Tu mundo en mis palabras

“No hay más duración, no hay más realidad verdadera que la que existe entre una cuna y una tumba”
Maurice Maeterlinck


I. El recuerdo

La primera imagen que recuerdo de tu existencia, fue la de una carita sin forma, pero con vida, que se asomaba por una ventana del hospital San Vicente de Paúl en Montenegro, Quindío. Tu cuerpo estaba envuelto entre pañales como si fuera una oruga en su capullo. Junto a tu cara, había otra, y era la de mamá, que papá y yo que esperábamos en el callejón aledaño, notamos llena de hermosura, esperanza, y ternura por tu nacimiento. Robinson, nuestro hermano, simplemente saltaba de emoción pues estaba ansioso por verte. Nada nos parecía más hermoso y mágico que este momento.

Tú habías nacido y eso fue un gran acontecimiento, pues también nacimos los que te esperábamos. Decoramos la casa con tonos pastel: rosado, azul y un poco de verde, para que, a tu llegada, pudieras tener un ambiente dónde reposar tu frágil cuerpecito. Aunque también el ginecólogo le había dicho a mamá que los niños al principio solo veían sombras, pero que al exponerlos a colores claros, desarrollarían el cerebro por la influencia de las tonalidades.

Es que todos estábamos afanados por complacerte. Corríamos de un lado a otro, Y había sendos debates sobre quién te cargaría primero, o quién te sacaría a pasear, o quién te llevaría dónde «Chócolo» para que te sacara las mejores fotografías. Peleábamos, emocionados, entre hermanos y vecinos por esto, porque realmente los embarazados de ti fuimos muchos: la familia de papá y mamá, los allegados, nuestros amigos, incluso gente del pueblo, donde un funeral o un nacimiento era un gran acontecimiento.

Mamá, idealizándote, decía que ibas a ser una persona importante, una mujer tierna, una princesa delicada y suave. Y no se equivocó, ya que Doña Chela, una amiga de la familia, al verte, te cargó en brazos y dijo: «Esta niña gobernará los hombres». Todos nos reímos hasta que nos dolió la panza, y al mirar a papá, corroboramos que lo tenías dominado de ternura, pues no te despegaba la mirada, no dejaba de mirarte con ojos hechiceros.

Por otro lado, yo estaba impresionado porque jamás había visto nacer una bebé, y maravillado, experimenté esta emoción al sentirte tan cerca, ya que eras sangre de mi sangre, hueso de mi hueso, lloro de mi lloro. Olías delicioso. Te perfumaban como a una princesa, y eso sería otra razón del corazón que me uniría a ti, pues hasta el día de hoy, cuando pasan ciertos aromas por mi nariz, recuerdo inmediatamente tu realeza. Por ejemplo, el olor a chupete de biberón, o a talco Johnson, o el exquisito jabón «Paramí» que siempre me traen tu tierna imagen, incluso, hasta el día de hoy.

A Robinson, nuestro hermano, siempre se le notó una alegría especial con tu llegada, como si presenciara el milagro de la vida, y se admirara por eso. La primera vez que te vio tan pequeña e indefensa prometió hacerse cargo de ti y por eso fuiste inmediatamente su favorita. Un día, no sabemos cómo, ni de dónde, apareció con un juguete que te gustaba mucho. Era un sonajero de tres bolas de esos antiguos que ya no existen. Cuando tú llorabas él lo hacía sonar y si no era suficiente, realizaba «payasadas» (como decía mamá) con tal de sacarte una sonrisita.

Tu nacimiento fue el momento más especial para nuestra familia. Y sobre qué nombre te pondrían ya lo tenían planeado. Papá era fanático de los deportes y al consultarlo con mamá, te llamarían Luisa por un ciclista llamado «Lucho Herrera», que le dio mucha emoción al país, al conseguir 30 victorias importantes. Cuando pequeño me prometí contarte esta historia, y así sucedió.

II. La cuna de los sueños

En Sevilla, Valle, donde realmente la prueba de embarazo le salió positiva a mamá, también había expectativa por tu nacimiento. Los vecinos preguntaban por la ventana de nuestra casa si ya habías nacido y mi madre con una sonrisita ahogada simplemente respondía que le dieran tiempo al tiempo. Ellos recolectaron dinero, hicieron una ancheta amarilla en forma de cigüeña y depositaron allí muchas cosas para ti. Guardo en mi memoria el inventario de tres teteros, dos mamelucos, -uno azulito y otro rosado- guantes, gorritos, talco, lociones y muchos, muchos pañales de tela con dibujos de Mickey Mouse y Piolín. Nuestra madre se había ganado el cariño de los vecinos porque era una mujer laboriosa, alegre, y siempre estaba lista para ayudar a las personas que lo necesitaban.

