El poema de la inocencia


“El corazón se parece a una cámara de combustión. Allí dentro hay tinieblas, tinieblas y fuego.”
Susanna Tamaro


Al principio inicié con la puerta. Papá llegaba ebrio, y por alguna razón solía decir: «Todos ustedes son parte de mí, y me deben el tiempo. Me debennn…» y alargaba la n hasta que se cansaba. Se había frustrado con la existencia, con la monotonía, concebía la vida como un círculo. Se le notaba en su rostro y en sus palabras cansinas. Mamá sospechaba que la causa de su amargura era el hogar, pues según sabíamos, de joven quiso ser escritor, y se vanagloriaba de haber sido amigo del poeta pereirano Aníbal Arcila, quien le enseñó que todo, literalmente, podía escribirse en alejandrinos y con una cerveza o un aguardiente en la mano.

Meses después de casarse con mamá, y en plena efervescencia romántica, había compuesto algunos poemas, que luego abandonaría no por malos, sino mal gracias a las deudas que comenzaron a acumularse con el alquiler, el carro, la alimentación, los servicios públicos, y hasta con la comida de Orlanda, la indiferente gata castiza. De la noche a la mañana cambió dramáticamente los manuscritos por las facturas a pagar, y este era el motivo por el cual se había aficionado a la bebida. Nunca, realmente, se parecía más a un escritor que cuando decía achispado: «Civilizado significa domesticado…civilizado significa domesticadooo…» Sin nada que responder, y como consecuencia de su hábito alcohólico, repartía con ternura la bendición los lunes, y con sorna, los insultos el domingo.

Cuando el fin de semana yo lo veía llegar ebrio como una cuba, corría a mi cuarto, y cual frágil cervatillo escribía pensamientos detrás de la puerta, para aturdirme y así evitar oír a ese pálido hombre lamentarse con pena. Tomaba el lápiz y rayaba sin ninguna dirección: «¿Por qué a los santos les ponen ceros encima de sus cabezas?» Y dibujaba un círculo arriba de la pregunta. «Deseo tener una mirada nueva a través de este viejo agujero». Y anotaba un 8 disforme y mareado. «Papá es como el polvo de diamante: sirve para pulir a los demás, aunque él mismo ya no brille.» Y marcaba una línea regular y luego una irregular indicando su estado comatoso en nuestra clínica familiar.

Al cesar el ruido en la sala, o en el cuarto principal, regresaba a la cama, pero esta vez, creyendo inocentemente que papá iba a recapacitar un día, y que cuando menos lo esperara, iba a entrar a mi habitación y me pediría expresar todo lo que pasaba por mi cabeza o cómo me sentía o cómo lo percibía a él. La verdad, si hubiera pasado esto, sé que no diría ni una sola palabra, sino que le mostraría lo que, con paciencia, registré semana a semana detrás de la puerta, pero como todo era ilusión y deseo, por el momento esperaba que nunca leyera lo que escribía no solo allí, sino en el guardabarro, en la cornisa, y hasta en el alerón derecho de mi lecho.

Imaginé que si papá llegara a descubrirme, sin haber mostrado una señal de querer entenderme o acercarse a mí, podría pensar que mi costosa educación estaba malográndome, o que quizá había heredado la locura del abuelo Germaín F, quien murió anotando números en una libreta, creyendo haber encontrado algo importante en el universo. «Todo… todo se encuentra allí, en las cifras, en las ecuaciones, en los algoritmos.» Alcanzó a decir antes de irse.

Por otro lado, mamá sí solía leer estos rayones. Lo sé, porque en una ocasión la encontré registrando en un cuadernillo todo lo que encontraba escrito en mi cuarto. No me alarmé, pues pensé que ella podía consolarse también con mis ingenuidades, o quizá esto podría ser una manera de recoger una parte de mi infancia, que pasaba desapercibida por el desafecto, y la frustración injustificada de papá. En su fisgoneo femenino había encontrado, y no sé cómo, un pequeño poema, que, con lupa, redacté en la esquina inferior de mi habitación. Un verso que decía más o menos así:

«Me vestiré de inocencia,
Y jugaré alrededor del fuego
Buscaré las sombras de la ira
Y expiaré el silencio que habita en la oscura luz.
Fundaré tu nombre
En medio de todas las canciones
Lloraré en silencio
Con otro que llora en silencio»

Si papá hubiese llegado a encontrar estas líneas, sin duda, alegaría que la poesía es un veneno que mata lentamente el alma y que ningún buen poeta podría ser un hombre o una mujer útil en la vida, pues el mundo no entiende al artista sensible, sino al sabio que sabe hacer algo con sus manos. Es más, pensaría que yo emulaba descaradamente a Helcías Martán Góngora, y recibiría una buena reprimenda como lección. Lo que fuera, su vesania etílica le impediría entender, que estos, mis versos infantiles, eran una inspiración derivada del poema «La Ermita» del mismo Aníbal Arcila, su amigo y poeta favorito, y a quien nunca perdonaría que se suicidara en una fría tarde manizaleña, aunque como tributo, insistiera en recitarlo cuando se embriagaba con aguardiente en el alfeizar de la casa.

Repetía con perfecta dicción y en un tono más bien bajo:

«¡Oh tiempo inexorable! Hoy sólo queda
de pompa tanta, el esqueleto ingente
donde su urdimbre tembladora enreda
la neurótica luna incandescente.
¿En dónde está tu regio poderío?
¿Dónde tu animación?
¿Tu gala en dónde?
Todo está silencioso, todo frío…
Nada en mi grito funeral responde…
En las sordas cavernas de los muros
su largo De Profundis apacible
canta al cruzar los ámbitos oscuros
el viento cual un órgano invisible.»

Hacía silencio, brindaba solo, y limpiándose el rostro, se ponía a cantar A mí me pasa, lo mismo que a usted, entonado, no por Palito Ortega, sino por Rolando Laserie, y llorando como todo hombre sincero con la existencia, se convencía de un terrible destino, que, como una efímera sombra, solo existía en el cónclave de su cabeza.

«Cuando yo llego a mi casa y abro la puerta
me espera el silencio
silencio de besos, silencio de todo
me siento tan solo, lo mismo que usted»

2 comentarios sobre “El poema de la inocencia

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