¿Cuáles son los efectos del filósofo sobre los no filósofos?

“En el momento de la duda somos libres”

Julián Serna Arango


Un llamativo e interesante libro acaba de aparecer en Pereira escrito por el docente de la Escuela de Filosofía de la U.T.P, Alfredo Abad, y editado por el sello Casa de Asterión Ediciones, de Santa Rosa de Cabal: «Dispersiones y fugacidad. Al margen del substancialismo» (2022). Un título que contiene 45 reflexiones (o ensayos minúsculos) que, sin duda, dejan perplejo al lector, ya que su contenido incita a reflexionar sobre el que-hacer filosófico en pleno siglo XXI, y de donde surge, como efecto de la buena lectura, una serie de preguntas que azuzan el espíritu y la curiosidad, y que pueden plantearse, o al menos bordearse, en esta reseña.

Así entonces, desde las páginas de Dispersiones y fugacidad. Al margen del substancialismo, no es posible evitar preguntarle a la filosofía: ¿Cuál es su utilidad? ¿Para qué sirve? ¿Es un medio o es un fin? ¿Cuál es su posición hoy, en el mundo? Cuestiones, que, por supuesto, no son ni de índole personal, ni son nuevas frente a una disciplina que, desde el siglo de Pericles (un punto de partida), hasta el siglo del Metaverso, se ha sostenido en el tiempo; y que a partir de los estoicos, pasando por Friedrich Nietzsche, Jean François Revel, hasta Danilo Cruz Vélez, nuestro gran pensador del Eje Cafetero, se han formulado, o reformulado según los tiempos y las formas emergentes de realidad.

Sin embargo, ¿por qué este inquirir? ¿Por qué preguntar por la practicidad de una ciencia que permea casi todas disciplinas humanas? Básicamente por ese defecto de la posmodernidad (con miras a convertirse en virtud), de querer definir las cosas en función de su esencia y utilidad, ya que siempre lo experimental está gravitando en el aire enrarecido del siglo XXI. Doctrina esta de lo práctico (y la experiencia) que tomó fuerza con la industrialización y el capitalismo y que Charles Sanders Peirce y William James, fundaron en el siglo XIX bajo el nombre de «pragmatismo», y donde el individuo (incluso lo colectivo) lo alinearon en función de lo que osaron llamar «práctica inteligente».

¿Y qué dieron a entender con este concepto? No es el argumento principal de esta reseña, pero no hay que obviar que esta ciencia del que-hacer inteligente de la filosofía, (por la cual preguntamos hoy y esperamos sosegar al final) no discrepa de esa anécdota sobre el filósofo Diógenes de Sinope con el manto ceñido y apresurado haciendo rodar su barril de arriba abajo por las calles de una Corinto asediada por las tropas de Filipo. Ante tal curiosidad (sin aparente sentido), y al preguntarle explícitamente por qué hacía aquello, su respuesta fue tan clásica como moderna: Estoy muy ocupado con mi barril, y no quiero ser el único ocioso entre tanta gente aplicada.

Respuesta cínica, como la vida del mismo filósofo-perro, que contiene la inquietud por el lugar de la filosofía en la posmodernidad, y esto, de cara al fin de la historia, del hombre, del pensamiento, y frente al fin pragmático que se espera de su continuum. Porque la realidad es que este afán por el movimiento, es decir, por el hacer, el producir, es la estocada que la modernidad y de su edecán, el capitalismo, le confirió al noble arte (τέχνη) de la filosofía. Ataques como los de Karl Marx en La miseria de la filosofía, y esa frase programática de la tesis sobre Feuerbach: «Los filósofos no han hecho más que interpretar de diversos modos el mundo, pero de lo que se trata es de transformarlo.» y, los apuntes póstumos de Friedrich Nietzsche, rescatados por Alfred Baeumler, titulados La inocencia del devenir, bordeaban el interrogante planteado inicialmente: «El Estado, la sociedad, las religiones, etc., pueden preguntar ¿Qué nos puede ofrecer hoy [la filosofía]?»

