La tumba del marinero

“La fantasía de Salgari no es totalmente gratuita, porque, si bien no surcó todos los mares, como afirmaba, nunca dejó de navegar entre libros y bibliotecas para fundamentar sus historias, costumbres y paisajes”
Antonio Priante


El escritor italiano Emilio Salgari, autor de vastas novelas de viajes y aventuras, puso fin a su vida el 25 de abril de 1911 luego de una larga y tediosa disputa con sus editores quienes se enriquecieron a costa de su talento literario. Al levantar el cuerpo, hallado cerca a una colina de Turín, encontraron en su bolsillo derecho el crudo testamento dirigido a ellos: 

«A ustedes que se enriquecen con mi piel, manteniendo a mi familia y a mí, peor que en una semimiseria, o aún más, solo les pido como compensación a los beneficios que les he dado a ganar, que paguen mis funerales. Los saludo, destrozando la pluma.» 

Dos años antes de su deceso, este artista a destajo escribiría su autobiografía titulada Le mie memorie, (originalmente La Bohème italiana), un libro que no era tanto un testamento como una catarsis literaria, donde confirmaba el trágico debilitamiento de sus recuerdos y el drama de la soledad humana a la que se veía abocado. En su juventud, a falta del diploma para navegar, se había embarcado en la goleta «Italia Una», a cargo del capitán Varak, donde llegado a Asia, conoce y comparte aventuras con los tigres de Mompracén, fieros malayos, y con el famoso Sandokán; el mismo Sandokán, que muchos de sus lectores creían que era un simple personaje de ficción.

En este primer viaje a Oriente está embriagado de juventud y de nuevas experiencias. No le importa alimentarse durante un tiempo de bayas y «Sandor», un zumo azucarado extraído de una palma selvática. Sufre penalidades en la India, y en el Sudeste Asiático con tal de vivir de primera mano las experiencias que luego serían material para sus libros de corsario desbocado. Su tierra es el mar, y el cielo, las historias que escribe con la última gota de tinta, sudor y creatividad. Todos estos sucesos que le acontecen son el material de hilatura de la mayoría de sus libros. Como él mismo afirma.

En pocos años de vida marinera había reunido una infinidad de impresiones: los hechos de que había sido protagonista eran suficientes para constituir un magnífico desahogo a mis ansias de aventuras. ¿Qué más podía desear? 

Luego de navegar varios años con europeos, asiáticos y africanos, regresa a Italia y decide incursionar en el periodismo para desahogar sus impresiones, sin embargo, se encuentra con un dilema moral. Si había escrito sus primeras obras por amor al mar, ahora debía cambiar pan por páginas para los editores italianos que usufructuaban con sus libros y aprovechaban su popularidad. Así empieza el drama del marinero.

Es verdad que Salgarí ha viajado mucho y es un ánfora llena de ideas, de personajes, escenarios y vivencias que no puede contener. Su madre, Luigia Gradara, lo anima para que narre sus pericias, pero vacila en primera instancia, ya que su vida de pirata lo ruborizaba en extremo. Luego de meditar el asunto escoge un destino incierto y oscuro como el mar Adriático: va a escribirlo todo. Conoce bien el mercado de los libros en Italia y sabe que las tiendas están llenas de novelas románticas que feminizan el espíritu de los jóvenes, así que decide darle a su generación una imagen diferente de la literatura. Hará los mejores libros nunca escritos, ya que escribir es viajar sin la molestia del equipaje.

Mientras forja esta idea y trata de conseguir un estilo que usará a modo de fórmula, sigue dando forma a sus aventuras, organiza las secuencias, los sentimientos, los diálogos, los paisajes, la acción de sus narraciones. Los únicos límites con los que choca son el tiempo, el espacio y los editores. Así emprende otro viaje al interior de sí mismo: decide escribir novelas, justificando que templarán la juventud italiana.   

Me ensimismé en el trabajo con el mismo frenesí con que me había entregado a la vida marinera. Redacté apresuradamente muchas notas sobre los lugares que había visto y conocido, sobre el desarrollo de los hechos por mí vividos y la ampliación novelesca que de ellos se sacaba. 

Comienza a escribir su primer ciclo titulado Piratas de Malasia, donde, por entregas, redacta Los misterios de la jungla negra, un trepidante relato exótico de misterio en la india occidental y da forma a Los tigres de Mompracem, que más tarde le entrega fama, pero no fortuna. Mientras se concibe como novelista, lo entusiasma la idea de continuar siendo periodista, y por eso decide incursionar como redactor del diario veronés Arena, no obstante, encuentra oposición del periódico rival Adige. Los editores de este medio rehúsan dar crédito a tales aventuras del marinero de agua dulce, como llamaban a Salgari despectivamente, y lo menosprecian por tener una prosa fantasiosa y artificial.

Es conocida la historia del Café Dante, donde Salgari encuentra a un periodista que lo mira burlonamente. Salgari se acerca a su mesa, y en tono irónico le pregunta si su gesto es una invitación formal. El hombre deja su bebida y asegura que no pretende darle una explicación a un marinero de agua dulce. Salgari, orgulloso de sus aventuras y con la fuerza de un Sandokan lo abofetea, lanzando al redactor fuera de su silla, y extendiéndole una invitación a un duelo de caballeros.

