La boca de Venus

“Porque no quiero más el dulce amargo del orgasmo”

Luis Carlos Grajales Ruiz


Tengo la certeza que la novela El cabalgador (2002) de Carlos Ariel González Mejía fue inspirada por la máxima erótica de Miguel Álvarez de los Ríos: «El mundo es pingo y pinga lo demás es paja». Frase que el ya fallecido periodista parafraseó de otra: «¡La vida! ¡La vida! Erecciones.» del novelista Gustav Flaubert. Influencias que no son extrañas, pues grandes libros han surgido de pequeños estímulos (obras enteras son producto de los aforismos de Lichtenberg o de Montaigne) y fue Nietzsche el que también afirmó «Bendito sea lo que endurece», no sabemos si refiriéndose al miembro viril o a su filosofía fálica del Übermensch.

Como sea, esta elucubración literaria intitulada El cabalgador, de 215 páginas, fue redactada en la cárcel La 40 de Pereira cuando el autor pagaba, tentativamente, nueve años de condena por supuesto tráfico de drogas. Esto último, claro está, es irrelevante, pues todos estamos condenados a existir, lo significativo fue la recepción que tuvo la obra de Carlos Ariel González Mejía ante la Crítica, en especial, el destajo del bisturí implacable del profesor César Valencia Solanilla en su libro De la periferia al centro, donde afirma que «esta novela (El cabalgador) aborda… Una sexualidad abierta, pero ramplona», que «intenta ser erótica, pero deriva fácilmente en lo banal» con «clichés de cine pornográfico» y según el docente tiene una «tendencia inspirada… en Hernán Hoyos». 

Juicios que tienen tres cuartas partes de verdad, pero que no constituyen la última palabra, pues una crítica nunca es una crítica cerrada, y el milagro es que el autor haya seguido escribiendo luego de semejante cirugía académica que dejó en coma su obra prima. Aunque a modo de dato, después de esta experiencia comatosa, Carlos Ariel González escribió otro libro titulado “Entre la Luz y las Tinieblas”, que, por la portada tan sugestiva, ya se puede intuir como una lucha maniquea entre el bien y el mal, entre el ángel del consciente y el demonio del subconsciente, o en otras palabras, Jesucristo contra Freud, o las drogas versus la sobriedad.

Pero avancemos más allá de Solanilla y su visión Kitsch del libro, porque El Cabalgador es una novela de pocos escenarios, de composición rápida, sin tensión narrativa, lineal de cabo a rabo, con personajes más bien planos, cruzada por un protagonista llamado Marco, un yupi dueño de una inmobiliaria, aficionado a las motos Harley-Davidson, que un día conoce a una joven llamada Venus, de donde parte una historia de amor, pasión y encoñamiento freudiano. Encoñamiento, palabra en desuso semántico, pero no carnal, de la cual Miguel Álvarez de los Ríos, afirmó en el prólogo de la misma obra, es una maldición gitana que deja suspendido al amante en el tiempo, en el limbo de confundir el amor con la epilepsia o pequeña eternidad, como se llama arcanamente al orgasmo sexual.

Y esto es lo que sucede, la belleza de Venus envuelve al protagonista (ella baila y lo seduce como una Salomé), y por ello este hombre está constantemente acechado por dos fantasmas: el del sexo, y el de la rigidez social. El primero puede figurarse en un súcubo mental que lo visita y lo lleva a poluciones nocturnas producto de imaginarse a su futura Venus entre su abdomen y su pelvis: «Esto ocasionó que casi todas las noches, cuando se acostaba y apagaba la luz disponiéndose a dormir, su mente se llenara de imágenes lúbricas con Venus, y su “portentosa criatura” tomara una posición de Apolo mirando directamente hacia el techo, con una carga de combustible como para llegar a Plutón. Con habilidad innata, Marco lo cogía de su largo cuello y, advirtiéndole eufóricamente, le decía: ‘Te voy a ahorcar en nombre de mi diosa Venus’ porque sé que algún día ella lo estará haciendo por mí.» Y posterior a esta descarga seminal, antes del sueño, el personaje siente un arrepentimiento ardoroso por su onanismo.

A partir de este problema mental (de lo que quiere, pero no tiene, lo que desea, pero que se le escapa) es que surge una curiosa figura llamada Prudencio, apodado El Pulpo, un amigo imaginario que bien podría ser el diablo, un genio, o una extraña voz esquizofrénica, y con la que Marco insiste en conversar sobre temas puntuales: de su sexualidad, de Venus, de su malestar interno, y de la abocada decisión de casarse o no, con la mujer que promete ser un cielo, o quizá un infierno (eso está en veremos).

Prudencio, que siempre está presto a conversar, y es aplomado en esencia, ve claramente que son las pasiones de Marco las que lo envuelven y lo enceguecen contra todo pronóstico, y por eso Marco decide acallar su conciencia (a Prudencio), porque insiste en pensar con el prepucio, con la testosterona caliente, y no con las razones que mesuran su deseo y que buscan evitarle una tragedia mayor.

Así es que Marco no oye a Prudencio, que es más sabio que su ego, y quien le explica que la realidad del placer es ambivalente, pues deja salir el carácter tibio, dulce, íntimo de los cuerpos, pero también incuba el germen de violencia, del grito y los celos desbocados. Y esta es la grieta por donde se avizora el abismo, y por donde el protagonista corre como un conejo hacia el despeñadero.

