Garavito “Garabato”

«Nuestro Código Penal está diseñado para arcángeles,
a pesar de que vivimos entre monstruos»

Esteban Cruz Niño


Antes de adquirir el ejemplar, el librero vio el título y exclamó: «y si Garavito no fue, entonces ¿Quién fue?». Una reacción tan curiosa como el libro, que compraba, pues el apellido en cuestión era (y es) sinónimo de zozobra, años 90, violación y desaparición de niños, miedo social, estallido mediático, y un aberrante nombre de pila: Luis Alfredo Garavito Cubillos, el mayor asesino en serie que ha tenido Colombia, según los registros criminales oficiales.   

No había duda que la indignación del vendedor venía por ese lado, ya que la obra literaria que lo impresionó (y quizá horrorizó), no era una bomba, ni un best o long seller, pero sí una rareza titulada «Garavito no fue» (2010) del escritor bogotano Román Eduardo Gómez. Una propuesta narrativa de 197 páginas con una portada demasiado sugerente, (la sombra de un niño sobre una piedra) con un lúcido prólogo escrito por la socióloga colombiana Olga L. González, cuyo protagonista principal, el detective Iván de Jesús Calderón, se encarga de demostrar que «El monstruo de Génova», no pudo haber asesinado entre 172 y 300 personas sin ayuda de nadie, y que en la investigación judicial se ignoró el mercado negro de órganos, y los ritos infantiles de sangre que demandaban los narcotraficantes y los satanistas de la época.

Un tema espinoso, por supuesto, porque el argumento del protagonista (que es el mismo del autor del libro), no es nuevo, pero sí polémico, pues narrativamente se bosqueja toda una hipótesis de corte criminalística que busca desanestesiar a los espectadores morbosos, y ajustar el juicio social, proponiendo otra forma de ver el asesinato sistemático de niños en los años 80 y 90. Aunque el mismo Iván de Jesús Calderón, al insistir acuciantemente en esta hipótesis, no salga ileso, ya que luego de exponer las pruebas y presionar al aparato judicial para que actúe por esta línea, comienza a ser amenazado y perseguido, al punto de ser obligado a renunciar a su cargo de detective, pierde el derecho a la vida privada, y debe migrar del país para salvaguardar su integridad.

Ese es, a grandes rasgos, la trama que nos plantea Román Gómez, y aunque este use la ficción para relatarnos una historia en segunda persona, toda la arquitectura de la obra descansa sobre hechos y documentos reales tal como sugiere la prologuista y los argumentos del autor enviados por medio de un correo privado. Documentación e investigación tan verídica, que incluso se filtra, desde el círculo íntimo del Papa negro de Pereira, un rito nigromántico de iniciación que pocos conocen en Pereira. Con todo, dilucidar el asunto de Garavito es el tema capital del libro, porque es verdad, «El monstruo» no trabajó solo, pues en una entrevista aseguró que del diablo aprendió los métodos y las formas para matar, y el licor había sido ese amigo que lo ayudaría a transformarse en «otro» antes de cometer los horripilantes crímenes.

Y sobre esto, Román Gómez cree que el sonado caso de Henry Lee Lucas, un chivo expiatorio del aparato judicial norteamericano, sea el asunto de Garavito, es decir, que el prolífico asesino colombiano también haya recibido dinero para adjudicarse crímenes no cometidos, ganando una mala y afrodisiaca fama con ello, además del beneficio de rebaja de pena por confesar la ubicación de unos cuerpos, que hasta el presente, reclaman los padres de las víctimas. Una probabilidad confirmada, según Román Gómez, en el hecho que de 1853 años y 9 días de cárcel que le imputaron a Luis Alfredo Garavito su condena se haya rebajado al número bíblico de 40 años después del año 2000 por buena conducta, y paradójicamente, por haber delatado otros asesinos seriales en su época.

