El gusto literario de las obras risaraldenses

«En la provincia (sociedad cerrada) se leen los mismos libros de otra manera«
Jaime Mejía Duque


Es cierto que en nuestra región tenemos productos literarios de calidad, que, para evitar el sonsonete de títulos, la mayoría de los académicos e interesados conocen. De estas obras escriturales, que van desde inicio del siglo XX cuando Risaralda no era un departamento en sí, hasta nuestros días, con trabajos de investigadores de renombre y escritores emergentes, se han compilado títulos y temáticas, pero poco se ha abordado el asunto del Gusto Literario, es decir, de ese fenómeno del cómo y por qué leemos (y leían) producciones locales con el mismo espíritu de preferencia por una obra literaria de carácter universal. 

Por supuesto, el tema no es enteramente problemático, ya que la subjetividad del lector está por encima de los intereses del editor o el impresor, sin embargo, para ser íntegros con la literatura departamental y no solo bordear obras específicas, vidas de escritores, o influencias estilísticas, es fundamental comprender el asunto del gusto, las preferencias lectoras, o los modos de acercamiento a un género en específico, y esto, teniendo en cuenta, que nuestra tradición literaria ha tenido sus etapas, que si me permiten, van desde la novela, la crónica, el reportaje periodístico, la poesía, y en últimas, el ensayo. Una línea literaria en el tiempo que no es indiscriminada, sino que parte de ciclos y fechas concretas, y descansa en nombres y momentos específicos en Risaralda.

Fuente: Identidad Pereirana.

Comprender pues, sobre qué se basa los gustos literarios en la región, hay que verlo entre la proporción histórica y sistemática que han realizado académicos como Mauricio Ramírez, Jaime Ochoa, Rigoberto Gil, Cecilia Caicedo de Cajigas, César Valencia Solanilla, y demás.  Investigadores que expusieron el desarrollo de la literatura regional, con su paso de lo simple a lo complejo, con las ramificaciones de géneros particulares que han aparecido y se han mantenido, y otros que se han extinto en el camino, y esto, no como un intento de dogmatizar lo literario, más que presentar un recorrido por la asombrosa aparición del milagro de las artes, la juventud, la madurez y el agotamiento de cada ciclo escritural en Risaralda.

Así entonces, agrupar autores o compilar títulos literarios, no es, bajo ninguna forma, catalogar, antes bien, es una demostración de que la vida literaria se asemeja a la naturaleza, es decir, tanto allá, como acá, existe el principio de representar la existencia por medios artísticos. Aún así, en el mundo letrado de Risaralda, (en su trasegar histórico) no han sido los géneros, ni las obras, ni los autores los que se han combatido unos a otros, sino las tendencias, los gustos literarios. El que haya existido un cenit en la crónica periodística en el departamento, y que declinara rápidamente a causa de medios que aparecían o desaparecían, es una mera apreciación, porque los libros no deciden por sí mismos, sino que quienes juzgan y aceptan su duración son los lectores.

Fuente: Identidad Pereirana

Por esta razón considero que lo literario no participa del cambio de las formas o de lo pasajero, ya que las letras poseen ese dejo de universalidad que trasciende, y donde los actores literarios risaraldenses no constituyeron la excepción. Es más, lo literario no es un fenómeno aislado, pues en él encontramos el gusto por conocer la realidad circundante de las cosas, las personas, y las ideas. De ahí que sea difícil explicar entonces por qué Ricardo Sánchez era tan leído y solicitado en su momento, y hoy apenas se lea gracias a reediciones y premios de concursos literarios, o que la afición a leer a Libardo Gómez Gómez, a Falosa, o a César Augusto López Arias, haya decaído de cara a una nueva generación. Sin embargo, no hay que caer en abstracciones, ya que para demostrar esta ruptura es necesario mimetizarnos con los inicios literarios de la época, la necesidad de información o los productos de entretenimiento cultural.  

