La pata izquierda de la hiena


“Lo bueno, si breve, dos veces bueno”
Baltasar Gracián


El aforismo tiene sus reglas y no debe confundirse con el proverbio, el adagio, la máxima o el apotegma     que también tienen sus propios leyes y definiciones. Para que una oración lacónica se llame aforismo tiene que ser ingeniosa y con una sonrisa, y una inteligencia sintética, debe apelar a una verdad. Ya, en tono solemne, decía el escritor español José Bergamín: «No importa si un aforismo es cierto o incierto. Lo que importa es que sea certero» Una definición con acento unamuniano, pero que acierta al indicar la finalidad del género, ya que, al crear un aforismo, este no puede (ni debe), ser ceremonioso. Es más, es imposible que lo sea, porque en su contenido la verdad importa menos que la belleza, y la seriedad menos que el asombro.

Como es lógico, a un creador le puede tomar mucho tiempo hacer un cuento o un poema; a un aforista, o un coleccionista de boutades, le bastaría solo un breve arrebato epifánico. Ni aquel esfuerzo es más importante que este, y viceversa, aunque haya sido Baltazar Gracián el que marcó la pauta al decir: «Lo bueno, si breve, dos veces bueno.» Los caminos hacia la creación literaria, siendo sinceros, son insondables y es una verdad que la imaginación y la lógica son insuficientes cuando se trata de componer una obra. ¿No escribió Friedrich Dürrenmatt una novela con 24 frases y Sigmund Freud fundó una doctrina con el aforismo 33 de George Licthtenberg? La brevedad y la densidad nunca serán menos significativas que la extensión. A cada género su medida.

En esta línea es que he vuelto a un libro precioso, que, como cajón de sastre, contiene miríadas de ideas llenas de brillo, magnitud y profundidad, es decir, de sutiles aforismos compilados o como ocurrencias o como verdades o como rarezas intelectuales. Sentencias breves propias de un curioso fisgón llamado Gustavo Acosta Vinasco (1974), quien por medio de su propia editorial llamada Jirafa Enana, concibió en el 2013 un pequeño libro de 11 x 16 cms, titulado La dieta de la hiena. Un ejemplar con una fina portada amarilla, solapas de lujo, y guardas estampadas a tres colores, que a modo de rareza bibliográfica encandila y gusta, porque no solo se encuentran allí signos impresos, sino también un tipo de escritura ideográfica manufacturada para el oído. Y escuchemos con los ojos algunos de estos fragmentos:


«Busco al médico “real”, aquel con quien no haya que mediar ni una sola sílaba.»

«El hombre que “piensa”, a la vez, economiza y cree. En ese orden.»

«Los padres deben enseñar a sus hijos a atarse los zapatos; los maestros, a desatarse de sus prejuicios.»

Y uno más.

«La noche murió en los excesos del modernismo. Pos mórten-ismo.»


Y así pequeñas porciones diseminadas en 103 hojas, que dejan el vaho o la influencia de un George Lichtemberg, un Nicolás Gómez Dávila, o un Luis Ignacio Helguera, solo para citar arbitrariamente a algunos buenos aforistas, porque esto de encandilar y gustar, como se dijo previamente de Gustavo Acosta y su escritura, equivale a atrapar al lector, a deleitarlo y en el mayor de los casos, a hipnotizarlo.

Un atributo inherente de este ejemplar (recuerden que toda lectura es una colección de estímulos), ya que, a decir del romano Claudio Eliano, a propósito de las hienas, estas tienen en su pata izquierda la virtud de infundir sueño y sopor con tan solo tocar la nariz de otro animal; y también (sigue Eliano hablando de estas creaturas), poseen la destreza de acallar a los perros con el reflejo de la luna, indicando con esto el poder hechicero del mamífero, y también desvelando el menú de la Dieta de la hiena.

Un tomo, sin duda, coleccionable, que es una pata izquierda de hiena llena de creatividad, y donde el autor condensa un mundo de ocurrencias distribuido en pequeñas frases, o en breves verdades portadoras de epifanías que pueden ser el germen para una novela, un slogan, un insulto disimulado, o una declaración de principios. Un libro que, si pudiera sembrarse, sería un rizoma que produciría diferentes ramas y frutos, ya que de un solo aforismo puede salir de golpe una narrativa entera, una filosofía posmoderna, una revolución local, o un corpus literario, tal como se evidencia en Sábato, Darwin, Goethe, Nietzsche, Rodrigo Argüello, Cristian Cárdenas Berrío y Diego Gil Parra.

En La dieta de la hiena la verdad se hermana con el humor, y juntas, constituyen un género llamado en otrora «Gnomo». Ese mismo «Gnomo» que el imaginario popular concibe como la figura de un «pequeño enano fantástico», aunque en su etimología traduzca realmente como «Conocer». Término que define más a este libro impreso en Pereira, que no solo contiene aforismos, sino también, (y esto lo afirma la portada), apariencias, epigramas, ilusiones, objeciones, concesiones, veleidades, abducciones, reiterancias, decepciones, sinrazones y otros ones. (Perdón lo sintético).

Finalmente, al descubrir el sedante bajo la pata izquierda de la hiena, se vislumbra en este enano «pero mítico y mágico» proceso creativo llamado «aforismo», la huella de un autor, que con ciertas construcciones gramaticales, se postula a ser propiedad de todos, y así, cumplir el deseo de Jorge Luis Borges de que todo eco literario debe ser anónimo. ¿No hay dichos en la jerga pereirana que pertenecen a la poesía de Luis Carlos González? ¿No son los aforismos de Luciano García Gómez parte del dialecto local? ¿Aquí no hay forasteros, todos somos pereiranos?

Cerraría la revelación del misterio que emana de esta hiena con un aforismo que repito como un mantra luego de haberlo memorizado: «La esencia del pereirano: Mirón por definición -entre otros hábitos de paseo empedrado.» Aunque reitero, que como buen pereirano, le preguntaría a Gustavo Acosta por cuatro títulos que prometió su editorial Jirafa Enana, y que hasta ahora no han visto la luz: «Periodismo Narrativo en Pereira»; «El Paisaje Cultural Cafetero explicado a los niños»; «Lo que queda del tren»; y «Antología ilustrada del cuento infantil en Risaralda». Por lo demás, que la hiena siga riéndose, e hipnotizando, y acallando perros en la ciudad.

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