La isla de Jack

«I wende rain an the rain stop«

Hazel Robinson Abrahams


Arribamos al archipiélago de San Andrés con una turbulencia del demonio. El clima no da señal ni de bochorno ni de humedad. Llueve a cántaros y para hacer juego, parece que una mano invisible zarandea el aire dejando un silbido en el ambiente. A Maesa el momento le resulta tétrico, pues esperaba un ambiente más benevolente. Me mira decepcionada y con la mano en el pecho siente latir a mil por segundo el corazón porque las llantas del avión patinan sobre la pista. Mantengo la calma para darle seguridad, pero a nuestro lado van un par de señoras que se santiguan, y en el otro pasillo un señor de bigote espeso mira la hora como para dejar constancia del hecho.

Todo sucede muy rápido. Luego el aparato se detiene y deja de bramar como un animal. Una compuerta se abre y dos muchachas de ébano nos reciben con una amplia sonrisa y nos pasan sombrillas azules para cada uno. Descendemos en fila india, como en caravana de hormigas, hasta llegar al paso aduanero. Allí cuatro policías custodian el acceso al casco urbano. Debemos poner las maletas en una máquina de rayos X donde el oficial encargado de mirar el interior de los equipajes, parece ocupado escribiendo poemas u organizando cuentas en un cuaderno grande a rayas. El otro policía que tiene un detector de metal entre las manos, y que requisa para pescar armas o drogas, ni se inmuta, y para cuando tomamos el equipaje, ha desaparecido del lugar. Pasamos de largo.

Afuera del aeropuerto nos recibe un monumento compuesto por un barco encallado, un pergamino de tres metros y un viejo cofre pirata con monedas de oro. Una leyenda tallada en esa escultura de cemento nos pega en los ojos: «Welcome. You are in raizal ancestral territory». No es creole, es inglés puro. Releo hasta que aparecen de la nada una fila de taxis color negro ofreciendo sus servicios. Veo un chofer bien vestido que sostiene un cartel con un nombre. «Reina Moreno», «Reina Moreno» vocifera. Conversa en creole con un compañero y continúa: «Reina Moreno», «Reina Moreno». La escena se interrumpe cuando una voz con acento caribeño nos pregunta hacia dónde vamos. Le damos la dirección, la calle y la carrera y con enfado dice: «Esas referencias no se manejan aquí… solo nombres, solo nombres». Consulta con otro colega de oficio, y este le asegura que la ruta es por la tercera peatonal, por donde don Chipy. Subimos las maletas a la cajuela en medio del chaparrón.

El trayecto dura tan solo minutos y el conductor nos cobra veinte pesos la carrera. «Son solo cinco cuadras desde el terminal», dice Maesa, pero no hay como calmarla. El viejo auto frena en seco en la puerta ancha del hotel, y un hombre color ébano, de contextura delgada y con una ilustre cara de pirata corsario, nos recibe con agrado.

―«Bienvenidos a mi isla. A San Andrés.» Dice con voz melodiosa. «Les ofrezco, sal y sol… Welcom, welcom».

Maesa presiente que el hombre es un poeta. A mí no me parece. Creo, mejor, que es un descendiente de Tante Friday, una de las últimas mujeres libres de la isla. Esperamos un poco y el hombre nos da las instrucciones para cohabitar el hotel junto a otros turistas, y le cancelamos los días y las horas de nuestra estadía en el lugar. Descargamos el par de maletas y nos vamos directo a la cama. Traemos el cuerpo batido por el viaje, y el clima no da esperanzas hasta el momento de nada. El aire acondicionado hace su trabajo y el sueño nos vence.

***

Amanece lloviendo. Maesa está preocupada porque, dice, no es normal que en el Caribe llueva dos días de corrido. Piensa en un tornado. Habla de un maremoto. Se tumba en la cama, levanta los pies y empieza a chatear en el celular para distraerse. La veo serena. Enciendo la televisión y salen dos cantantes color ébano montados en dos caballos bermejos. Es un videoclip de reguetón isleño donde un dúo de artistas locales cantan en creole. Si el canal no tuviera volumen, podría pensar que es un video de salsa choke llanero. A Maesa le es indiferente la música, sigue entretenida en su aparato. Continúo haciendo zapeo y encuentro un programa llamado «Viva la familia». Es un espacio de valores y el presentador habla como un predicador bautista, con mucha sugestión y fuerza, y como si tuviera el holy ghost encima. El hombre va bien vestido, con un corte al rape, y traduce al creole el mismo discurso sobre la familia titulado: «Las normas de urbanidad no pasan de moda». No encuentro nada interesante ahí.

