Correspondencia con Hándel

«Enséñame lo limitado de mi tiempo, porque el bien de la vida no radica en su extensión sino en su uso».
Séneca. Carta XLIX


Estimado Hándel.

La última vez que recibí una carta tuya me sorprendió que hiciera mención del filósofo Séneca. Como es sabido por ti, desde mis años universitarios, no encontraba mayor deleite que leer al cordobés, al pensador que quizá tuvo relación con Pablo de Tarso, y que tuvo una compleja relación con el poder de turno. Noche tras noche, día tras día, después de pagar mi beca arreglando libros en la biblioteca del campus, bebía de su estoica filosofía, especialmente en esos consejos entregados a su discípulo Lucilio.

En algún momento intenté escribir una biografía sobre este filósofo y consejero de Nerón, pero desistí, porque, aunque el fin  de su vida no concuerda con sus principios y medios, quise honrar su muerte y dejar su final como un bello momento romántico en mí espíritu. Hándel, créeme, a pocos les gusta saber cómo mueren sus héroes. Y tú no serás la excepción.

En este mundo de ideas me he encontrado con seres que afirmaban con solemnidad ser la reencarnación de Friedrich Nietzsche o de Maine de Birán, y hasta uno llegó  a decirme que era Ambrose Bierce en persona. La verdad no sabía si reírme o tomar con seriedad a tales personas. Solo sé que los traté con respeto, aún sabiendo que estos jamás habían comprendido nada de sus personajes, y peor aún, se empecinaban en afirmar que ninguno de ellos había muerto. Del filósofo del martillo tenemos razón, pues hay una foto de este ídolo en su desvarío final, y existe una secta que cree que antes de Nietzsche y después de él no hay nada, pero de Ambrose Bierce nadie sabe cuál fue su fin. ¿Dónde está? ¿Qué le sucedió? Como sea, un caso de locos de atar.

Es más, Hándel, incluso si aquellos tres grandes de ideas y aventuras estuviesen vivos (Nietzsche, Birán y Bierce) no dudarían en volver a la tumba al ver tanto disparate que hay en el mundo, pues como dijo  con gran acierto Fontanelle: “Donde quiera que hay hombres hay tonterías y las mismas tonterías”.

La Consolación a Marcia, en latín original Ad Marciam de Consolatione (literalmente, «A Marcia, como Consolación») es una obra escrita por Lucio Anneo Séneca en torno al año 50 e.v. La obra fue escrita para una mujer conocida suya llamada Marcia, quien, según parece, mantuvo el luto por la muerte de su hijo durante más de tres años.

En fin,  por tu escrito entiendo que andas dictando charlas en varias universidades del sur, por eso te pido que no olvides ese bello libro de Séneca llamado «Consolaciones a Marcia.» Un libro profundo y sensible sobre la vida, la muerte, el dolor y la pena. Desconozco quién pudo haber sido esa Marcia, aunque según se cree, fue, o una discípula, o una mecenas, o una cristiana de luto. Sea quien haya sido, lo importante es que este tratado es uno de aquellos fármacos filosóficos sumamente valiosos para el problema de la pérdida humana.

Y al explayarme sobre este gran filósofo (porque usted tocó una fibra sensible en mi formación), no pude dejar de evocar nuestras andanzas en la Lima nocturna buscando lugares para cenar. Yo pensaba en arroz chaufa y usted en una patasca. Íbamos con esa jovencita cerro pasqueña, estudiante de literatura, que ignoro por qué razón se empeñaba en acompañarnos a todo lugar (quizá por la carta de recomendación que teníamos emitida por un periodista español) y entramos a ese café en el Jirón Ucayali. Recuerdo que usted me mostró con orgullo esos libros comprados de segunda mano.  Adquiridos a propósito en la misma librería de viejo, donde yo solía comprar buenos tomos a buenos soles.

