Homero, Nirvana y la Liendra

«El papel de un comediante es hacer reír a la audiencia, al menos una vez cada 15 segundos.»
Lenny Bruce


Sin anestesia, debo decir que los llamados Influencers no pertenecen, en ninguna forma, a la llamada Cultura general. A lo sumo, serán extensiones del mundo digital, productos de la espuria moda popular, o acólitos de la mercadotécnica influyente, pero no un clúster cultural como tal. Sabemos que mientras estos ganen ingentes cantidades de dinero por sus publicidades, tal asunto les trae sin cuidado, y precisamente ahí es donde radica el sinsentido de estos ídolos digitales, pues si suponemos que una vida tiene un propósito al ayudar a los «otros», o al dejar un mensaje a la humanidad (como los grandes de la historia), los denominados Influencers ni tienen influencia, ni están dejando algo valioso en los demás, salvo, atraer la atención hacia sus propios ombligos.

Ese mismo yo, que precisamente fue delicioso en tiempos pasados en literatura, ahora se ha desplazado a la razón digital, e igual que la política, o la religión, nadie sabe qué mueve a la gente a tomar decisiones irracionales o desear ser ese “otro” que ovacionan. Será acaso ¿un pelo pintado?, ¿unos senos masculinos?, ¿derribar estatuas?, ¿tatuar cerdos?, ¿hacerle bromas a la mamá? Pero pausa, porque igualmente cabe la objeción que ser influenciador no es solo esto, sino también de convertir un terso rostro, un esbelto cuerpo, o una cristalina voz, en el objetivo de una marca comercial, o una figura pública que lleva al rebaño a comprar, vender o intercambiar productos o servicios por la red. Estamos de acuerdo. De ahí entonces que reflexionemos: ¿qué sería un influencers sin su celular o su cuenta de Instagram o Tik Tok? Es más, ¿en qué se convierte un ídolo digital luego que dejan de llegar los “me gusta”? o ¿puede vivir alguien tras la pantalla sin la sensación de los miles de ojos, orejas y dedos de sus seguidores?

Por esto y otros detalles más risibles (o banales), es que justifico que estos no pertenecen, ni podrán pertenecer a la Cultura general, antes que a ese mundillo digital que muere al desconectar el internet. Como sea, un influenciador es una persona que decide deliberadamente sacrificar una parte de sí misma, para conseguir que la vida le sea soportable. Pero hagamos justicia, ya que tener un programa en cualquier plataforma virtual es una manera de ganar dinero, recibir influencia, llegar a ser alguien, aunque miremos otra arista del asunto.

Me refiero al capitalismo, ese sistema que se impuso en casi todo el globo, cuya faceta de cosificar es el lado menos conocido, aunque (paradójicamente) el más preferido a voluntad por el comercio y los artistas. Así entonces el asunto toma sentido cuando abordamos, lo que en arte y finanzas se llama «La economía de la atención», o el fenómeno de escandalizar, generar clics hacia un link, invertir tiempo viendo algo que entretiene pero que en el fondo se repudia, y convertir en adictos del teclado a los cibernautas, que, ávidos de placebo, gravitan entre nuevos contenidos creativos elaborados por los influencers. No olvidemos otra estrategia engañosa y mecánica del marketing de estos mismos influenciadores denominada: «Clickbait», cuyo «anzuelo», como el mismo término en inglés lo refiere, son títulos en clave de pregunta que generan inquietud y curiosidad: “Descubriendo el secreto de la Nutella”, “El tiktoker Dan Sur se puso pelo de oro”, “Mujer zombie en Estados Unidos”, “Mi mamá me pilló con mi prima”.

Dejando en claro esto, qué sentido tiene que Jay Tomy haya dado paletas de jabón a un pobre anciano, o que la Liendra, quiso pagarle a un joven para que, literalmente, se comiera sus mocos, o grafitear bienes públicos como Epa Colombia, o… (y otros muchos o.) Aunque reformulemos las preguntas: ¿Por qué a las personas les gustan estas trivialidades? ¿Son conscientes de hacer famosos y ricos a gente estúpida sin ningún mensaje trascendental para la humanidad? ¿Es el internet el fin de la historia? ¿Del héroe homérico al Fake famous?

No estoy de acuerdo con la definición de que un Influencers sea una persona con credibilidad sobre un tema concreto (manejar una temática trivial no significa ser especialista en nada); pero sí comparto la idea de que estos sean vehículos, transmisores, prescriptores de marcas comerciales, demostrando con esto la verdadera naturaleza de esas personas que se presentan, sin nada de inteligencia y distorsionando el lenguaje, hablando sobre cosas sugeridas (y buena según ellos) que se deben comprar. Pero ahondemos más, pues es sabido que, en la superabundancia de información, en una sociedad atrapada por los datos y estadísticas, en un tiempo donde todo, aparentemente, ha sido descubierto, el aburrimiento de las masas es la norma. De ahí que recordemos el eslogan del Kurt Cobain en su icónica canción «Smell Like Teen Spirit»:

“Here we are now, entertain us

I feel stupid and contagious

Here we are now, entertain us”

Un diagnóstico preciso de lo que sería el nuevo milenio, aburrimiento, desidia, falta de sentido, pérdida de la memoria histórica, inauguración del bathos, es decir, del humor patético pero gracioso, o el intento divertido y fallido de mostrar grandeza artística. Todo está al revés, o a las brújulas les fallan las agujas, pues incluso las jerarquías laborales enloquecen, ya que no son verticales, ni horizontales, sino rizomáticas, es decir, se quiebra el patrón de perseguir la zanahoria durante toda su vida, y ahora jóvenes de menos de 30 años, ya pueden ser llamados multimillonarios, superestrellas, o simplemente Instagrames, Youtubers, Tiktokers, o víctimas del internet.

No se ha parado de demostrar que los valores sociales cambian, y si antes la fuerza y la sabiduría era un requisito para crear líderes, valientes, visionarios, aguerridos, ahora esto ha cambiado, pues apelar a las emociones es hoy la regla y solo así puede alguien convertirse en un Influencers, o en un fallido ídolo digital, que nada tiene que ver con lo cultural o lo transcendente. Los verdaderos formadores de valores culturales y de opinión pública, seamos sinceros, son los publicistas, y este es el verdadero terror que se siente de cara al milenio.

2 comentarios sobre “Homero, Nirvana y la Liendra

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