¿Qué nos ofrece? Este es el planteamiento problemático desde la visión pragmática del tema. Pues sobre esta practicidad, a la cual se ha visto abocada toda ciencia y disciplina humanística, es que el filósofo (amateur o profesional) se siente comprometido, no solo a entender el mundo, sino a realizar una acción sobre su mundo, luego en su entorno inmediato, y si es posible más allá de sus límites para conferirle un sentido al sin-sentido. De ahí que, sin intentar, siquiera por ahora, arrancarle una respuesta a la filosofía, es que el libro Dispersiones y fugacidad. Al margen del substancialismo (2022), del doctor en Filosofía Alfredo Abad, nos plantea una propuesta transgresora sobre lo pragmático (o al menos es mi interpretación). En el prólogo ya se esbozan líneas de fuga que aciertan y convergen en que la filosofía no debe renunciar: la racionalidad es un desafío, el mayor de todos [ya que] apunta a luchar contra uno mismo y los peligros que entraña cualquier identificación con la solidez de nuestras opiniones.  

Pensamiento que, por supuesto, no es una loa a la duda cíclica, pero sí es una máxima certera, ya que la razón, base de toda filosofía pretérita y presente, es la que une los hilos humanos y la existencia, y teje en un solo sistema de cosas una respuesta al problema de la utilidad de la filosofía. De ahí que el filósofo Abad refunde la frase «Pensar en estado gaseoso», o en otras palabras, plantee la posibilidad de salir del centro de gravedad que ata, y al que se ve sometido el hombre posmoderno. Aunque siendo sinceros, ya no es posible hablar de centros, sino de periferias, fragmentos, límites infranqueables, verdades relativas carentes de rizoma, no-hombres, y hasta de una realidad física circundante enmarañada en teorías, como las de cuerdas, el pixelaje del universo, y hasta de un universo holográfico.

Como sea, con esto de «pensar en gaseoso» no solo se referencian las elucubraciones sociológicas de Zygmund Bauman sobre lo líquido, lo etéreo, lo que se desvanece y no tiene vínculos; ni la desvirtuada frase «Dios ha muerto» nitzscheana, cuyo argumento fue la base para que Martin Heidegger preconizara la muerte ontológica de la razón y el pensamiento; sino que referencia igualmente la ineludible realidad del pensamiento como proceso abstracto (gaseoso) que, al preguntar sobre su finalidad (el qué y para qué) se interpele por su sentido y no tanto por su función, pues pensar es algo intangible y metafísico, y el hombre, en suma, es lo que piensa.

Sobre esta línea es que, cuestiones humanas como ¿Qué pensamos? Y ¿Para qué pensamos? Sean preguntas tan vitales y prácticas iguales a ¿Por qué morimos?, ¿Tiene sentido la existencia? O ¿Cómo surgió el cosmos? Aunque las primeras inquietudes no se diferencien de las últimas, y viceversa, porque tanto la vida, como la muerte, son misterios que la razón no pueden procesar, pero que los nihilistas del siglo XX supieron expresar muy bien por medio de la política, la literatura y el teatro, y en pleno siglo XXI, encuentre su eco en Martha Nussbaum, Peter Singer, Byung-Chul Han y hasta en Yuval Noah Harari y Alan Watts.

A fin a esto, es que también el filósofo Abad afirma que toda filosofía debe quedar inconclusa. La culminación de un pensamiento es un atentado contra él mismo. Aporía (paradoja), que en la era de sobreabundancia de vida, arropa con sombra toda certeza, aunque parte de la respuesta del para qué de la filosofía descanse en la vigencia del axioma  De ómnibus dubitandum est, es decir, aprender a dudar de lo cerrado, de lo fijo, de lo dogmático, pues ese es el motor inmóvil aristótelico o el Élan vital del hombre; sentido que además Nietzsche supo redescubrir muy bien en su Gaya Ciencia al decir que pensar en la finalidad y en la ventaja es más fuerte incluso que el más fuerte instinto que haya en él [hombre]: no dejarse seducir por aquel instinto hacia acciones sin finalidad. Esa es su sabiduría y su vanidad. (Gaya Ciencia).