Justo en ese instante vine a comprender tu amor por la filosofía, aunque hayas decidido finalmente estudiar Literatura. De escoger aquella antigua disciplina, que cambia y debe adaptarse a los tiempos, tendrías que enfrentarte a la pregunta más universal: “¿De qué puede vivir un filósofo hoy en día?” Por eso entendí tu decisión.  Sin embargo, te confieso, no compartí esa opinión en primera instancia, porque vivir implica más que seguir dictados, es decir, hay que saber pensar rectamente para saber conducirse en la vida.

No quise decir nada, porque entre amigos no se arman debates sin pies ni cabeza, pero intuí que preferías leer a Séneca en vez de a Paul Scarrón; a Parménides en vez de a Teócrito de Quío; a Sócrates en vez de Montaigne. En fin, hoy con esta carta que me envías no dudo que al haber preferido la filosofía hubieras escogido una celda voluntaria para tu vida.

Un filósofo es un hombre en busca de sabiduría. Sin embargo, la sabiduría no parece ser un producto muy abundante; nunca ha habido sobreproducción en esta área. Tal vez por eso, mientras más escaso es aquello que supuestamente interesa y preocupa al filósofo, más inclinados nos sentimos a pensar que la sociedad necesita de él desesperadamente.

Aunque te doy la razón, porque “cuántos talentos han sido eclipsados por falta de unas monedas”.  Y a ti no te falta nada, y por ello me alegro. Tu familia allá en Perú supo entender (y que conocimiento más hermoso) que tu vida era lo que elegiste hacer de ella y no lo que ellos querían escoger para ti. Como por ejemplo eso de que fueras médico como tu padre y como tu abuelo. Creo que en esto tienes un poco de sofista y tu victoria fue pírrica. Por eso la celebro.

Con sabiduría y serenidad te plantaste en la decisión de estudiar Literatura, y aunque algunos  (de la familia) no le encontraron utilidad a algo así, al final  Hándel, tú y yo, y todos sabemos que la vida y la muerte es individual, y es mejor morir ignorando menos, que vivir sin saber nada.  La voluntad y la decisión es lo que cambia la materia del mundo.

Séneca es un bello ejemplo. No adquirió conocimiento para otros sino para sí, aunque de antemano te aclaro que es necesario que evites contraer la enfermedad sibarita de los pensadores, o el mutismo de los místicos. Hay que saber relacionarse, porque el sabio, como dijo Eurípides, siempre conserva dos lenguas; y si dos lenguas, por ende, dos formas de pensar: una para ti, para tu formación espiritual o del mundo de las ideas, y otra, la de los conocimientos que es necesario transmitir a los otros.

Sobre esto me he enterado de que te ejercitas en la oratoria, o en el arte de hablar en público. Cosa que compruebo ante el hecho de que ahora dictas charlas en las universidades del sur y te felicito por ello. Hándel, la palabra sigue aún teniendo utilidad. De no tenerla, de otra forma los políticos y las religiones no tendrían ningún futuro. Solo te pido que lo aprendido, sea poco o mucho, lo conserves con diligencia y pasión. El tiempo que nos ha sido prorrogado no da espera, por eso hay que vivir a conciencia.

Marco Tulio Cicerón a​ (Arpino, 3 de enero de 106 a. C.-Formia, 7 de diciembre de 43 a. C.) fue un jurista, político, filósofo, escritor y orador romano.​ Es considerado uno de los más grandes retóricos y estilistas de la prosa en latín de la República romana.​

Porque Hándel, la mayoría de los grandes personajes de la historia han sido los hombres más elocuentes. Los autores de los más bellos sistemas, los jefes de partidos y de sectas, aquellos que en todos los tiempos han tenido la mayor influencia sobre el espíritu de los pueblos, deben la mayor parte de su éxito a la elocuencia viva y natural de su alma.

Por ahora, te dejo esta misiva como respuesta y honor a nuestra amistad.

Un abrazo desde el norte hasta el sur.

Espero tu próxima carta.

Salud y alegría.

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