Medimás, o el suicidio subsidiado

«El médico que no entiende de almas no entenderá cuerpos«

José Narosky


Al llegar al edificio atestado de gente no se puede ignorar el tufo caliente a cualquier hora del día. Son cientos de personas que saturan el aforo de Medimás emplazado en la Avenida 30 de agosto de Pereira; esa EPS malestar que brinda el servicio de salud a las clases menos favorecidas, o mejor, a los ciudadanos subsidiados por el gobierno, pero que más que una entidad-solución se ha convertido en un entidad-cáncer para la salud colombiana.

Con las esperanzas intactas, la gente llega antes las 7 de la mañana, es decir, a las 4 de la madrugada, antes de que abran las puertas del lugar. Algunas personas traen desayuno, cobijas, sacos gruesos, aunque los tinteros medio adormilados ya están listos en sus carritos para hacerse su diciembre a esa hora de la mañana y durante el día, vendiendo los panes duros del día anterior, y el café con sabor a óxido.

Los que hacen fila, para no dormirse, ocupan su tiempo charlando entre ellos. De esas conversaciones indistintas surgen inquietudes como ¿será que me aprueban la cirugía? ¿tendrán los medicamentos para el tratamiento del niño? Es más, juegan entretenidos con la lógica al pensar que “Al que madruga Dios le ayuda” y “Si llego primero, me atienden primero”. Cuestiones que gravitan en el aire como una auto esperanza, hasta que ponen a prueba sus creencias delante de un operador de Medimás, que sabe mucho de trámites, pero poco de dolores urgentes.

Mientras esperan apostados en la calle, la niña Angelica Valencia de 7 años duerme en las piernas de su acompañante, y se despierta asustada diciendo que no quiere ir a la escuela. Martha Castaño, su madre, pone su delicada mano en la frente de la criatura y sabe que delira, pues su fiebre no bajará de 36 grados y cada vez siente más caliente su frente y su cuello. La gente observa esta escena y no se conmueve, pues ellos mismos en fila ordenada esperan también soluciones prácticas por parte de una EPS que juega con la salud de las personas, pues su enfoque principal es el lucro no servirle a los desvalidos.

Cumplidos, como un viejo reloj, llegan los funcionarios y operadores de Medimás bien uniformados y abren las puertas del establecimiento con una parsimonia asombrosa mientras hacen bromas entre ellos.  No detallan, o prefieren evitar el sentimiento, de ver que las personas de todos los barrios de Pereira ahí apostados exhiben sus rostros como si estuvieran en un campo de concentración alemán, o como si esa fuera la última solicitud para ver al médico.

Uno a uno entra el mar de gente a esa boca fría llamada sala de espera, y como en una escuela ocupan las primeras sillas de manera ordenada. A esa hora de la mañana las sillas están igualmente frías como las denigrantes órdenes de aprobación para exámenes importantes de salud. Solo basta un parpadeo para comprobar que el lugar está abarrotado, y el frío del mes de febrero comienza a convertirse en un miserable sudor que baja por la piel de niños, adultos y ancianos y que se percibe en la ropa húmeda de cada uno.

Curiosamente, a la sala de espera entra también el mismo vendedor de tinto que acompañaba a las personas desde temprano; pero esta vez no viene a vender entre los pasillos, sino que es un paciente más del fallido sistema de salud; sistema que en sí no es una EPS sino un suplicio, porque Medimás no es una entidad promotora de salud pública, sino un malestar general, y todos lo saben y lo sufren de la misma manera.

No es desconocida la realidad de que esta institución es la tercerizadora médica que tiene en jaque el bienestar integral de los pereiranos (y los colombianos) con la burocrática y negligente aprobación de servicios sanitarios, medicina, tratamientos postergados y sobre número de afiliados. Usuarios que, al no dar abasto, los han remitido a otras entidades como Salud Total y demás, con el fin que se hagan cargo de los pacientes residuales de un sistema ya colapsado, lleno de hacinados, sino de desahuciados por la medicina.

Aunque entre una y otra solución, y en búsqueda de respuestas para atender a los pacientes, se generan más problemas. Pues esas otras EPS, donde lanzan la gente como una pelota, también comercian con la salud, tienen los mismos convenios con la entidad ya mencionada, y exponen a los pacientes a un gran riesgo, al aprobar medicamentos no esenciales, genéricos, no permitidos por Invima. Estas oficinas y clínicas comerciales ven las personas como simples números y facturas más allá de que alguien se muera en la puerta de un hospital, o al ser atendido, y hasta antes de ser atendido, y esto debido a las aprobaciones tardías de tratamientos delicados, o entrega de medicinas posmorten.

Las quejas son generales en Pereira y en todo el territorio colombiano. Una realidad en la que se ven sometidos millones de colombianos, cuyo gobierno ha decidido dejar a los ciudadanos en manos de inescrupulosas entidades médicas que brindan atención en salud de segunda mano, como si la gente se enfermara a propósito para acceder a esos servicios cada vez más deficientes.

La situación es delicada, porque mientras los funcionarios de esas EPS se lucran con altos sueldos que devienen, las personas, mayormente de estrato bajo, o bajo-bajo, mendigan atención de calidad. Por lo que sin duda, la eminente liquidación de esta empresa tercerizadora de la salud, supone pararle las ruedas cuadradas a un carro que no avanzan para ningún lado.

Solo resta decir que este sistema hace rato colapsó, es más, nació muerto, porque al esta cambiar de EPS a EPS y de razón social, lo que hacen es jugar con la salud y los recursos de millones de colombianos que han apostado o creído en el gobierno y sus beneficios.  A estos mercaderes de la higiene pública les es indiferente la situación, y en su historial ya hay cientos, sino miles de denuncias en contra de su funcionamiento y en la forma de tratar a los ciudadanos y sus derechos.

Lo que demuestran con su existencia, es que lo principal de su visión o misión es facturar y poner en cuarentena los que esperan por atención integral para mitigar sus dolencias básicas. A esta cruda realidad es la que están sometidos los pereiranos y los colombianos.

Al terminar la mañana, los abanicos improvisados con revistas resoplan en el lugar, y por la puerta más estrecha que el reino de Dios, entra y sale gente con las mismas expresiones en sus rostros a la espera de sentirse ciudadanos de primera categoría, en un país que se juega la salud al votar por los mismos delincuentes en puestos políticos.

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