Los hijos de El Balso

«Ocurre que una literatura sincera debe ser ante todo extrema»
Alberto Moravia
(El hombre como fin)


Calle luna, calle sol (2021) es una radiografía de barrio, una canción larga, o un partido de fútbol de 184 páginas, cuya temática nos encuadra en la Dosquebradas de los años 90, y su complejidad urbanística y social. Es el título musical que escogió el docente Gleiber Sepúlveda para su primera obra, que, por fortuna, ganó el Premio Nacional de Novela Aniversario Ciudad de Pereira 2021 en modalidad novela.

Un libro que físicamente pudo haber sido mejor editado (cuidando ciertos detalles de impresión y redacción) y que contiene suficiente mérito, según los veredictos de Cristian Valencia, Claudia Morales y Miguel Manrique, y que como afirma el profesor Rigoberto Gil en la contracara del libro, «Calle luna, calle sol, no es una salsa, ni música para aliviar el alma», pero sí es un mundo narrativo atravesado por elementos populares como los muertos barriales, los diciembres jubilosos, los primeros televisores con parabólica, la modernización de la ciudad, las migraciones forzadas, la droga, además de las tragedias singulares de sus habitantes.

Todo se desarrolla en el barrio El Balso, ese conurbano que muchos creen, pertenece a Pereira, aunque en realidad sea parte de la comuna 1 de Dosquebradas, donde un adolescente llamado Jose (sin tilde) vive de primera mano la complejidad familiar de un hogar compuesto por mujeres (Bárbara, Olga, Francia y otras), y sufre la vertiginosa experiencia de crecer en uno de los sectores más peligrosos de la ciudad, donde un muerto es algo natural, y lo más sobrenatural fue ver la construcción de un viaducto colosal gestionado por un pereirano de zapatos rotos que llegó a la presidencia de Colombia por suerte.

Este es el cuadro, el escenario de fondo de esta novela que contiene muchos elementos transbarriales (si me permiten la palabra), que Gleiber Sepúlveda decodifica, y que no eran solo inherentes de El Balso o el San Judas de los años 90, pues en sectores como Berlín, La Churria, Villasantana, El Dorado, o El Martillo, y otros, la música de Héctor Lavoe, Vico-C, Michael Jackson, las tragaperras, el billar, las minitecas, los primeros jíbaros, el marrano decembrino, o la migración de pereiranos a España, tenían estos eventos como norma (en Pinares, Álamos o La Circunvalar jamás pasó esto), descontando, además, la historia de criminales legendarios y de renombre como El Hongo (Las Brisas), El pecoso (La Divisa), o Matalocas (en Venus) y otros calibanes registrados en fichas del C.T.I y el D.A.S

Como sea, las fronteras invisibles no existían en ese entonces, y en cierto modo tampoco el Estado era garante de paz, ya que la violencia configuró cientos de  sectores periféricos, y todas sus experiencias vitales e internas son ahora el historial de la ciudad, pero también el material que ha usado Gleiber Sepúlveda para contarnos en primera voz, por un lado, y en tercera voz, por otro, sobre cómo se vivía en esa época finisecular, y qué rutinas sociales eran determinantes para el desarrollo social, pintando así un costumbrismo urbano, tal como los tres jurados del concurso lo determinaron, para mostrarnos lo que sucedía tras bambalinas en la sociedad.

Por ello es que Calle luna, calle sol es, sin duda, interesante. Una obra hilada de inicio a fin, con algunos analepsis o flashbacks entre escenas, que obliga al lector a estar atento a la cronología de los hechos o de otra forma podría perderse en la secuencia narrativa. No obstante, los títulos de películas, canciones, y novelas al interior de sus páginas ayuda temporalmente, ya que es fácil rastrear a qué fechas corresponde lo citado y en qué momento atar cabos con las aventuras de Jose.

Por otra parte, hay cosas que observar en el texto, verbigracia, el lenguaje plástico en palabras como tocino frito (chicharrón), merluza horneada (Pescado asado) o cañahuate (Roble amarillo), además de la referencia (no lo llamaré plagio) que se hace del argumento de El Viejo y el Mar de Ernest Hemingway en la página 40-41, o la mención del televisor de 42 pulgadas, comer pizza, ir al cine, o usar cedés, que, en los años 90, eran lujos impagables.

Pero son meras impresiones, digo, pues hay diversas formas de lectura, al igual que existen distintos niveles de preguntas que se hacen al texto leído. Así las cosas, hay que ser sinceros y darle créditos a Gleiber Sepúlveda, por ejemplo, cuando hace alusión a Don Julio, el famoso hombre sin cara que todos conocimos en Pereira, cuya apariencia daba horror, y en ocasiones lástima, y del cual nadie nunca supo nada más; o en Jose, el  protagonista de su novela, que se referencia a esa generación pereirana llamada «Los hijos de la remesa»; y la noticia de los infaltables y primeros y espectaculares suicidas del viaducto (la señora sin empleo, el policía que se lanzó prendido en fuego y otros desencantados más).

Solo atinaré a decir que esta primera novela de Gleiber Sepúlveda es impresionismo urbano, una calle de 184 páginas con luna y sol, que culmina con un final abierto e incierto (Francia se va para España y promete regresar de nuevo), aunque Jose como personaje principal es lo que cuenta, ya que prefigura de antemano el prototipo de los pereiranos o biquebradenses de menos de 40 años, que vivieron situaciones similares.

Finalmente, el autor al ensayar la novela ha conseguido un estilo en ciernes, puesto que desde Del crimen incipiente del juguete rabioso a la máquina criminal de plata quemada (2009) y El fantasma como personaje en la narrativa colombiana (2016), ya deja  ver mucho de la estructura literaria que usa en la presente obra, sin desconocer que esta temática ya ha sido referenciada por escritores tales como Mario Valencia (La dimensión crítica de la novela urbana) Héctor Ocampo Marín, (La ansiedad viaja en buseta), Fernando Romero Loaiza (Me has salvado de mí), y quizá ¡Plop! del docente Rigoberto Gil Montoya.


Calle luna, calle sol (Willie Colón y Héctor Lavoe)

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