Carmen, Lais e Intelligentsia

“Si lo veis, lo oís. Si lo oís, lo veis”

Montaigne


He aprendido del gran Voltaire que los hombres melancólicos albergan dudas sobre la inmortalidad y temen a la muerte, aunque conservan una extraña convicción sobre la poesía. Es algo lógico. El hombre solitario y pensador quiere huir, igual que las plantas, hacia la luz, pero las palabras que deberían liberarlo, lo atan, lo sujetan al pesado núcleo de la materia, al centro de los centros. De ahí que hacer poemas sea desanudar la existencia, comprenderla, atrapar la vida como un pequeño fuego fatuo entre las manos. Así que no es místico decir que de las múltiples facetas del hombre, este cultive la poesía como una superstición y crea hallar en ella algún tipo de salvación para condensar la eternidad, el amor, la desidia, el destino, todo, en un verso.

Verso, claro está, como forma literaria que teje y desteje, como Penélope, la existencia, ya que no hay eternidad, ni amor, ni desidia, que no pueda sujetarse a un ritmo, a una cadencia, a una medida determinada llamada en conjunto poema. Y ahí es donde reside, precisamente, la magia que emana de las palabras, de los signos cazados como mariposas, que juntas, estampadas o decantadas, son un poema. Así que más allá del contenido, la música o la estructura, un verso siempre será una confesión, o quizá, una toma de posición frente a la vida. Y esto no significa dejar la contemplación o rehuir de las musas para rendirle culto a la acción heroica, sino que, en sí, todo poema es una negación sobria sobre sí mismo, una auscultación personal.

Un bello error [la negación sobria] que pasa de generación, tal como lo creía Píndaro, Milton, Barba Jacobs, y el poeta Yĕhudah Ha-Levi, en especial cuando este último dice: «Mi corazón, está en Oriente, y yo en los confines de Occidente». Demostrando con esto que podemos estar en un lugar negado (real), pero otro aceptado (idealizado) figurando el verdadero viaje de Odiseo. Aunque por supuesto, estos personajes no son nombres aislados, pues todo eternauta del espíritu es un aventurero del mar de las imágenes, y todo poeta es prototipo de otros poetas, y así ha de suceder en toda alma melancólica y en todo aquel que crea en la radiación de las palabras.

Esto es así y por eso se espera indulgencia de los lectores, pues ante una lectura pausada y meditada de todo poema, hay que saber sentir la atmósfera que rodea esa creación, la forma de arte que provoca reacciones disímiles, la música que tintinea en el espíritu. Solo así se logra una especie de elevación sobre la pesadez del mundo, sobre el eterno y efímero instante que se escapa como agua entre las manos. Sobre estos estímulos, es que hay que ser un eternauta y un poeta (¿No dijo Wittgenstein que hay que tener algo de judío para saber apreciar la música?) para leer «Rituales» (1992) el poemario de juventud del cronista Gustavo Colorado Grisales, que contienen, a mi parecer y a mi oído de piedra, tres tipos de versos peculiares.

Me refiero a los Lais, los Carmen, y los poemas de Intelligentsia. Esta tríada de formas poéticas [que descubro] en la obra de este autor y que corrobora el misterio estético de la literatura de hallar poder en la poesía que duerme, es decir, el descubrir que las palabras versificadas no son solo pequeñas dosis de vibraciones del alma, sino que también son magia y música; misterio y arcano. Porque la belleza, la verdadera belleza, tal como la entendían los medievales, está en la retina del espectador, porque sin Lux [iluminación] no hay Lumen [flujo luminoso emitido por una fuente]. La poesía de profundidad tiene esa facultad.

Por eso es que bien dijo Milton que un poeta debe ser un poema, como sugiriendo que este debía ser una «composición y arquetipo de las cosas [mejores]» y estoy de acuerdo con esa sentencia, a pesar de que Milton haya tratado temas tan cosmogónicos, tan alejados de la tierra y el tacto, tan yo-aquí-ahora y no tan yo-aquí-ahora-como-entre estos hombres con pasado. Como sea, de golpe pisamos suelo con «Rituales» (1992), una obra tan alejada en tiempo y espacio (ya tiene tres décadas), pero que sigue brillando como una estrella tras el vestido del día o ante el lienzo de la noche, porque estos tres tipos de versos pueden ser encantamientos o canciones finales que tratan temas como los ritos, el amor y el desamor, y otros más que tienen un carácter universal y literario, pues en ellos se siente a Lowry, a Cioran, A Lovecraft, Van Gogh, Paganini, Borges y otros.

Pero Pianopiano, si va lontano, así que vayamos a los poemas menudos, resaltando el arte de las imágenes que coronan las tres estaciones de este poemario, y que la editorial El Arca Perdida ha tenido en bien su diseño: [Rituales], señalado con una hoja ardiendo en el fuego sagrado de Prometeo; [Poemas de amor y desamor], encabezado por una fémina nívea que recibe un baño de éter con un río entre su cabellera; [Poemas finales] figurado con un cuarto geométrico que muestra la paradoja de la gota ¿Una lágrima es ovalada o redonda? Adelante.


Carmen

RITUAL PARTE III

Palabra que te habita,

Que te surca,

Que se hace carne

Y que te revelará acaso

Algún nuevo y remoto paisaje

Como las entrañas

Del ave sagrada

A los ojos del viejo adivino


Lais

RAZÓN DE AMOR

Prometeo tal vez

Solo quería dar

A su amada

Una rosa de fuego

Y el dios de la ira

Había prometido

A un ave sangrienta

Un nido perpetuo

En las entrañas

De un guerrero.


Intelligentsia

BORGES O LA CONFABULACIÓN DE LOS ESPEJOS

Irremediablemente convenido de que

Como el ajedrez

No hay en la vida dos movimientos

Para una jugada posible

Te aventuras en un mapa

De laberintos paralelos

Hasta encontrar

Reflejada por un espejo

Escondido en algún pasadizo

La sombra de lo que ayer fuiste.

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