Sin embargo, esa fusión lingüística llamada creole no se me sale de la cabeza. Por momentos me recuerda el inglés popular de las calles de New York o el dialecto de los guetos de Kingstown. Al escucharlo tengo la sensación que puedo entenderlo, pues su escritura fonémica arroja pistas sobre su estructura oral. En el fondo esta forma de hablar es una mezcla del inglés del siglo XVI, la lengua africana y la jerga típica de los marineros errabundos. Sigo reflexionando sobre esto mientras llueve. Maesa no aguanta más el clima y decidimos ir al centro de la isla sin importar el chaparral con leves chubascos que caen a esa hora. Detallo dos brasileños discutiendo por un tema sentimental. Creen que nadie entiende lo que dicen en portugués, pero ella le arma un cuadro de celos. Presiento que la mujer tiene razón. Él la hace posar con unas palmeras de fondo, le toma un par de fotos, y soluciona el problema. Simple.

Gente va y viene ensimismados por la ribera del mar. El escenario es ideal para surfistas suicidas, escritores románticos, viudas en fase terminal: vendaval, olas, playa solitaria, perros dispersos, clima gris. No para de llover. Algo no está bien, opina Maesa, porque su teléfono le notifica que cae nieve en el Sumapaz. ¿El Sumapaz? Ella presiente que el clima, como el hombre, está loco. Mira de nuevo el celular y comprueba que los meses perfectos para venir a la isla son febrero y diciembre. Estamos en junio. No hay caso. Seguimos el camino. Maesa detalla que los perros no están bien cuidados en el archipiélago. Quizá comen pescado, dice, porque los ve con pelones negros y blancos por todo su cuero. Yo miro de reojo a uno de esos chuchos y uno de ellos me responde con una mirada de indiferencia: solo quiere dormir y que nadie lo moleste. Por eso no indispongo a nadie. Ni al perro ni a Maesa. Decidimos entrar a una tienda con estantes repletos de bebidas espirituosas. Las veo de todos los colores, sabores, tamaños y precios. Todo ese licor ahí junto me conducen al sura 42 del An-Nisa’, que prohíbe la oración a los borrachos e intoxicados. Aquí nadie ora, por supuesto, y ninguno parece estar drogado. En el fondo lo estarán, pero no se nota. La sal marina también pone los ojos rojos y el ánimo festivo.

***

En la isla, no sé por qué, los raizales se portan hostiles según la ocasión. Se enojan con facilidad. Hablan en creole entre ellos y en español con los demás. Dan la impresión de creer que los turistas son meros colonizadores, no los que vienen a gastar dinero indiscriminadamente, sin ton ni son. Aun así, se acercan con confianza y nos ofrecen toda clase de planes de diversión como ir a los cayos de Johnny Cay, Rocky Cay, el acuario, el barco fantasma, los manglares. Maesa desea subirse ya a una lancha bimotora para recorrer todos esos atractivos. No aguanta más. El agua que cae y el agua que se revuelve no parece detenerla. Le digo que espere, pero se impacienta y jura que vino a divertirse, no a ver el maldito clima, ni a recluirse en el maldito hotel de tres estrellas.

Le sugiero que demos un paseo por el centro mientras se calma la brisa, y el mar, que está embravecido. Acepta. Y mientras pasamos por calles laberínticas, noto que los muros tienen grafitis muy interesantes. Anoto un par de ellos: «Kriol es todo lo que sale de la voz, de las manos, del cuerpo de un personaje kriol». «Up Harry, up get up». «Lov yoh self, lov you aylant». «Orlando Luis, espada de Jehová». «My home, my rules». Nada de esto tiene sentido para nosotros. No somos raizales, pero se siente en el ambiente un raro chauvinismo, como si los isleños no se sintieran colombianos. Un malestar refrendado en otro grafiti que cita la ley 52 del 26 de octubre de 1912, que textualmente establecía (en su tiempo) un impuesto de un peso oro ($ 1) sobre cada millar de cocos que se exportaba de las islas y cayos del archipiélago.

Con ese edicto se logra entender una parte del malestar local, porque si algo aman los isleños son los cocos. Es la sangre blanca que bombea el corazón de los veintiséis kilómetros cuadrados de todo el archipiélago, y durante mucho tiempo fue la economía que reguló el gobierno y que atrajo a comerciantes como el capitán norteamericano Henry J, Bradley, quien fundó el primer banco en la isla llamado «Captin Bradley Money Chest». Claro, eso es historia, porque este producto ya no es la economía principal de la isla, ahora hay cangrejos, pargo rojo, pargo negro, comercio, licores, lociones, turismo, y los cocos han quedado reducidos a un coctel que llaman «Coco loco», donde el turista se toma el licor interior, queda loco y bota el coco.

Regresamos al hotel y sigue lloviendo. En las noticias se menciona la llegada de la tormenta tropical Bonnie, y Maesa entra en pánico. Su ánimo depende enteramente de los telediarios. A mí me es indiferente que haya un ciclón o un clima cuya piel necesite un bloqueador solar de cien. Rendidos, nos acostamos a dormir con una sábana limpia, el aire acondicionado encendido, y esperando que, al día siguiente, o salga un hermoso sol, o el aeropuerto esté abierto de par en par para irnos de la isla, porque Maesa puede ser otra tormenta tropical más fuerte, y sobre esa fuerza no hay poder que gane.

***

Hety And Zambo – Be Strong (Official Video)

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