El Flaubert de Ricardo Cano Gaviria

«¿No significan las “cartas entreabiertas”
una renovación de la fe en la razón y en las razones?»
Julián Marías


«Yo, Gustave Flaubert…» (2021) es uno de los libros más sensibles que conozco, y quizá, una de las correspondencias más íntimas que haya leído con avidez. El reciente título, emitido por Sílaba Editores (Medellín) en 158 páginas, es toda una novedad por cuanto Ricardo Cano Gaviria, traductor y experto en clásicos franceses, nos ha recreado un epistolario sincero, altivo, tierno, lleno de sospechas y confidencias, y cuyos remitentes (y por ende destinatarios), son dos personajes históricamente dispares: la colombiana Carolina Tovar Merizalde y el francés Gustave Flaubert.

Y digo dispares, porque la correspondencia clásica es común entre escritores, o en su defecto, entre diplomáticos, pero en esta ocasión las cartas que intercambian estos dos espíritus no se dirigen más que a ellos mismos, desplegando entre hojas una timidez soberana depurada que comienza con el arrojo y termina en admiración literaria, no sin comprometer esa pasión angustiosa de esperar una carta y asimismo responderla, además del problema de distancia e intereses que separan a ambos personajes, pues por un lado, Merizalde insiste en preguntar por Emma Bovary; y por el otro, Flaubert solo desea conocer algo sobre el país exótico de El Dorado.

Pero hagamos una pausa para tranquilidad de los flaubertistas, porque esta correspondencia es una ficción elaborada por uno de los últimos escritores que profesan un fervoroso credo por la literatura, y que, gracias a su trashumancia conoce mejor, y de primera mano, el arte de escribir cartas, me refiero al ya mencionado escritor antioqueño Ricardo Cano Gaviria, quien, exiliado de Colombia, y gracias a su propuesta estilística, ha recreado dos personajes ficticios y afrancesados, (El Flaubert de Cano es un magistral pastiche), que solo pueden existir entre las cartas, los giros lingüísticos y los pliegues literarios, aunque el editor francés, un tal G.D, que prologa la obra, y el editor colombiano, el señor C. M. Samper Uribe, que escribe el colofón, intentan confirmarnos su veracidad: «Se trata de una correspondencia insólita, privilegiada, destinada a brillar como una palpitante estrella  en el horizonte cultural.»

Y justo aquí está la magia, pues una correspondencia ficcionada no significa, en lo esencial, menos importante, ya que el soneto «Correspondances» de otro francés, Charles Baudelaire, nos arroja siluetas sobre el efecto natural que producen las cartas entre los interlocutores:

“La Natura es un templo de vívidos pilares
donde a veces se escuchan las confusas palabras
y el hombre se encamina por florestas de símbolos
que lo observan despacio con ojos familiares.

Cual prolongados ecos que a lo lejos confunden
las tenebrosas sombras, la profunda unidad
vasta como la noche, como la claridad
los perfumes, colores, sonidos se responden.”

Un poema que afirma que el «traductor» y el «descifrador», deben interpretar las cartas que contienen una mezcla de colores, perfumes, sonidos, como un efecto, que en el fondo no es nada más que un juego, o un excelso arte romántico donde participan dos almas misteriosas que se fusionan en una unidad profunda e idílica. Sobre esto, ya enfatizaba Goethe que el aliento vital más hermoso e inmediato, es la correspondencia leída y releída. Cartas que van y vienen, y que en sí, constituyen un género literario en vía de extinción, pues esta costumbre de grandes espíritus, que parte de los griegos, y llega hasta la actualidad, ha sufrido un cambio drástico porque hoy no se redactan cartas sobre papel y con tinta fresca, sino que un simple tecleo electrónico ha emplazado esa sublime actividad.

Así entonces, esta correspondencia ficcional publicada por Sílaba Editores, está cobrando interés entre los lectores cultos, y esto, gracias a un diálogo improbable y fecundo, donde los interlocutores logran expresar sus verdades, no sin el arrojo de Carolina Tovar Merizalde, quien decide primero romper el cerco íntimo de Gustave Flaubert al escribirle: «¿Puede una mujer soltera, sin desdoro de su reputación, confesar al autor que acaba de leer y que admira el deseo que tiene de conocerle, aunque solo sea de forma epistolar?» y tres meses después el francés  responde: «Comienzo por felicitarla por el buen sentido con el que ha sabido enfrentarse a una de sus dudas». Y como consecuencia aparecen doce cartas más en esa reciproca dirección íntima, dos cartas adicionales de Theóphile Gautier, amigo de Flaubert, y una última que constituye el canto de cisne de la señora Carolina Tovar Merizalde, que, a modo de testamento, redacta un largo y entreverado sueño que tuvo con el escritor, quizá en su afán fenomenológico de conocerle, al menos por correspondencia.

Lo hermoso de este libro y su contenido es que cada personaje, tanto Merizalde como Flaubert, logran percibir la sensibilidad del uno, y la inteligencia del otro, y esto, a pesar que aquella dama bogotana sepa que el autor de Madame Bovary sea un escritor de talla colosal, con una exigencia escritural que ella misma sabe, no podrá alcanzar. Sin embargo, claro, el asunto no consiste en una comparación simplista de estilos, sino que la médula central son las confidencias que van madurando lentamente con la llegada de una nueva carta, y donde Flaubert, sinceramente, no se compromete más que con la forma buscando la eternidad en cada párrafo, y Merizalde, se casa con el fondo, es decir, entabla una especie de diálogo chic ilustrado, que espera, sea consecuente con su interlocutor.

Finalmente, en «Yo, Gustave Flaubert…» (2021) hay que resaltar la edición tan limpia, la portada tan diciente, (el paso del ejército del Libertador por el páramo de Pisba), y el valor interior de dos corazones que se atreven a irrumpir el círculo cultural y existencial del otro. De ahí entonces que un tercer corazón, el del lector omnisciente, entre a formar un delicioso ménage à trois epistolar, aun cuando Carolina Tovar Merizalde no haya podido ver al novelista más que descendiendo por el río onírico de un sueño nocturno donde lo idealiza: «Me asombró, lo confieso, que usted fuera tan alto, como un descendiente de los vikingos que llegaron a América». Afirmación que cierra un ciclo epistolar, confirmándonos que la vida del alma es imaginaria y esta es el sine qua non de la literatura, ya que, al leer, hablamos con los muertos, al enviar cartas conversamos con los vivos, y al morir dialogamos con nosotros mismos en una correspondencia eterna.

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