De manera que es evidente la existencia de una brecha generacional enorme que nos separa de un título como Rosas de Francia de Alfonso Mejía Robledo, y Silicona de Jaime Andrés Ballesteros, o de un poema de Lisímaco Salazar a uno de Mariana Ospina. Es cierto que los productos literarios son hijos de su época y sus circunstancias, y la popularidad de los mismos depende del autor, la influencia, las relaciones sociales, no exentos de que se mantengan en el imaginario de los lectores o se archiven en baldas empolvadas de bibliotecas extáticas. Lo anteriormente expresado se sobreentiende, se combate, o se incentiva, por un fenómeno espacial y temporal llamado: el gusto literario, cuya pregunta introductoria sería ¿en qué medida el estilo de un autor es requerido o aprehendido por una comunidad lectora? La complejidad del tema nos asecha, porque quien sepa leer la sociedad de turno, podrá captar con creatividad el pensamiento colectivo del momento para afirmarlo en los gustos literarios.

Fuente: Identidad Pereirana.

Por ende, si tal captación del espíritu de la época infunde vida a aspectos variados del arte como literatura, música, pintura o teatro, no hay que exculpar a la crítica cuando esta pregunta el porqué de los gustos literarios y cómo tales formas literarias fueron preponderantes en su momento. No hay duda que no se puede separar tal fenómeno de lo social, ya que la historia de la literatura es la historia de las ideas y sus convenciones sociales. Por lo tanto, dilucidar el sentido del gusto, nos lleva a otra pregunta ¿en qué medida corresponde el género tratado en una etapa de Risaralda, a una necesidad intelectual interior? La literatura fue un sismógrafo que registró (y registra) las variaciones del estado de reposo o agitación del departamento y sería en el periodismo donde el sentido por aprehender, disfrutar y difundir lo leído toma inicialmente su forma. Una muestra está en las primeras ediciones de El Diario (años 20 y 30) donde personajes como Rosario Sansores ya deleitaba con pequeñas historias a grandes públicos, o los sonetos indigenistas de Gonzalo Uribe Mejía que se publicaban con la pretensión de espiritualizar la realidad a través de la poesía y la narración.

Sin embargo, no asociemos estas manifestaciones escriturales demasiado simplistas a una época y sus necesidades lectoras, pues en otras regiones las había de igual manera. Solamente que tales expresiones literarias consolidaban el gusto lector que empezaba a ser producido por un grupo de escritores en el departamento, mayormente empresarios y jefes políticos para un público social emergente que podía comprar un periódico, un pasquín, o una noveleta. Si hemos entonces de considerar el estilo literario que se gestaba desde imprentas y publicaciones como una encarnación del gusto que tomaba forma paulatinamente, hay que comprender pues, de qué se trataba ese momento social.

Fuente: Identidad Pereirana.

¿Pero cuál era la expresión directa de la época o la realidad social y cultural del departamento? Evidentemente al referirnos a expresión directa, hay que tener en cuenta que la comunidad literaria de Risaralda, estaba más o menos adherida cierto grupo cultural dirigente. Podría referirme a la Sociedad de Amigos del Arte o a la Asociación Procultura de Pereira, quienes, en su afán capitalino de sistematizar la cultura, abrían convocatorias para rescatar inicialmente la historia de la ciudad y el departamento y así obtener una clara y distintiva identidad artística. Lo que pretendía aquel círculo reducido de profesionales-amateurs, era darle vida literaria a la «ciudad prodigio». Ciudad cabeza de un nuevo programa político que se consolidaría recién en 1967 con bambucos de Luis Carlos González y demostraciones chauvinistas de Nicolás García o familias de apellidos reconocidísimas. Y en ese intento histórico y cultural figuraban nombres claves como Francisco Monsalve, Miguel Álvarez de los Ríos, Pedro Benítez, Yolombó de La Vega, Jaime Jaramillo Uribe, Ricardo Sánchez, Lisímaco Salazar y otros. Pero hasta el concepto de la historia, o el incipiente periodismo en la región, se prestaba a varias interpretaciones, ya que, si nos referimos solo a un conjunto de hombres, de instituciones y medios de comunicación que recreaban el momento vital, dejaríamos excluidos la literatura y la ciencia.