Con Robinson, recuerdo que subimos a una pequeña montaña cerca a nuestra casa en Sevilla, para pedirle a Dios una hermanita. Orábamos: “Señor Dios, donde quiera que estés, te pedimos por favor que pongas en la pancita de mamá, una linda niña para que podamos jugar con ella. Prometemos cuidarla y defenderla de cualquier niño que busque enamorarla. Señor Dios, envíanos tu pronta respuesta a nuestra dirección.” Yo tomaba en serio la petición, y mi hermano, con una visión más espiritual del mundo, mientras yo oraba, él se entretenía mirando las estrellas. Y así después de terminada esta plegaria en esa montaña, Robinson secuestraba mi volqueta y yo salía corriendo detrás de él hasta llegar a casa.

Ya alguien, cerca al vecindario, adivinaría tu sexo. Me acuerdo tanto de ese momento. Fuimos con mamá y su mejor amiga Sonia, donde un señor llamado «Don Rafael». Decían que él sabía muchas cosas, así que, al llegar, tomó la mano derecha de mamá y con una aguja enhebrada con hilo rojo la puso en el centro de la palma, y con seguridad dijo: «Será una preciosa niña». Al oír esto no pudo evitar romper en llanto. Fue tanta la emoción, que en casa, buscó la forma de cómo hacérselo saber a papá.

Ese mismo día, pero en la noche, sin esperar que él entrara por la puerta principal, corrió a sus brazos llorando, y con voz tierna dijo: «¡Es una niña!». «¿Una niña?» Preguntó él, sí, dijo mamá con una emoción desbordante. Nuestro padre sobó su cabeza fuertemente sorprendido, y con voz temblorosa agregó: «Hay que comunicarle esto a toda la familia. Hay que hacerlo inmediatamente». Y se volvieron a abrazar fuertemente, y Robinson y yo, nos sumamos a esa escena de ternura y unidad.

Rubiela, nuestra abuela, estaba muy feliz cuando le anunciaron por teléfono sobre la «gran noticia». Íbas a ser la quinta nieta, y en tu honor se hicieron oraciones, y hasta, creo, hubo un almuerzo familiar para celebrar tu nacimiento. No existía otro tema que acaparara tanto la atención como este.

Por cuestiones laborales de papá, además porque le hacían bien a mamá estar cerca de la abuela, emigramos desde Sevilla para el Quindío con todos nuestros enseres. Las puertas del hogar de Rubiela (a quien llamamos Rubí por la calidad de mujer que es) siempre estaban abiertas de par en par, y allí vivimos un tiempo, hasta que alquilamos una casa en un barrio cercano.

Los vecinos allá en Sevilla que solían preguntar por ti, no tendrían la oportunidad de contemplarte, no serían testigos de tu llegada al mundo, ya que nacerías en otro pueblo, en otro departamento, en otro ambiente. Pero después que naciste, mamá no dudó en tomar el teléfono para informar que eras una linda mujercita, y que habías salido sonriendo del vientre. Causaste emoción y sensación en dos lugares a la misma vez, y en muchos corazones que esperaban conocerte. El 10 de octubre de 1989, viste la luz por primera vez.

III. La casa alta

Luego de estar un tiempo donde los abuelos, nos fuimos a vivir al barrio El Turbay, a una hermosa casa emplazada en un estrecho callejón. Por el lugar solo se divisaban tres casas (contando la nuestra). En la esquina derecha vivía un profesor de matemáticas; en la esquina izquierda había una panadería que cada mañana nos despertaba con un exquisito olor a pan fresco. La tradición era saludar a los nuevos vecinos de la cuadra. Sabíamos que nadie vendría a nosotros, a menos que nosotros tuviéramos la cortesía primero. Así que, nos tomamos de la mano, -y con muchos nervios-, al primer lugar que arribamos fue a la panadería que tenía un letrero de color amarillo que decía: «Panadería el Campanero». Saludamos con formalidad y vimos salir a un anciano adorable de mirada cansada que parecía contar los pasos. Nos presentamos y al verte a ti en brazos de mamá, dijo: «Oh pero que linda creación de Dios, donaré un año de pandebonos y buñuelos para la bebita». Mi madre se sonrojó y mi padre agradeció el gesto.

Después, en dirección contraria, nos dirigimos a la casa del profesor de matemáticas. Papá tocó la puerta, pero nadie salió. Luego de un momento, un señor delgado se asomó por la ventana y emitió un saludo melancólico adornado de una sonrisa triste. Nunca entendimos esa actitud, que por lo demás, no nos molestaba, hasta que Mario Campana, el panadero, nos contó que la esposa del matemático había muerto de manera confusa, y a raíz de eso, este se enclaustró en su casa, adolorido por su perdida.

Fue una historia sumamente triste, que, en verdad, nunca habíamos escuchado. Fue entonces cuando nos acordamos de esa sonrisa lastimera, y esa mirada acongojada y melancólica que nos recibió al inicio. Así que, el pandero, junto con el solitario matemático, serían una extensión de nuestro pequeño, pero unido núcleo familiar. Por supuesto, no por los pandebonos, ni por los buñuelos, ni por la tragedia de ese hombre ermitaño, sino porque ellos eran ahora nuestro mundo más cercano.