Tragedia anunciada, cuya felación de Venus, que para sorpresa del lector tiene tan solo 16 años, lo obnubila totalmente: «No se dio cuenta cuánto tiempo había dormido, cuando sintió como una suave mano se deslizaba por debajo de la cobija y sus dedos contactaban su piel de una manera tan especial que a través de unas pequeñas descargas eléctricas despertaron su erotismo… Metió su cabeza (Venus) por debajo de la cobija, y con la parte más delicada con la que se puede tocar a otra persona (boca), fue lamiendo desde al abdomen… en ese instante abrió los ojos y vio cómo la exótica  Venus levantó su mirada hacia él y acompañada de una leve y pícara sonrisa se lo tragó, degustándolo como el más exquisito y provocativo manjar» y así otras líneas de disfrute sexual, demasiado explicitas para la época de publicación del libro.

El otro fantasma que acecha a Marco, y del cual no puede escapar, pues constituye la piedra del escándalo, es su decisión de casarse con la pequeña Venus obedeciendo la costumbre familiar. ¿Por qué y para qué casarse? ¿Qué sabe del matrimonio? Se sobreentiende, en la novela, que Marco al contraer nupcias tan prematuramente desea expropiar el placer que puede prodigar Venus a otros hombres, sustrayéndola del dominio de las conquistas. Lo cual es un síntoma oscuro de celotipia, ya que esta unión, como se dijo, producto del encoñamiento, es una terquedad monogámica, a pesar de las premoniciones y señales que le sugiere el destino para que se pregunte si esta decisión es provechosa, o no, para alcanzar su felicidad.

Por ende, Marco para estar seguro, visita un brujo (un viejo amigo harlista lanzado a clarividente) para consultarle sobre su próxima decisión, y este le augura malos vientos: «Marco, me preocupa mucho lo que estoy viendo: un camino nublado que llega a un precipicio oscuro y profundo. La pasión te tiene tan enceguecido que no te das cuenta de que lo que existe es un gran deseo de manipulación que te está llevando por este sendero y que derrumbará tu vida en todo sentido».  Incluso, Prudencio, ese deux ex machina, lo reconviene directamente, pensando que el deber de amar de Marcos, es el camino más seguro para llegar a odiar a Venus: «Al casarte estás retando todas las leyes socioculturales establecidas para que un matrimonio funcione» Pero nada de esto constituye una barrera para el espíritu de Marco, ya dominada por el olor de las feromonas de Venus y ovacionado por una belleza fugaz.

Las señales vaticinadas no demoran en manifestarse: una llanta de su moto explota, lo intentan atracar dos jóvenes, un espejo se parte en pedazos mientras se baña, su moto Harley se descompone misteriosamente, los velones en el atar se apagan de repente, la novia casi muere cuando el velo de su vestido se enreda en el rin trasero de la motocicleta, su finca de descanso es atracada y otros signos más, que Marco insiste en no ver. Así, para contrarrestar esto, y empecinado en casarse contra viento y marea, se arma de elementos contundentes para cambiar este panorama: una herradura detrás de su puerta, armas de corto calibre (una 38 para él y una Walter 22 para Venus), radioteléfonos y otras herramientas más que no lograran defenderlo contra el aguijón que le prepara el gusano de la vida misma.

Pero esto son solo previsiones para un comienzo del fin. Lo demás es el cumplimiento irremediable del destino, donde al autor queda abrumado en la melancolía y la ruina, pues ese deseo, que nunca vio venir, siempre fue un instinto de autodestrucción camuflado. Por eso, tan misterioso como el inicio del libro, el final es una forma de felicidad invertida, ya que el protagonista no posee a Venus para amarla, sino que la violenta para destruirla: «Haciendo un último esfuerzo, presionó lo más fuerte que pudo su pelvis contra la de ella (de Venus) y acabó diciendo: AMOOOOOOOOOOoooooZZZZZZZZZZ…» Y el colofón, que es extremadamente poético, nos arroja una pista sobre qué sigue luego de esta exclamación final: «El viento sopla fuerte sobre los árboles del cafetal; señal de que el invierno pronto aparecerá. Ahora Marco está solo, pero tranquilo. Dios le ha mostrado la fuerza del verdadero amor».

Finalmente, el desacierto del docente Solanilla, en la vegetación de sus notas, de que «se trata de una obra banal, sin ninguna trascendencia… y una novela donde el sexo es mecánico, las escenas eróticas estereotipadas, y la imagen de la mujer, arquetipo de la buscona, la Lolita que es utilitaria y vacía» no entierra la importancia de este libro, antes bien, lo enjuicia sin elementos críticos importantes, ya que su aporte no logra establecer una conexión entre el lector y la obra.  Por lo demás, El cabalgador tiene lo suyo, es decir, hay una obra estética definida que podría titularse, la anatomía de una infidelidad, y así, más allá de esto, leer a Carlos Ariel González no solo es leerlo a él, sino aprender a leer la ciudad en sus complejidades y relaciones humanas.

2 comentarios sobre “La boca de Venus

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  1. Diego. Sin leerla y por tus apreciaciones intuyo una novela construida desde el contacto con la realidad cruda y complicada, donde la sexualidad y la sensualidad se nombran con esas palabras que llaman ramplonas, que tienen la propiedad, como el lunfardo o las chingonerías mexicanas, de nombrar con el lenguaje de la calle lo que desde la academia no se percibe, ese pensamiento y emocionalidad que es propia de las realidades duras, en esa vida urbana trastornada. El académico que menosprecia el contacto con esta realidad está perdido.

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    1. Don Guille

      Gracias por el comentario. En efecto, estoy firmemente convencido de que se puede sopesar una obra leyéndola desde diferentes ángulos. En este caso, «El cabalgador» tiene otras formas de acercamiento y como digo, una buena crítica no realza una mala obra, ni una mala crítica tumba un buen texto. Todo queda al dictamen del lector, juicioso.

      Saludos.

      Me gusta

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