El diario de Gracia Vidal

“El amor es la historia de la vida de las mujeres y un episodio en la de los hombres.” 
Madame de Staël 


A estas alturas uno ya no sabe qué pensar. Cumplir cuarenta años ya suscita el dicho: «¡Uy! Ya subió al cuarto piso». Ni modo, hoy en día no hay casas de cuatro pisos, y si las hay, los pobres no viven allí. ¡Ni que fuésemos familia de Ardila Lülle! Mejor dicho, junto a la edad llega la capacidad de reflexionar más y ser precavida al extremo. Antes eso no era así. Por ejemplo, ahora para hacer el amor, hay que cerrar ventanas, subirle el volumen al televisor, mirar que los niños estén acostados (si acaso los tiene) y que la cama tenga los tornillos bien puestos. ¿Qué se durmió Pancho? Bueno, en otra ocasión será. ¡No! En mis primeros abriles cualquier lugar era un colchón, cualquier excusa era un sí y toda posición era arte puro. Ni qué decir de los perfumes, o de los regalos que ahora sabemos, no eran simples detalles inocentes.

¿Ya ven cómo la edad cambia las cosas? Pero ya, ajá, no es para tanto, porque cumplir años es como tomar veneno en pequeñas dosis para inmunizarnos contra el dolor de imaginar la muerte, agrandar los problemas, o irritarnos porque los gatos se engrescan en el tejado, sin embargo, a cada cosa, cada grito, o cada zapato. Depende del contexto.

Esto de llegar a los cuarenta para algunas es una crisis. ¡Ya está! ¡Ya está! Dejémonos de vainas. Tener ocho lustros es lo mismo que tener cuatro lustros, o se es feliz, o simplemente se deja pasar la vida. Todo depende de cómo afrontamos las situaciones y aprovechamos los momentos. Con Pancho, por ejemplo, compramos constantemente vino barato de ese del D1 y la rasca nos sale cara. Como sea, con estas réplicas de Gato Negro o Casillero del Diablo (¡Válgame Dios qué sean esas aguas moradas!) hablamos de todo, incluso, hasta recreamos el lenguaje de los niños y también lo que haremos después de muertos. No, no, no son cosas de viejos, son cosas de humanos hablar sin rienda, y luego, el lamento por haber metido la pata.  

Conversar es una catarsis, dicen los psicólogos, esos que cobran por oír y que mandan a hacer las cosas más extrañas a sus pacientes. Yo a esta edad no iría ni al psicólogo, ni donde el cura, ni donde la señora que vende servicios funerarios. A los tres los tengo en mi lista negra de gente que no quiero visitar alguna vez por ninguna razón voluntaria. La vida debe transcurrir y eso lo hacemos hablando, rezando o viviendo entre los demás. Por favor, no me tomen por señora loca o existencialista, o no me confundan con esas que se aficionan a leer a Carolina Sanín, releen a Eduardo López Jaramillo, o cantan a todo pulmón «Aquí mando yo» de Kali Uchis, en fin, es que no puedo librarme de una frase que aprendí del profesor de sociales sobre los cumpleaños: «No es un año más que tenemos, sino que es un año más que se nos va». Decía eso una y otra vez para no felicitar a nadie en el salón.

El viejo ojiverde (que lo sacaron del magisterio por acosar escolares) sabía cositas y sabía hablar, y por eso prefirió enseñarnos la historia al revés y jodernos el conocimiento. Cosas como que Simón Bolívar era gay y había muerto de SIDA, o que el expresidente César Gaviria había sido mariachi de quinta en la quince. Claro, estas cosas sí las aprendimos de memoria porque el chisme con humor entra, pero hoy debo leer de nuevo para quitarme esas sepas de información que nos desinformó, aunque venga, lo que sí era cierto, era que Gaviria gobernaba con los zapatos rotos. En fin. De eso se trata entender el peso de los años, en saber que somos el tiempo que nos queda, las experiencias que vivimos, los rumores de las redes sociales que nos configuran.

Pancho no entiende nada de esto. Y no debería hacerlo. Su profesión de ingeniero en Megabús no le da para tanto. Antes era un león en todo el sentido de la palabra y ahora es una simple oveja que se detiene hasta en la cebra para darle paso a los carros.  No lo culpo. Vivir entre tanta gente es como estar en un molde de pan colado. ¡Recristo! ¿Estas digresiones serán propias de mi cuerpo cuadragenario o del clima de Pereira? Bueno, de eso ni hablemos. Lo que sí quiero decir es que compraré un vestido hermoso para que Pancho sepa que la edad no significa nada, que sigo teniendo más curvas que ir a Pueblo Rico, aunque algunas amigas se quejen de que sus esposos no se enteran cuando ellas se hacen el cabello, se maquillan, o cuando tienen un bolso nuevo.

Pancho se entera hasta si tengo una pestaña extra. No es que sea celoso, (no lo culparía si así fuera, es hombre) por supuesto, sino que él sabe que la juventud y el amor es un proyecto para la vejez (en eso si es inteligente panchín). Nadie contrae matrimonio pensando en separarse. Obvio no, sin embargo, obviar los detalles supone el fin del sexo y del amor. ¡Serviciudad puedo contarle los servicios a cualquiera! Venga, usted entiende. Pancho por su lado no tiene ese problema, pues confía más en mí que en el dinero, aunque la vieja bruja de mi suegra, piense que en algún momento yo me iré con otro y que las mujeres no son de fiar, y que hasta detrás de la puerta podemos….

¡Bah!, quizá por eso don Mateo la cambió por una señora de menos años, porque quién se aguanta a una persona prevenida todo el tiempo, como si el casamiento, o el ajuntamiento, sea el equivalente de dos extraños vigilándose el uno al otro. El amor no es un contrato, sexo no es sociedad, comer juntos no es instinto de manada. A esta edad ya la cosa no da como para andar reflexionando tanto, aunque como dije, hay asuntos que cambian y el saber leer eso nos libra del analfabetismo emocional. ¿Que si extraño hacer el amor a lo bestia, a lo salto del tigre, en el motel “DondeRosa”? Sí. Pero no me quejo. Con Pancho hacemos el amor con las palabras, con los sonidos, con el pagar la factura de la luz, el agua, el internet, y mejor paro acá porque hoy en día todo vale dinero, incluso lo que no tiene precio.

Estos cuarenta años me están pegando en la boca. No hay retroceso. La vida no tiene espejos direccionales, por eso ya perdoné a Pancho de que no tuviéramos hijos, al fin y al cabo, ese crimen jamás me lo hubiera perdonado. ¿Para qué pasarle el sufrimiento a otro ser? Admiro a quien los tiene, pero la crianza siempre será un arte y un acto de fe. Los hijos se van… Se me está calentando la plancha del cabello y el timbre no para de sonar. Este es el primer día de mis cuarenta. ¡Oh, Gracia! Bienvenida al estrato cuatro.


Gloomy Sunday

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