Los poegramas de Marcela Ossa Villegas

«Fijar con palabras un mundo
(trémulo objeto sobre una superficie)
es asignarle sombra al vuelo
perspectiva a lo ilusorio.»


Eduardo López Jaramillo


Ausencias (1997) es un poemario que, por su edición, tratamiento, e impresión puede llamarse una obra de arte. Una pintura literaria y única, pues rara vez vemos un libro con belleza exterior e interior, es decir, es escasa esa combinación de lo gráfico (colores, gramaje y tipo de papel, tinta, tiraje, dibujos personalizados, etcétera), con un contenido rico y expresivo. Y resalto esta labor artesanal y editorial porque los poemas de la pereirana Marcela Ossa Villegas (1981) pretenden suscitar al menos dos cosas en el lector : evocar un sentimiento, un éxtasis (y trasmitir esta pulsión a los otros); y gustar en el buen sentido de la palabra.

En este orden de estímulos, es que, en 1997, el taller del Fondo Editorial de la Gobernación de Risaralda, imprimió estos versos tal como ella los concibió, sintió, escribió y sufrió. Y entiéndase esto como un proceso editorial y de impresión que respetó la caligrafía de la autora, las figuras, los tropos, la disposición de los poemas (en copla, rima, pentasílabos, decasílabo, etcétera), cuyo resultado fue un libro, que, abierto, pone a volar el espíritu, y cerrado, además de enmarcado, puede decorar un salón interior, ya que su portada principal contiene una reproducción surrealista de Joan Miró y en el cuerpo textual y entre poemas, hay finos separadores de papel cebolla con estampas y dibujos tiernos.

Pero prosigamos, porque Ausencias, no es solo un objeto, sino uno de esos tomos raros que encontramos en las referencias bibliográficas de Risaralda que vale la pena leer y que, por su delicadeza, sabemos que es la primera obra (y quizá la última) de la poeta Marcela Ossa Villegas. Una joven que, a sus 16 años de edad, siendo estudiante del Colegio Liceo Inglés de Pereira, ya componía sonetos exquisitos a modo de grito, de silencio, de requiem:


La ausencia más fuerte
Es la muerte.
Es la ausencia
Del cuerpo y las palabras.
Es la ausencia
Del camino que elegiste.
Todavía se siente
El dolor en el alma.
Aún se confunden
La rabia y la calma.
Aún se recuerda
Tu tierna mirada.
En el corazón tu risa
Siempre estará marcada.
Estas en ese vacío.
¿Qué nos causa llanto?
Esa eternidad
Que tememos tanto.
Se siente egoísmo
Al no tenerte,
Aunque en tu sombra nos
Acompañe por siempre.
Aunque tus recuerdos
Nos invadan constantemente,
Creo que ya
No es suficiente.
La vida no es lo mismo sin poder verte.
De verdad es difícil
Aceptar la muerte.


Y así treinta y siete composiciones adicionales sin título o encabezado, sin numeración de página, que constituyen más que poemas, poegramas, caligramas o arte hecho verso, en un tiraje de mil ejemplares, de los cuales hay 999 adicionales en Pereira o en otra parte de Colombia.  Un tomo de una sola edición que responde a una etapa de Marcela Ossa Villegas, y de la cual no se conocen más producciones de este tipo, porque es evidente que el tiempo y la vida es una metáfora; es una conjunción que forma un misterio y que lleva a preguntar por qué el arte individual no trasciende, y que igual a la flor Cereus Greggii, solo se abre una vez, para dejar solo el aroma a modo de recuerdo.

Es justo decir que en ese mismo año, en 1997, saldría el poemario, Urbana geografía fraterna de Omar García Ramírez; las crónicas Rosas para rubia de Neón del periodista Gustavo Colorado Grisales; Mitos y leyendas de la comunidad Embera-Chamí del historiador Victor Zuluaga; La manzana oxidada del poeta Flobert Zapata, entre otros trabajos, que, como la espectacular flor de La reina de la noche, se abren en un momento, dejan el olor, y desaparecen dejando una impresión de añoranza.

Ausencias, es pues un libro de angustia, de amor, de vacío existencial, de éxtasis romántico, que no pretende encontrar respuestas a su eco, ni quisiera espera oír una voz crítica, sino que, a través de una ternura irónica y un murmullo estético, trasciende en poegramas enclavados en su tiempo, que luchan contra el sentimiento que atora el alma de Marcela Ossa Villegas.

Es cierto que la vida, como los poemas, se van hilando hasta que se agota el material de la hilatura. Por eso el verdadero arte comienza con la representación verbal de los acontecimientos internos, espirituales, que una vez exteriorizados, dejan un halo de soledad que crece, tal como da cuenta este otro poegrama de la autora:


La oscuridad
Y el silencio
Abarcan todo mi cuerpo
En un vacío eterno.
La ausencia
De un sentimiento
Acaba poco a poco
Mi alma.
Llevando consigo mi aliento.
La soledad con el tiempo
Confunden mi ser
Y totalmente olvido
Lo que en realidad siento.


Finalmente, este caudal de sentimientos e inquietudes poéticas son producto de un esfuerzo libre, idílico, de un deseo por entender la vida, el dolor, la perdida, la ausencia. Esas pasiones humanas invertidas que no han desaparecido, y que son, sin duda, los orígenes de toda buena poesía.

El libro Ausencias, sellado, o mejor, patrocinado por una curiosa editorial Gerenciar Ltda, nos trasmite una idea: La belleza no es para los estetas, sino que pertenece a todo aquel que busca un camino introspectivo; es un claro llamado, una promesa, tal vez no de felicidad o de sanidad, pero si de un peregrinaje al reino de la composición. ¿Es verdad que la Ausencia tiene dos caras? se pregunta el poeta medieval. Sí. Por un lado, es una circunstancia que llama al ser a meditar; por el otro, es el tiempo de la diferencia absoluta, es el sueño, y el sueño requiere una extinción radical de éxtasis.

Este verso de Marcela Ossa Villegas lo resumiría mejor:


El siempre
No es para siempre
El nunca algunas veces vuelve atrás.
Olvidar es imposible
Cuando se puede recordar.
Pensar es la mejor manera
Para reír o llorar.
Ilusionarse no se puede
Si no hay algo qué esperar.
Soñar a veces duele
Si no se acepta la realidad.
Perdonar es aceptar
Aunque no se pueda olvidar.
Amar tiene su límite
Y hay que aprenderlo
A controlar.


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