Azúcar negra de Sopinga

— ¿Qué hicieron?
— Enviaron las moscas.
— ¿Qué tienen que ver las moscas?
— ¡Oh!, son un símbolo

Jean Paul Sartre


Plaga (2021), la primera novela corta de Juliana Javierre publicada en Seix Barral, es un trabajo fascinante. La lectura de sus 137 hojas son una parada obligatoria en la historia regional y en los símbolos universales. «En la historia regional», porque Sopinga, (antiguo nombre de La Virginia) es el escenario donde se desarrolla toda la narración; y «en los símbolos universales», porque igual que Egipto, las moscas tiene un significado literal y otro metafórico, aunque siempre que aparezcan estos insectos juntos constituyen una plaga naturalmente indeseable.

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Pero, piano, piano, si va lontano, porque, aunque esta novela tiene una temática definida (una plaga), el eje central es Emilia, la joven negra de 15 años, que atormentada en su inocencia y temerosa del juicio de los adultos, guarda un peculiar secreto: se ha tragado una mosca. Según el relato, y a decir de Juliana Javierre, entró directo por su garganta, y ella sintió las seis patas sucias de mierda y de basura abriéndose camino en su interior, la lengua vomitándola por todos los frentes -el corazón, el hígado, el bazo, los pulmones-, los dos ojos o los miles de ojos escrutando el espacio en la elección de la cavidad más conveniente para depositar los huevos.

Un accidente que produce en Emilia más trastornos psicosomáticos que preguntas, porque de aquí parte la relación de ella con Sopinga, con su Abuela Josefa, su madre Carmela, la maestra Inesolda, un peculiar locutor llamado Conrado Betancur, el tendero Vicente el Calvo, y demás personajes, que juntos, son la tensión y la trama de la obra, aunque de alguna manera, ellos mismos son afectados o beneficiados con la indeseable plaga de moscas que aparece repentinamente.

Pero ¿por qué precisamente moscas? ¿Son un símbolo? No. Son moscas reales, ya que la misma geografía de lugar parece una incubadora: tierras cenagosas, clima húmedo, bochorno, garúa, marismas infectadas de moscos, gusanos y animales salvajes, que, según Alfredo Cardona Tobón, ha llevado a que por siglos la palabra Sopinga haya sido sinónimo de cólera, paludismo y fiebre amarilla. ¿Pueden ver la relación insectos geografía? Es más, este municipio de Risaralda, ha tenido una vertiginosa historia de fondo protagonizada por colonizadores, cimarrones, hacendados y empresarios, además de un lento progreso social y económico, ya que los únicos ingresos durante mucho tiempo fueron el contrabando, y el monocultivo de caña de azúcar.

Así entonces la plaga de moscas que invade el lugar, y que aparece de repente, o es un mal divino, (Carmela, madre de Emilia cree que las moscas son las almas de los muertos que deambulan por el aire), o es un problema de salubridad que tiene (y en efecto así parece) una causa humana y racional. De ahí que este ambiente enrarecido y negro, donde vuelan moscas a sus anchas, desprenda el olor que desate lentamente la furia y desesperación de todo un pueblo que pide respuesta al Inspector del poblado, tal como lo relata el locutor Conrado Betancur: Seis de la mañana y con ustedes, La voz de Sopinga, su emisora en el Puerto Dulce. Ahora las personas no se preguntan ¿qué hay del trabajo, mi compa?, sino que solo quieren saber si a su vecino ¿ya le llegaron las moscas?

Buen punto. La ironía mediática como un síntoma de salud, porque las moscas al llegar y quedarse, enferman a la gente, contaminan los alimentos, su presencia ha hecho cerrar escuelas, y ha vuelto insoportable toda forma de vida en Sopinga. ¿Pero qué está sucediendo?, ¿quién anda detrás de todo esto?, ¿qué hacer?

El Inspector local se presenta con una extraña solución: descarga una volquetada de sapos en la plaza central como solución para exterminar las moscas. Pero si las moscas perjudicaban las labores cotidianas, el mundo exterior, los sapos, enturbiaban el mundo interior de las personas, la pequeña vida social que es la familia. Instauraban el miedo por encima de todo. Una medida que deja a todos de una sola pieza, pues ¿una plaga para erradicar otra plaga? ¿No sería mejor que esta máxima autoridad se opusiera a quienes habían creado la epidemia, es decir a la multinacional azucarera implantada en el sector?