Por ende, la respuesta a la practicidad de la filosofía sería la constante búsqueda de sí mismo en las preguntas formuladas para reafirmar la existencia. Incluso, el hombre (universal) no es algo definido de antemano, sino que se construye en cuanto inquiere y tantea los caminos filosóficos que le permiten comprender y vivir su momento.  De manera que, es obvio, que un mundo sin definiciones sería un lugar gaseoso, y la Verdad, concepto manido, sea el Leitmotiv del hombre y en el cual crea encontrar su razón de ser. Esa Verdad buscada desde antes del año cero, y que, en el intento por aprehenderla, hombres como Epicuro (clinamen hedonista), Descartes (automatismo racional), Hegel (idealismo absoluto), Sartre (La nada y el telos), Slavoj Žižek (Socialismo lacaniano), y otros, hayan entendido que esta (Verdad), sea más una forma de ver las cosas, que la cosa en sí.

Así que, finalmente, cuando el filósofo Abad confiere que la filosofía se asimile como una manera de vivir, explícitamente afirme que esa es la practicidad requerida de la filosofía, ya que -continúa Abad-, esta no deja de ser un referente de perplejidad para un espíritu que entrega, a un sistema de signos ordenado, la subordinación de sus propósitos intelectuales. De manera que, fuera de esta practicidad, sea Dios, las cuatro preguntas kantianas, la risa según Bergson, o la ética animal de Peter Singer, o son meras abstracciones, o se adecúan a un sistema pragmático, sea un movimiento, una ideología, una propuesta política o un colectivo social. ¿Por qué? Por el mismo efecto de buscar sentido frente al sin-sentido, y aprender a vivir entre el caos y la decrepitud de la palabra posmoderna.

En consecuencia, el nuevo libro, editado pulcramente por Casa de Asterión Ediciones, y escrito desde las reflexiones maduras del doctor Alfredo Abad, pretende ser esa realidad fijada, o mejor, el punto de fuga para entender el porqué de la filosofía y el para qué, ya que esta sigue perteneciendo a la cultura, y no se trata, entonces, de un acto establecido o un aislamiento clásico, sino de disponer el horizonte para el hombre actual, pues a decir del mismo Friedrich Nietzsche: Este ha sido el trabajo peculiar de los grandes pensadores: ser legisladores sobre la medida, el valor y el peso de las cosas. (Consideraciones Intempestivas). Salud.


Dosh Lee & Pendrek – Rocco Siffredi

9 comentarios sobre “¿Cuáles son los efectos del filósofo sobre los no filósofos?

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  1. Supongamos que, tal como su nombre indica, la filosofía pretende el conocimiento de la realidad. Pues bien, la Ciencia lleva unos pocos siglos quitando velos de esa realidad, penetrando cada vez más en sus entrañas…, y la Ciencia abarca día a día más parcelas de la realidad, tantas que apenas alguna no es de su incumbencia. Pero, ¡horror!, los filósofos apenas saben algo de la Ciencia, quiero decir, la mayoría de ellos, y, lo que es peor, la mayoría no pretende saber. ¿Qué queda en manos de la filosofía —compartido con la Ciencia—? La razón. Ahora bien, la razón por sí sola solo sabe construir castillos en el aire. Sin un punto de apoyo en la realidad (que solo la Ciencia puede ofrecer), la razón voltea y voltea sin encontrar nunca algo sólido. Así que, ¿para qué sirve la filosofía? Para mucho, desde luego, pero no para lo que generalmente se la hace servir, esto es, crear misterios. El tipo de filósofos que atienden a tal propósito no escriben para que se les entienda sino para que se les adore. La oscuridad de los misterios siempre atrae a necios que se consideran iniciados, y se ese modo suplen su falta de entendimiento con su exceso de necedad.

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    1. No solo la ciencia ofrece puntos de apoyo en la realidad. La política no es una ciencia y está muy apoyada en la realidad. La Historia tampoco es una ciencia en sentido estricto y también. La ética no es una ciencia y también. Ni siquiera la economía es una ciencia, aunque les pese a los economistas. El empirismo no es exclusivo de la ciencia sino un instrumento tanto de la ciencia como de la filosofía. Por no hablar del arte. Ahora piensa cuánto de filosofía tienen todas esas disciplinas, que se derrumbarían sin ella.

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  2. Por cierto que si a los científicos se les enseñara filosofía probablemente no cometerían tantas aberraciones en sus conclusiones. Especialmente en las conclusiones, que suelen ser los pies de barro de los gigantes de la ciencia.

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