Tengamos en cuenta esta situación de departamento a inicios del siglo XX cuando comienza a abrirse a una identidad cultural que desea trascender. La imagen y valoración que se forja, las normas culturales que se instauran, son en ese entonces muy distintas del gusto literario del Quindío o de Caldas que ya tenían un recorrido amplio y dogmático. Menciono estas ciudades por ser parte del gran drama de la Mariposa Desmembrada, cuyas visiones tripartitas de lo literario siempre estaban en férrea oposición en cuanto a la forja que debía darse a la cultura interina de cada departamento. Pero la posteridad terminaría por desencantarse por una posición u otra, bifurcando en sus diferencias la concepción de el gusto literario, y extrapolando autores de un lado y otro. Así Bernardo Arias Trujillo, es reclamado por Risaralda, por su novela y su influencia en La Virginia; el poeta Aníbal Arcila es adherido al panteón de poetas de Caldas, cuyo suicidio fue el sello distintivo del creador apasionado y olvidado; y Lisímaco Salazar influye desde el Quindío en la Villa de Robledo.

Fuente: Identidad Pereirana.

En esa línea, pues, el espíritu de la época era dominado, mayormente, por un grupo aristocrático o poseedor de los medios de difusión cultural, lo que no intimidaba, pero sí daba ventaja y moldeaba el sentido de la cultura, porque Risaralda fue rural hasta la mitad del siglo XX, y sería desde ahí que los arrieros, los cafeteros, las lavanderas, los emboladores, y otro grupo de personas con roles laborales asignados, también serían parte de la cultura, pues sin ellos, no podía haber crónica, ensayo, reportaje periodístico y novelas, llegando a ser estos portadores de fecundas ideas y de metas culturales apropiadas por los creadores literarios. Con todo esto, hasta el más culto de entre la clase obrera, no dudaba en proferir que la capa dirigente eran los poseedores de los medios masivos y de la influencia cultural del momento, quienes, a su vez, imponían el gusto literario de la época. Por supuesto, la falta de interés de este grupo social les alejaba de las dimensiones espirituales de la literatura, y con el pasar del tiempo consolidarían la ciudad como un territorio comercial, fenicio, de transacciones y servicios financieros.

Esta breve reflexión pone sobre la mesa un hecho fundamental: no existía un espíritu de la época, sino que había, por decirlo de alguna forma, una colaboración inconsciente, entre varios espíritus o capas sociales, que paulatinamente fueron configurando lo literario. Grupos totalmente diferentes con distintos ideales, cuya influencia, o contacto directo o indirecto de estos con el arte, fue quien a la larga determinó la multitud de circunstancias que influyeron en el gusto literario por las obras risaraldenses de ayer y de hoy.

2 comentarios sobre “El gusto literario de las obras risaraldenses

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  1. Existen tantas maneras de leer como lectores. En Pereira ciudad abierta, pluricultural más allá de lo que llaman paisa, lugar de múltiples hipermediaciones, con familias donde una masa crítica tiene experiencia internacional; aquí y en estos años, abordar visiones acerca de la lectura es un gran desafío. En los tiempos cuando leíamos la Mesa Redonda de César Augusto Lopez Arias, tenía el atractivo de su brevedad, su mirada punzante y su actualidad. Actualidad de sus días que hoy no es el asunto. Bernardo Arias con Risaralda se hizo visible por los maestros, no creo que por si mismo. Recuerdo aquellos días cuando se vendía la colección Salvat o Aguilar en los puestos de revistas. La gente los compraba, nos formamos con esas colecciones, aún veo en las casas esos libros, y «Estaba la Pájara Pinta» se llegó a leer porque Colcultura entró en ese formato y con el patrocinio de Esso publicaba libros de muy bajo costo y en los municipios la gente los leía. Y mejor no me alargo.

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