Las cosas no parecen prometedoras por el momento, pero mientras esto sucede, Emilia, que ya sabemos, se ha tragado una mosca, desarrolla una psicopatía, pues desea torturar de mil formas estos insectos para acabar de una buena vez con ellos. Sumado a esto, una náusea se apodera de ella, de tal manera que vomita, tiene diarrea, y cree estar embarazada. «Casi dos meses después de la intrusión de la mosca en su cuerpo, –dice la autora- Emilia tuvo la certeza de que, aunque la mosca inicial había muerto, seguía viviendo en las pequeñas mosquitas que surgían de las larvas para atormentarla.»

Una introspección que hace nacer un miedo irracional, pues Emilia teme ser devorada lentamente por las larvas, imaginando su cuerpo como una tumba para sí misma, pero una incubadora para los insectos, incluso, llegando a pensar que puede convertirse en un mero residuo, en abono para los cañaduzales de Sopinga. El temor aflora, no solo en Emilia, sino en todos los habitantes del pueblo: ¿a quién echarle la culpa por este mal tropical? ¿Qué están pagando los sopingueños?

La misma maestra Inesolda, una mujer metódica y dulce, busca explicaciones científicas sobre la plaga, pero un descubrimiento lo cambia todo:  las moscas, que enferman la población, y los sapos que causan miedo en todos, es terrorismo empresarial. En el afán de eliminar el gusano comecaña, la multinacional azucarera creó la mosca negra en un laboratorio, y ante la proliferación de ellas, introduce sapos para equilibrar el ecosistema. ¿No es este el mismo terrorismo privado de Maquiavelo y Davinci cuando desviaron un río para desplazar a una población entera en Italia?

Como sea. Empieza a surgir humo en Sopinga. Los habitantes desesperados, buscando cómo acabar con estas dos plagas recurren a un método primario: usan el fuego. Pero el locutor radial, que prefigura la intuición de la gente, afirma que de no hacer algo, pueden terminan quemando todo el pueblo. Medida que evidencia la histeria colectiva que se desata y el miedo que invade la sociedad frente a la peste, frente a una muerte sin dignidad, pues morir en la angustia, llenos de pus y gusanos, es el equivalente a pagar la estadía del infierno a cuotas. El asunto promete salirse de control, ya que es la vida la que está en juego. Los ánimos comienzan a caldearse.

Finalmente, la enfermedad psicosomática de Emilia se agrava y tiene inesperada, e inexplicablemente, e inauditamente, un hijo (¿?). Una escena más ligada al realismo mágico que a la realidad, pues desde la famosa barriga de trapo, Colombia se ha convertido en el país de lo maravilloso y lo fantástico. Juliana Javierre, la autora nos narra: también estaban la Abuela, asomada entre sus piernas a la espera del nacimiento por venir, y Mamá Carmela, contemplando la escena con angustia…¿Ya? Le preguntó Emilia a la Abuela, esperando que todo hubiera terminado. Ay no llore, mija. Puje pues. Entonces lo sintió salir…la abuela cortó el cordón, fastidiada…Es muy oscuro, mamá. Como un aguacero de moscas, Emilia. Dice la Abuela tras el parto, pues luego de que su nieta revela su secreto, se libera de su cárcel. ¿Era esto la cuna del miedo de la niña de 15 años?

***

Plaga, el debut de Juliana Javierre en la editorial Seix Barral, no es una metáfora. Es imposible que lo sea. Es una construcción narrativa, que evidencia la tensión que viven los pueblos al margen de la industrialización, y más que eso, es una forma de visibilizar las formas de vida azarosa que mantienen los pueblos que conviven con multinacionales. Esas personas jurídicas con nombre, pero sin corazón, que poseen más derechos que los ciudadanos, y que el gobierno justifica sobre la base de inversión extranjera.

Finalmente, si Emilia hubiese conocido el medio de librarse de las moscas o la sencilla fórmula de: mirar el enjambre, hacer un movimiento con la muñeca, un ademán con el brazo, y decir: «Abraxas, galla, galla, tse, tse» hubiera sido mejor para evitar que la maestra desapareciera, que sufriera bullying en la escuela, que se enfermara hasta morir, y más que eso, podría haber evitado parir un niño tan negro como el azúcar de Sopinga.


Todos tenemos un amor
(De Emilia para Esteban)

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