Su progenitora Luigia Gradara intenta convencerlo para que desista de tal disputa, pero su hijo alega que su honra como periodista está en juego. Este evento se convierte en un polvorín, y el día señalado, ambos escritores se enfrentan a duelo, no con pistola, sino con sable, no sabiendo el periodista de Adige que Salgari era un experto en la esgrima. El resultado es inesperado. Salgarí le causa heridas considerables en el cuerpo y la cara a su adversario. Días después recibe una demanda penal desde Venecia por daños físicos y es confinado a cincuenta días de prisión en la fortaleza de Pershiera, que los cumple en juerga y narrando historias a sus carceleros.

Emilio Salgari es un hombre de gran temple. Un italiano orgulloso de su país y un escritor que comprende que el mundo no puede vivir sin historias y sin adrenalina. Arthur Cravan, sobrino de Oscar Wilde, había dicho puntualmente «para vivir y escribir hay que ser un caballo salvaje,» de esta forma Salgari hilaba su vida hasta que se agotaba el material, ora como pirata, ora como pendenciero, ora como periodista, ora como un simple mortal sujeto a penalidades. No hay duda que este consideraba la vida como un extraño don, y sus privilegios, en suma, peligrosos. Ser espectador no lo satisfacía, y no le era posible, en su vida privada, ser aplaudido por sí mismo.

Así decide pausar el periodismo para ir al encuentro de otra empresa más azarosa que el mar, el amor. Se concentra en una actriz de teatrillo que gana rápidamente su corazón, y quien no duda en confesarle que desde pequeña sentía temor al leer sus historias. Salgari decide preguntarle sobre esto, pero Ida Peruzzi, a quien apoda Aida, como la heroína de Verdi, afirma que tal sentimiento había nacido a raíz de la publicidad de la novela los Tigres de Malasia, donde un par de tigres devoran violentamente a dos negros. 

Ese extraño encuentro sería el comienzo de una relación que termina en un matrimonio, cuatro hijos y un deseo inconmensurable por escribir de nuevo. Los editores saben esto y no dudan en querer representar su pluma e imprimirle. Aunque es una etapa feliz, el escritor y viajero italiano considera que aquellos contratos firmados con las editoriales contienen condiciones lastimosas y humillantes. 

Ya pueden imaginar; tres mil míseras liras anuales era mi estipendio; y tenía que trabajar indefectiblemente día y noche para ganar aquella cifra, porque mi contrato me obligaba a entregar tres volúmenes al año. ¡Una verdadera monstruosidad! Sin embargo, las exigencias de la familia me imponían aquella inmensa tortura. 

Se siente preso de sus escritos y de su círculo de responsabilidades. Percibe muchas ventas en el mercado literario, pero pocas ganancias personales. Por el momento no prevé un futuro alentador, ni siquiera visualiza una mísera herencia para dejarle a su familia. Se lleva las manos a la cabeza, pensando constantemente cómo obtener más dinero para comprar pan y medicinas. Sus noches existenciales se ponen oscuras, más oscuras de lo normal, es más, vive una gran y enorme noche. Hay que ser realistas, este italiano escribe más que Honore de Balzac, y se tortura de igual forma al tratar de entregar sus textos a tiempo a las editoriales.

Las noches insomnes me abaten más allá de mis fuerzas. He luchado con mi tenacidad habitual: siento que mi cabeza no funciona; el cerebro se ha secado antes de tiempo y, sin embargo, debo continuar: la familia tiene necesidad aún de mi inspiración, de mi trabajo agotador. 

A diferencia de Balzac, Salgari no gusta de placeres mundanos, o al menos no tiene tiempo para un vicio impune. Solo fuma, y fuma cien cigarrillos al día, mientras cuestiona el fin último de la escritura. ¿Para qué?, ¿Por qué? ¿Qué obtengo con esto? Pero al pensar en las responsabilidades familiares, su cabeza se aclimata.  La ceguera, como a todo escritor consagrado, lo invade lentamente. Siente un manto oscuro que cubre su vida y no ve un amanecer claro. Teme lo peor y en un ataque de locura y desesperación se propina una puñalada en el pecho sin lograr ocasionarse la muerte.

Su familia preocupada por este hecho decide estar pendiente de su salud mental. Salgari les pide perdón contantemente por intentar matarse. Sabe que el tomar tal decisión egoísta puede quitarles el pan, además de la dicha de estar con ellos como padre, esposo o hijo. Pasado el tiempo su esposa Aida enloquece. El escritor de los siete mares, el narrador de aventuras más feroces e intrépidas que las de Simbad, Stevenson, o Burton, siente que ya no tiene piso debajo de sus pies. Amargado y sopesando todas las situaciones personales y familiares, se despide de sus hijos con ternura, no sin justificarles la decisión que vuelve a considerar, esta vez, de manera definitiva.

Que estas palabras sirvan de testamento: nada poseo, nada puedo dejaros; solamente mi recuerdo. Pero he dado a la Patria alguna cosa… ¡le he dado mis novelas!

Si en su mundo literario, una burbuja le refleja el universo, en otro instante esta se revienta en el aire para dejarlo sin nada y sin nadie. Así el marinero de altamar, el éxota, termina sus días desencantado, abatido, repasando las escenas de su vida como en una pantalla de cine. Se dirige a una tienda cercana a comprar un cuchillo. Sin vacilar, presa de sus angustias y la suma de sus tragedias, se dirige a las afueras de Turín en su villa Madonna del Pilone y pone punto final a la novela de su vida con un ritual japonés llamado Seppuku.

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