Cosa esta última que no cuadra para los investigadores, pues ¿existía en ese entonces un sindicado de pedófilos colombianos? Es decir, entre los violadores había consenso para matar, violar o desaparecer niños adrede. Claro que no, pese a que Román Gómez, al igual que el antropólogo Esteban Cruz Niño, y millones de ciudadanos, sabían que sí existían abusadores de niños dispersos en el país, tales como Pedro Alonso López (El monstruo de los Andes), Daniel Camargo Barbosa (El sádico del charquito), Nepomuceno Matallana (Doctor Mata) y Manuel Octavio Bermúdez (El monstruo de los cañaduzales), y que cada uno tenía métodos y manías diferentes, aunque nunca pudiera comprobarse que trabajaran mancomunadamente.

Sobre estas y otras inquietudes es que Román Gómez decide lanzar un tiraje importante del libro «Garavito no fue» gracias a la Editorial Ten, que ni los pereiranos quisieron leer, ni las librerías locales osaron vender, y esto por dos razones de fondo: primero, porque los medios de comunicación aseguraban que Garavito era el único culpable de todos los crímenes; y segundo, una tesis contraria a lo dicho por esos mismos medios, era temeraria, especialmente en temas que involucrara violencia hacia los niños en cualquier forma. Con todo, la editorial mencionada, que hace parte de las imprentas de la Universidad Nacional sede Medellín sirvió de plataforma para producir esta obra, que, sin posibilidad de difusión en el Eje Cafetero, en la actualidad reposan en una fría bodega en la casa de un familiar del autor, porque el prejuicio lector son los lentes que impiden conocer otra arista del asunto de Garavito y su fama de destripador infantil.

Por supuesto, es importante aclarar que el autor del curioso libro no está omitiendo la culpabilidad de «El monstruo de Génova», es más, él no es un abogado que busque su defensa, ni desea, como muchos ciudadanos, que salga de la cárcel pronto, aunque el Estado haya dictaminado que el famoso violador podría quedar en libertad en el año 2022, el punto de Román Gómez es que los crímenes, que no son de Garavito, nunca se investigaron y que las autoridades, tanto judiciales como penales y políticas, decidieron cerrar el caso debido a la presión mediática del asunto, cometiendo errores de imputación de cargos, y dejando una gran masa de gente, si acaso no organizaciones legales e ilegales, en total impunidad.

Errores premeditados que la socióloga Olga González llama con acierto, «Lo real horribiloso de Colombia», es decir, el lucro que supuso para los medios la noticia mediática de la captura de Garavito, la panacea y el juicio social de adjudicarle a un solo hombre tantos crímenes convirtiéndolo prácticamente en un protagonista de un reality de horror, y el déficit de justicia en un país macondiano lleno de excesos y tragedias mágicas. Como sea, el libro «Garavito no fue» es toda una rareza literaria, y no necesariamente un buen libro, escrituralmente hablando, sino que su contenido explosivo hace que todo lo demás sea pasado por alto.

Finalmente, luego de esta lectura, es imposible no convencernos que Luis Alfredo Garavito Cubillos ostente el récord de mayor asesino serial, (sobrepasando a John Gacy, Ted Bundy, Ed Gain, o Wayne Williams, dirían algunos) y que no nos arrobarnos ante el hecho que en Colombia no exista la pena de muerte desde 1910 y pocas veces se haya hablado en el país sobre el tema.  ¿Cuántos niños violó y asesinó este quindiano que confunden por un pereirano? No lo sabremos y, sinceramente, conocer el dato es sumamente maquiavélico si acaso no sádico. Lo importante es, como dice Esteban Cruz Niño, que se modernice y transforme nuestra Legislación Penal con el fin de proteger a la niñez, porque una sociedad sin justicia es una sociedad sin paz. «Garavito no fue» Una obra siempre vigente para lectores curiosos, investigadores y para los que se enganchan a thrillers demasiado realistas y dolorosos basados en hechos reales. ¿No es acaso la vida misma el guion de una novela gótica? Las cosas como son, por ahora el librero inicial estará tranquilo de tener un libro menos entre sus baldas, y yo, de conservar uno más entre mi colección de temáticas locales.

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