 12:00 a.m. y no había señal de querer contestarme el teléfono. A la 1:35 a.m. terminé la nota judicial que cerré con la frase, que Bélgica misma había anotado al margen: “Garavito, al asesinar a los niños, les amarraba las manos, lloraba. Un niño de los que sobrevivió, dijo, que llamaba a su padre.” Eso me pareció un estilo muy propio de ella, la prosa personal con la que tocaba las fibras humanas. Los lectores de su sección no encontrarían la diferencia textual. Aunque siempre quise escribir así.

Por un momento me entró una emoción de que Bélgica viera el texto terminado. Corregir necesita estilo, y eso es como si lucieras un frac para que lo halagaran. Quería que ella le echará al menos una mirada. Después de todo, la vida sigue teniendo verdaderos elementos de melodrama, sobre todo la vida de los demás. Además quería preguntarle si al dedicarse a este empleo, encontraba una cierta forma de verdad o liberación, fuese alegoría o real. Sonaba muy psicológico, pero eran preguntas que me embargaban. Pero eso hubiese sido hurgar en su pasado y echar sal en ella. Bastante tenía con la historia del “fornice” de sus padres.

En la mañana el jefe me estaba esperando en su oficina a las 5:00 a.m. como me lo pidió. Tenía en sus manos un par de hojas. Pensé que era más trabajo, pero no. Me pasó el fajo y me sugirió leer. También pensé en el permiso de vacaciones. Pero no. Accedí a echarle una doble mirada al documento. Después de leer me quedé pasmado. “¿Entiende de que se trata?”, me preguntó el jefe con un tono de voz que jamás le había escuchado, pues era un hombre templado de carácter.

– “Creo que sí”.


– “Entonces llévelo inmediatamente a la sala de publicaciones. Esa era su voluntad”.

Estaba frío. El martes la había visto tan firme en sus pensamientos y en sus razones para vivir. Ya había asimilado esa frase que nos había enseñado la otra vez. Ahora entendía que un acto de suicidio se prepara en el silencio del corazón, lo mismo que una buen obra narrativa. Mis noches de inquisición tenía este mismo silencio. Por eso me consternó el suicidio de Bélgica. Lo peor fue delante de todas esas cámaras filmadoras, incluidas las que estaban en la parte baja del edificio.

5 comentarios sobre “Bélgica

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    1. Saludos Tania!
      Que grato saber que le gustó el Post. Veo que también te gusta Hemingway. Tengo un par de entradas sobre él en mi blog.
      He pasado por el vecindario de tú WordPress y me he quedado fascinado. Alemania es uno de los países que más me llama la atención.
      Bonita las experiencias que relatas, y tu biografía ni se diga, sencillamente motivadora.
      Le sigo en el blog y el el Twitter.
      Un abrazo del tamaño de América hasta Germania.
      Bye.

      Me gusta

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