Hitler en la plaza San Martín

«Hay dos tipos de oradores: los que están nerviosos y los que mienten»

Mark Twain


Cada vez que caía la noche en la plaza San Martín de Lima, se agolpaba un contingente de personas a la espera de las primeras presentaciones. Las luces amarillentas del lugar, que hacían juego con el resplandor del cemento y las flores pulcramente ordenadas, era el escenario que recibía los dómines, que, con vestimenta llamativa, voz atronadora, y rostros de tener el conocimiento listo para ser regurgitado, se disponían a conversar con el público diariamente. El primero de ellos en aparecer, un hombre alto, flaco como un chamizo, con acento español, y con boina y gabardina napoleónica, inauguraba la sección nocturna hablando sobre la Segunda Guerra Mundial:

Todo comenzó no con la invasión a Polonia. No. Realmente Hitler iba por los Sudetes Alemanes, pero encontró un país como un obstáculo para recuperar a su gente. Polonia fue el pretexto. La guerraaa…-alargando la a- empezó con Hans von Seeckt y su “ejército negro”. Él fue el verdadero artífice de la conflagación mundial. Por él se dio el Putsch de Múnich, se escribió «Mi lucha», y se formaron las estructuras de las S.A.

Mientras continuaba la intervención, decenas de peruanos congregados a la intemperie tomaban nota de lo proferido por el hombre, quien se hacía llamar Agustín Lizárraga en honor al anónimo, y primer descubridor, de la legendaria ciudadela de Machu Picchu. Su discurso acaparaba la atención al acotar que, desde Perú, desde los puertos del Callao y Salaverry en el norte, se enviaban cargamentos de azúcar para sostener la dieta de los soldados aliados que luchaban por la paz, y que Hitler sí había estado en Colombia, pues luego de traer más de tres millones de dólares y una foto de su amante Eva Braun, se instaló a vivir plácidamente en la Sabana de Bogotá, gracias a que el paraje se asemejaba a Selva Negra, Alemania.

Algunos asistentes, con sus miradas extraviadas y sus silencios escolares, daban crédito a las comas y pausas del discurso, otros preparaban sus argumentaciones para debatir algunas ideas del exponente, y los demás solo se dejaban llevar por el río distorsionado de la historia. El hombre puso su dedo índice en la boca, ajustó su boina, se subió el cuello de su gabardina como Napoleón después de Waterloo, y continuó:

Muchos de mis compatriotas españoles sufrieron en Mauthausen-Gusen y Treblinka. Pero la historia nunca es fiel ni objetiva. Pues Hitler quería la paz mundial, unir al mundo bajo un ideal, sin embargo, Occidente siempre ha amado la división, le ha temido al hombre fuerte y unido, desaconseja la luz, y ha aborrecido la visión de un solo mundo y un solo libro.

Indistintamente, se oían murmullos entre el público, pues era obvio que Hitler era el malo, y los aliados, los buenos, por lo que algunos decidieron dispersarse y otros simplemente estaban atentos escuchando al dómine, que sin temor ni de Dios, ni del diablo, ni de los nuevos tiempos, sacó un ejemplar empastado del Mein Kampf (Mi lucha) de su portafolio. Acostó el tomo en sus manos, con los dedos de su mano derecha extrajo un par de separadores rojos, abrió algunas páginas y con el libro abierto parecía, no ya un dómine, sino un predicador del evangelio ario:

Hitler dijo en este libro, -señalando el Mein Kampf – el más vendido después de la biblia cristiana, estas rotundas palabras: «Cuanto más conozco al hombre, más quiero a mi perro»… «Y Dios sabe que yo quise la paz.» Dos frases sinceras salidas de un celoso vientre nacionalista, y que como una filosofía, se adelantaba a la época en que fueron dichas, pues hoy amamos los perros, pero aborrecemos a los hombres, y la paz es un relato que, junto con la idea de justicia, fueron acribilladas en el altar del capitalismo por el verdugo de la democracia.

Cerró el libro de golpe y se hizo un silencio atronador. En segundos, alguien entre el nutrido público soltó una carcajada estridente y rompió la tensión del momento. Luego el dómine enfatizó que precisamente de eso se trata toda sociedad, de ideales cómicos, de doctrinas malthusianas, pues la Tercera Guerra Mundial comenzaría por el amor o el odio hacia los animales, y que las líneas divisorias de los países habían desaparecido gracias a que internet era un Redópolis, un mundo homogéneo semejante a un campo de concentración nazi, pero que nadie se daba cuenta. Si Hitler viviera, tendría Twitter y hasta Facebook, agregó, e inmediatamente rasgó el libro parte por parte y lo echó en un cubo público de basura. Posteriormente, dejó de hablar, se ubicó en una banca lateral de la plaza San Martín en posición de pensador, sacó el celular, comenzó a chatear, y los asistentes se dispersaron.


La plaza San Martín: Cuna de grandes oradores y grandes debates de ciudadanos

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