Advocatus Diaboli


«El cónclave de su cabeza»
G. Lichtenberg


Un pacto con el diablo (2010, descargar acá) es una verdadera joya de la literatura pereirana. Un libro bien labrado del escritor Gustavo Acosta Vinasco, lleno de colores sugestivos, maquetado artesanalmente de arriba abajo, cuya portada es el símbolo del cubo de Metatrón, el ángel más polémico de la tradición judía, que aparece debajo del llamado «esqueleto del diablo».

Y es que cuando se mencionan términos en Pereira como «demonio», «satanismo», «poeta maldito» no queda más que evocar popularmente a Héctor Escobar Gutiérrez,  «el enviado», «el demiurgo», «el gurú», el maestro de religión que terminó releyendo la cábala, los arcanos medievales, y practicando el neo-satanismo. El lector influenciado por los libros «malditos» de Baruch Spinoza, Anton Lavey y H. P. Lovecraft . El poeta que fracasó en su intento de ingresar a la «Humoteca» del poeta antioqueño León de Greiff con un soneto tan malo como el aguardiente que bebía:

Intersonet

¿Soneto en internet? Argot digito.
¿Disquett en rima de clave? Performance.
Programándome en éxtasis o en trance
por la autopista de mi ser transito.

Convertido en un eco retransmito
más allá de la voz, a donde alcance
esta verba que soy… ¿Musa de lance?
Dando vueltas sin fin al infinito.

Aquí, ante la pantalla de mi mente,
discando mis neuronas solamente
para hacer que se ordene el ronroneo.

El teclear mi máquina Olivetti
-la misma de Pavese o de Canetti-
¡este viejo instrumento del verseo!

De esta alineación electrónica no se hablará más, León de Greiff lo abrazó y le firmó un poema para Victoria. Posterior a esto nacería esa reconocida fórmula alquímica que representará el desgarramiento del poeta y el devenir de su identidad clarividente. Un acróstico, que siembra en Héctor Escobar Gutiérrez la semilla estética del mal, tratando de emular a Stanislas de Guaita, el ocultista francés que usó larvas del diablo para envenenar el abate de Boullan en un combate nigromántico.  El poeta maldito irrestrictamente dedicado a lo bello y a lo horrendo, a la luz y las tinieblas, remarca:

D= Dios
I= ignis Deus (fuego)
A= Aqua (agua)
B= Binarium (binario)
L= Lumen (luz)
O= Origo (origen)

Este sello, que será su línea editorial, pero también la marca de su cosmovisión, lo llevará a descubrir un secreto abismal: Dios y el Diablo son uno solo. Una revelación subjetiva e intuitiva, que nos guía a pensar si acaso Héctor leyó o escuchó sobre el proto-Isaías de Qumrán donde se afirma que el bien y el mal son dos sustancias mónadas que tienen una sola fuente.

La demonología crítica que adoptó este hijo de Bel, dice el escritor pereirano Gustavo Acosta Vinasco, dejaría un legado  espiritual entre un grupo de prosélitos, que presumen de virtudes como leer el tarot, avivar el fuego de la poética, y reproducir la magia ritual de grandes líderes satánicos. Herencia que no consiste en la existencia de un ser incorpóreo, moralizante, místico, siniestro, sino en la figuración de las máscaras, o las poses modernas que han hipotecado la música rock, la moda gótica, la apariencia física (la ropa de cuero, maquillaje claroscuro, los piercing, crucifijos y demás), y también el ingreso a las multinacionales demoniacas como la Iglesia de Satán, el culto Wicca, Golden Dawn, Alianza Kripten, el Templo de Set, la Ordo Templi Orienti (OTO), Abraxas, los Cruzados de la Nueva Babilonia, las Legiones de Mithra, y las decenas de logias y sectas ocultistas que abundan en Pereira, con magos negros que presiden reuniones más místicas que espirituales.

Continúan, dice Gustavo Acosta Vinasco, en «el territorio los rituales de forma periódica, al menos una o dos veces por mes, tanto en el original templo goético, como en otro sitio urbano; mediante periódicos encuentros se profundiza en las temáticas satanistas que, nunca tratan de imponer o promocionar. No hay proselitismo, no hay evangelización, no rechazan ninguna religión.  Planteado o visto así, enfrentándonos a las manías de exclusión social, ninguno de estos satanismos merecería el rechazo, es una virtud del territorio, que así mismo ha albergado la masonería y otros fervores del espíritu. Un grupo, no una iglesia.»