Esa casa en el barrio El Turbay, nos marcó a todos para bien. Dormíamos en el segundo piso, y en la primera planta estaban los servicios higiénicos, la cocina y una pequeña salita que siempre olía a cera para madera.  Las noches en ese lugar eran simplemente maravillosas. Solíamos sentarnos en las escaleras a mirar las estrellas en la siguiente posición: arriba papá, abajo mamá, y seguido de Robinson estaba yo. Ese cielo estrellado e iluminado nos ponía a pensar en la vida. Era como nuestras veladas filosóficas. Mamá preguntaba: «¿Cómo será la muerte?», mientras yo pensaba en ovnis, Robinson buscaba una estrella fugaz, y papá… papá la noche le transmitía sueño, y era justo, ya que al otro día debía madrugar a trabajar.

Al amanecer tu baño matutino era especial. Agua tibia con un poco de sal, champú, e igual que una porcelana, mamá pasaba su mano delicada sobre ti para limpiarte y hacer pequeños masajes. Llorabas como si fuera el fin del mundo, pero el momento que encontrabas más plácido, era cuando, de espaldas, te acostaban en las rodillas, y te giraban como un pan para que el sol calentara tu cuerpecito.

Papá trabajaba, mi hermano y yo estudiábamos, y mamá, en casa, se dedicaba exclusivamente a ti, a cuidarte y besarte. A medida que crecías, y tu cuerpo tomaba forma, ella te vestía de rosado. Casi todo era de ese tono. En las fiestas, en Halloween, en la calle, al salir, al entrar, todo tenía que combinar con ese color, pues ella creía, te daba un aire delicado. Es que te cuidaba tanto y no consentía nada contigo, incluso, era muy cuidadosa y detallista con todo.

Al salir al parque del pueblo, te gustaba correr hacia el único gran árbol de mango que había allí. ¿Por qué razón? Pues por la ardilla «Pilar» que comía maní y plátanos, pero curiosamente detestaba los mangos. Era un animalito precioso que a todos les huía, aunque cuando tú llegabas, ella bajaba complacida y subía por tu mano. Años después me daría cuenta que «Pilar» había muerto a consecuencia de un mango que la desnucó, aunque alcanzó a dejar descendencia, una pequeña cría que ahora llaman «Robertito». Al darme cuenta de esto, alegué que el nombre era de loro, y solo dijeron que se llamaba así por decisión del alcalde del pueblo. Muchos afirmaron que despidieron a «Pilar» entre lágrimas y como dándole un último adiós a una figura importante.

Te divertías con «Pilar», sí, y mucho, pero también decidimos comprarte un pollito como mascota. Bueno, realmente Robinson lo consiguió para ti. Lo había ganado en una rifa con un dinero que había ahorrado. Supimos que fue al parque principal y compró una boleta a un hombre que sorteaba pollos por medio de un juego. Consistía en meter la mano en una bolsa que tenía 3 pimpones de colores sobre 100 pimpones blancos. Él sacó una diminuta bola rosada, y, por ende, ganó un pollo rosado.

Sin esperar mucho, llegó a casa corriendo, te lo dio, y tú estabas dichosa. Dormías con él, (o ella), lo bañabas, y un día por pura inocencia, como queriendo montar en un caballito, te sentaste encima de él (o ella), y murió. Lloraste un río. Fue tanta la impresión por la perdida, que hoy, ni nunca, sé que olvidas ese momento. De igual forma para distraerte, mamá confeccionaba muñecos de peluche exclusivamente para ti. Ratoncitos, osos, piolines, y elefantes. Los llenaba de talco y de loción y jugabas con ellos hasta que caías de sueño en tu camita.

De la casa de El Turbay, nos fuimos a otra localizada en la mitad de una escalinata inmensa. Ese era uno de los sectores preferido por Robinson, nuestro hermano, ya que había mucha naturaleza y él disfrutaba haciendo experimentos, persiguiendo mariposas, cazando tórtolas y otras cosas. Allí, en esta casa bonita, fue donde por primera vez comimos tortas de harina de trigo con zanahoria, y pasteles de espinaca, preparados por mamá. Su culinaria era sabrosa en gran manera.

Y ya el último lugar donde viviríamos fue cerca al hospital San Vicente de Paúl, donde tú naciste. Era una casa, casualmente, también ubicada en la mitad de otra gran escalinata, que, al bajar, conducía a un río cristalino, y a una selva que olía a pasto fresco. Ese sería el último espacio que nos permitiría vivir como familia, pero con todo, un lugar que guarda la hermosa sensación de haber recibido una mujercita tan linda y maravillosa llamada, Luisa Fernanda. Este es, a grandes rasgos, una parte de tu mundo en mis palabras. Vuela alto, libre, como el viento. Extiende tus alas, y alcanza la eternidad.


EL CRISTAL. Mon Laferte

Un comentario sobre “Tu mundo en mis palabras

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  1. Grandiosos recuerdos. La vida son esas verdades que hicieron alegría, plenitud es rememorarlas y el precio más alto es en el costo de la vida que no mide ni la muerte. Lo escrito cierra heridas que duelen y quedan cicatrices. Te deseo un tiempo curativo y la experiencia como esta genera una roca firme en la manera de sentir la vida entre sus limites.

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