Disparos en la librería

«Dios envió una epidemia de poetas a España para castigarnos por nuestros pecados»
Quevedo


Librería de viejo (2021) ¿Puede haber un título más romántico, sugestivo y hermoso para un poemario? Solo aquellos que aman los libros viejos, ajados y clásicos, entienden el espíritu de anticuario, o mejor, la decisión de meterse dentro de una tonelada de polvo a rescatar una pepita de oro oculta entre alguna balda de La Roma, El Quijote, Zamora, o la ex Mito. Me refiero, obviamente, al nuevo y reciente libro de 119 páginas del historiador, poeta y filósofo Alberto Antonio Berón Ospina, que gracias a su prosa juiciosa, creativa y sustantiva, ha ganado el premio de la Colección Escritores Pereiranos en modalidad poesía.

Galardón que es una sorpresa en Do Mayor, pues sus 55 versos bordean la cuestión del poema y los poetas en Pereira, y donde una docena de estos mismos no obedecen a una temática libre, sino que son un manifiesto crítico sobre el estado actual del género poético. Un asunto espinoso, por supuesto, que debe tratarse con pinzas, ya que sabemos, hay más poetas que estilistas (y billares) en la ciudad, y sobre lo cual el intelectual Alfonso Berardinelli, atrincherado en algún escritorio italiano, pone el dedo en la llaga:

«Existe la sensación de que, si en la actualidad hay tantos poetas, se debe sobre todo al hecho de que creen que la poesía es un género literario sin reglas que no requiere que nadie tenga algo que decir. No obstante, tanta libertad mal entendida ha “liberado” la poesía de un público de lectores y del juicio crítico, transformando en una tierra de nadie de libre acceso un género que antes era considerado arduo hasta el ascetismo.» (Leer es un riesgo, 2016)

Hasta acá nada debe preocuparnos, puesto que algo similar ya denunciaba en el siglo XX, y sin pudor, Filippo Tommaso Marinetti en su Manifiesto técnico de la literatura futurista, intentando moldear al poeta del devenir: sugería reconfigurar los verbos, usar sustantivos al azar, abolir el adjetivo y el adverbio, y aconsejaba el uso de imágenes. En sus palabras: «Las imágenes no son flores para escoger y recoger con parsimonia, como decía Voltaire. Constituyen la sangre misma de la poesía. La poesía debe ser una continuación ininterrumpida de imágenes nuevas, sin las cuales no es más que anemia y clorosis.»

¿Es que Marinetti nos cree caídos del zarzo? No todo en lírica es hablar de automóviles, política y trenes veloces, aunque su intento de cambiar la métrica y el contenido del verso podría ser un primer esbozo de crítica poética. Por ello es que considero que hay un asunto capital en Librería de viejo (2021), a saber, la forma de escribir en silencio, de crear, de conversar con las musas y escuchar la crítica y autocrítica, pues no se busca defender la poesía de una posible muerte per-se,  sino de instar al poeta a la autoexigencia y reevaluación de si cada verso o poemario creado merece un público lector, exigente y competente, o simplemente si lo escrito solo es paja entre el trigo, ya que la palabra misma es la que está en juego.

Esa palabra sacra, diáfana y universal que admite purificación, y que al ser usada por los escritores, sin crítica alguna, pueden enturbiarse, pervertirse o banalizarse, aunque el poeta serio, consagrado tal como lo manifiesta Berardinelli, siempre esté obsesionado por el afán de pureza, por sacarle punta al hecho verbal, obligando a sus versos a navegar entre la música y la semántica. Y esto es, esto, señores, es lo que el maestro Berón nos presenta en su trabajo Librería de viejo, poesía crítica, poesía sin ambages, poesía de inspiración con una doble mirada interior y exterior, cuyos versos son una dosis de reanimación cardiovascular para los poetas (y poemas) que han perdido el Élan vital de componer, recitar y escribir. No todo, por supuesto, cabe dentro de esta apreciación, ya que hay poesía que nos hace creer en ella, convenciendo al lector del goce estético y sobre esto, hay mucho que aportar en otra ocasión.

Como sea, y así es, nueve poemas del maestro Berón ponen la cuota. Nueve composiciones que suturadas, podrían ser un solo y hondo poema de corte nacional. Enumero muy despacio y en orden de estímulo: Parque de los poetas (p.11), Librería de viejo (p.17), Insomnio de poeta (p.31), Poeta paseante (p.39), A los poetas mayores (p.51), El saber de un poeta (p.57), Crítica poética (p.65), Reclamo a los poetas (p.75) y Para-poetas (p.119). Aunque vayamos despacio, porque es necesario oír al menos uno de esos poemas, quizá el más directo, no por ello menos interesante:

Parque de los poetas

Los poetas de mi ciudad;
Criaturas de alas rotas,
Silvestres
Y con pies de barro,
Pávidos a la crítica,
Bajo la mirada de cíclope del progreso,
Su extinción pareciera inminente.

Ansiosos de alcanzar
El brillo cegador de las gentes de negocios
Invierten en palabras, compran estrellas, caminan entre nubes.
Cuando descienden bajo sus suelas de asfalto,
Atropellan demonios de hierro y se persignan.

Señalados como los más humildes,
Cambian neveras por utopías de fuego.
Quizá no cuenten con nombres sonoros
Como Huidobro o Vallejo,
Mucho menos un café literario que despierte envidias.
Estos poetas de mi ciudad
No cuentan, ni en sus pesadillas, con moradas
Para que habiten aquellas musas que alivian sus ojos eléctricos.

Una composición tan interesante que puede suscitar de inmediato, adhesión o recelo, pero el maestro Berón es uno de esos escritores de la generación pereirana de la Constitución, uno de los pocos que han escogido el ensayo o la poesía como vía de acceso privilegiada para abordar los problemas y vicisitudes de la literatura risaraldense. Por lo tanto, hay que ver el poema anterior, y los ocho restantes, como positivos, libre de polémica, y más apologéticos que dietéticos, que además constituyen perlas en Librería de viejo, aclarando, por supuesto, que la poesía en Pereira se ha liberado, democratizado, y hoy más que nunca el género es autárquico y autógeno.

Así entonces, al decir que el nuevo libro del maestro Berón es poesía pura, se debe afirmar también que es palabra pura. Pero si es palabra pura, también debe ser (según Valéry), anti-palabra. ¿Y en español qué significa esto? Sencillo. El estilista tiende a corregir la fatalidad de deterioro que aflige la palabra, por lo que igual a una obertura, el buen poema depende del peso, la medida y la personalidad del poeta. Esto debe ser una situación Sine qua non en Pereira, y la crítica tiene que considerar estos elementos, ya que, como Diógenes, hay que buscar los Virgilios, Dantes, los Gonzalo Vallejo Arcila, los Luis Fernando Mejía o las Amelia Restrepo, que escriban poesía crítica, autocrítica, y sin mayúsculas, en los cafés, concursos, ferias, o cualquier otro lugar que soporte versos como besos, como balas, o como letras inmortales.

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