El diablo (cualquiera que sea) y la Virgen de la Pobreza (si es que es pobre) son las dos divinidades de esta región. Pero esto no es nuevo, ni nació acá. Mucho antes que se fusionaran las poblaciones del Valle del Cauca y Caldas, ya las culturas indígenas ancestrales practicaban el rito de adoración al mal, ligado, fundamentalmente, al lenguaje, las creencias populares, la tradición y los conjuros. Hechos históricos recreados por la pluma, por ejemplo, de Hugo Ángel Jaramillo, Gustavo Colorado Grisales, Jorge Mario Ríos, César Augusto López Arias y Alonso Parra, y que, según ellos, aquella tradición maléfica no era tanto una figuración del miedo, sino una invitación a la alegría, al frenesí, al sincretismo con la naturaleza,  tal como se asimila en Riosucio, Caldas, el Chocó y partes del Quindío.

Así es que se entiende entonces que por estos lados la gente no tema al diablo, sino que lo celebren, lo usen de amuleto, erijan monumentos, bailen y tomen en torno a su imagen, incluso, lean la poesía que escribe (ya que Héctor era su embajador en la Risaralda) y lo citen en conversaciones de café. Gustavo Acosta Vinasco, en esta obra, dice con un acierto del demonio:

«El diablo preexiste en la región, en el paisaje y las creencias de sus pobladores ancestrales, y en la práctica ritual, en relación con la agricultura, la minería y la protección de la muerte en el socavón, como se ha dicho, pero incluso en las relaciones familiares y sociales y en la ritualidad como en el Carnaval de Riosucio.»

¿Y por qué este fenómeno espiritual, esta inversión de los valores supraterrenales? Se ignora. La colonización antioqueña fue enteramente católica, apostólica, romana, y no sembró supersticiones revestidas de agüero en las tierras de Risaralda. Esta pérdida de respeto por lo hierofánico puede tener su génesis en nuestros ancestros, los Quimbayas ese grupo nómada, separado del incanato, que tenía como liturgia y tradición, conversar con el diablo, con esa esencia oscura que no se llamaba «Satán» ni «Samael», ni «Nabzacadas», ni «Fu», sino quizá Ahrimán y Ormúz, los dos principios elementales y universales del bien y del mal. Es una verdad que los antropólogos le deben una arqueología espiritual al batatabati del demonio.

El libro Un pacto con el diablo, de Gustavo Acosta Vinasco, nos sugiere, igual que el dantesco carnaval de Riosucio, un demonio personificado en sus máscaras y demás elementos. Me refiero a los cuernos, la cola, la boca flameante, el tridente, la fisionomía malhumorada, el color fenicio y los esbirros que lo adoran como orden cultural.  Es cierto que este personaje siniestro no nació lejos de la religión. En el Index hay demonios, espíritus, ángeles, genios maléficos, que pueden dañar o beneficiar a sus adoradores. Pero el diablo es más que un demonio. Ya el Renacimiento nos lo entregará en la versión de antidiós, y en la posición de jefe supremo de las huestes internacionales oscuras que traman, como los sionistas, una conspiración global, cuyos embajadores serían los brujos, los magos y, en el caso de Héctor Escobar, los poetas.

De ahí entonces el giro que nos propone Gustavo Acosta Vinasco del neo-satanismo derivado del poeta maldito, es decir, el paso de una fe arraigada (y sustentada) en el catolicismo romano o el cristianismo protestante,  a una conversión satánica con sentido estético muy  al margen de las fiestas culturales que permiten la adoración o celebración de su nombre. Este autor nos sugiere un acercamiento a Héctor Escobar, más como una búsqueda filosófica o de conocimiento, como una experiencia que avive  la propia identidad del artista en Risaralda. En sus palabras: «Satán se reeditará en ese umbral de la existencia en la que no nos hemos definido, que nada tiene que ver con la violencia o el mal.»

Este enfoque, propio del autor de Un pacto con el diablo, sitúa al hombre y su racionalidad en el centro, al artista y su obra en el medio, al poeta y su soneto en la centralidad de las cosas, enfatizando que  la ciencia o la tecnología nada puede (ni podrá) contra lo «diabólico», la «Psicomagia» o el «satanismo» renovado, que no conoce otros límites que lo imaginario.

El «diablo» que creemos conocer en Pereira, poeta maldito, escritor de una versión mejorada del Necronomicón, en realidad (y entiéndase bien), es un medio, un canal, porque Satanás no puede ser penetrado por el conocimiento filosófico pero sí es posible imitarlo en su forma o accionar. En resumidas cuentas, el demonio podría ser nuestro propio yo o imagen proyectada al exterior y, más que una persona, hay que concebirlo como un estado. ¿Se acuerdan de la frase «el infierno son los otros»? Perfecto. Luego de esto será baladí agregar algo más, aunque  la psicología laica, agnóstica y por qué no, atea, aconseje darle un giro opositor al verso del Génesis 1:27, redefiniéndolo de esta manera:

Y creó el hombre a Dios a imagen suya, a imagen del hombre lo creó…, y los creó Dios y Diablo.

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