El código de Banquo

“¡No es ningún adivino, ningún descubridor! Él es la vida misma, silenciosa, dura, que avanza siempre hacia adelante, y que sabe cómo hacerlo para no detenerse a reflexionar”


Peter Altenberg


La prepoesía de Merardo Aristizábal puede ser un signo o una marca para la literatura del departamento. Y digo prepoesía con respeto, porque ya desde 1996, en su obra Código de barras, se venían gestando los insumos de un artista que ha sabido moverse entre la dramaturgia y la prosa; y escribo signo, enfatizando que toda representación poética en Risaralda, igual que los ríos, corre de arriba hacia abajo, y pocos han hecho que corra a la inversa, es decir, no se ha construido el verso como arquitectura sino como decoración de interiores.

Por ello, es que, sinceramente Código de barras es un libro con un arte muy peculiar. Un tomo de esos que casi no se ven por nuestro déficit editorial, pues combina citas célebres, poemas propios de la cosecha espiritual de Merardo, y entre hojas, se encuentran finos grabados pictóricos del maestro patafísico Guillermo Vélez Mejía. Una obra que nos recuerda los trabajos amanuenses de los copistas de la edad media, que, a modo de bello castigo, estos penitentes debían crear libros con dibujos coloridos, caligrafía perfecta, citas puntuales, y esto, mientras espantaban a Titivillus y sacudían la acedia, obstáculos (incluso epimodernos) para toda creatividad.

Seamos sinceros, Merardo hace rato pateó a Titivillus e ignoró la acedia, porque en palabras del crítico Harold Bloom: «Todo poeta comienza rebelándose contra la constatación de la necesidad de la muerte de una manera más intensa que todos los demás seres humanos», en otras palabras, este pereirano es el poeta de la vida mística, de la influencia angustiosa, de las intrincadas evasiones del cómo. Ya Rigoberto Gil, con el prólogo Dignidad de la piedra en la misma obra Código de barras, lo deja en claro: «dejarse llevar por una primera lectura de su ruta, es quizá convidar el extravío, en su poética atestada de máscaras hechas de sombras, de bocas que se abren en la boca del lobo, de piedras que hacen daño, de silencios que nutren el desvelo, mientras el tejido, el vacío, convierten en pesada carga el tránsito del viajero.»

Por supuesto, estas palabras indican que los poemas de Merardo no se entregan a nadie a la primera embestida, sino que deben ser asediados por el lector antes de ser comprendidos, amados u odiados, porque el poeta pereirano expresa en finos versos esa diatriba contra la existencia, acusa el cuerpo autoimpuesto, y reseña al hombre en su tragedia, banalidad y trascendencia. De igual forma cuando el profesor Gil dice «Máscaras hechas de sombras» se refiere, sin duda, a su incursión teatral, su amor al recital, a la polémica, a la vida existencial y rapsoda, tal como el ensayista Omar García en El fauno en su aquelarre, lo afirma : «Lejos está Merardo de los modales de poetitas de salón, de los ilustres mendicantes que suelen darse por estas comarcas, quienes bien apalancados y protegido por el establecimiento, han hecho de la literatura su territorio laboral.»

Y es en esta distancia social que encontramos a Merardo, o en el diccionario, o en sus vastas obras como: Botella al Mar, Territorio para el deseo, Cazador de sombras, Ni el azor, ni la Rosa, Antología de poemas y poetas de Risaralda, Nueva Poesía Colombiana Luis Jairo Henao, Zapo Negro, Em imprenta y otras más. Aunque también puede hallarse donde exista un corrillo, porque su poesía llena de hálito y fuego frío, convoca niños, adultos, señoras y funcionarios, hipnotizados gracias a la influencia melismática de Hamelín, o bajo el sonido de las sirenas de Homero.

Hay pues, un encantamiento al leer estas 97 páginas de Código de Barras, cuyos poemas, como estrellas distantes (25 años atrás), están lejos de nosotros, pero aun así, siguen brillando, ya que las palabras no tienen moda, ni tiempo (en el principio era el verbo), y todas juntas construyen una flama que se extingue solo con la muerte. Merardo, sin ambages, es un creador nato; un actor del teatro de la vida que encarna las situaciones actuales; un poeta que insufla néfesh al verso, ruah al estribillo. La escritora Gertrude Stein diría sobre la esencia del artista: «un creador no es uno que se adelanta a su generación, sino que es el primero de sus contemporáneos que toma conciencia de lo que está ocurriendo.»

Por eso el Merardo de 1996 (o de 1963) no es el mismo del año de la peste (y no podría serlo según Heráclito), lo que sí es (y se afirma sin ambages) es un ánfora donde se va escanciando el elixir del arte dramatúrgico, los poemas del futuro, las preocupaciones culturales, el sentimiento agónico y sensible de la creación. Y cuando esta ánfora se desborde, seguramente, brotará de su interior, esa bella frase líquida del gran Petronio: «¡Valete Curae!». «¡Valete Curae!».

Concluyo afirmando que Código de barras es una obra espiritual, pues toda poética desde Homero hasta Louise Glück es un acto de fe. Y este libro como marca o impronta artística para el departamento, al no ser nunca solicitado por la curiosidad virgen del lector, dormirá profundamente en estantes o librerías empolvadas. De ahí entonces que pensemos en un canon literario risaraldense, que como una empresa, despierte el fervor por la cultura en todas sus expresiones, de lo contario, la muerte de esta no será por exceso de atención o contemplación, sino por edipos ciegos que no pueden ver que la Esfinge es la verdadera Musa. Larga vida a la poesía regional.

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