Crónicas de América: Mulaló

«Viajar te deja sin palabras y después te convierte en un narrador de historias»
Ibn Battuta


La versión del pueblito paisa, en el Valle del Cauca, se llama Mulaló, asegura Mauricio, un guía turístico de acento caleño que tiene una gorra que no hace juego con su rostro y quien sostiene un canguro lleno de manillas de colores para repartir entre los pasajeros. En esta mañana de septiembre hace un calor de 28° y el bus está atestado con más de cuarenta personas, mayormente jubilados, que emocionados por la historia de Palomo,  el caballo blanco de Simón Bolívar, sumado al deseo de comer el mejor plato de chivo de la región, van como escolares con sudaderas, tenis, cámaras fotográficas y pequeños bolsos donde llevan algo de ropa.

El trayecto en bus, desde Cali, lleva la tranquilidad de un monasterio. Pocos, si acaso ninguno, han escuchado antes el nombre del lugar y dudan si existe en el mapa un pueblo llamado Mulaló. Incluso el conductor del bus, un hombre de bigote mostacho, panza prominente, y lentes de abuelita, está siendo guiado por Adriana, la secretaria de Mauricio, para evitar perderse, ya que desde Cali hay que seguir la ruta hasta Yumbo, pasar por Vijes, y realizar un viraje a la derecha en la dirección noroccidente del departamento.

Una vez cruzada la rotonda del Pacífico, el camino disforme se siente tortuoso, y tiene más estabilidad un Jeep en las montañas de Caldas, que este bus que parece un elefante torpe dando pasos de tortuga. Lo único que rompe el silencio en ese parsimonioso trayecto es la música popular de Darío Gómez y el Cuartero Imperial, que entretiene a los turistas, mientras ellos hablan cuello en voz sobre ese tal Mulaló y lo que visitarán como primera cosa.

Los primeros dicen que esperan ver a alguien con las facciones de Simón Bolívar, o alguno que se le parezca. Los segundos, hablan de tomarse fotos con los famosos chivos africanos. Una señora aislada confirma que lleva una petición especial a San Antonio de Padua: que su hija consiga marido. Y un joven, con rostro desprevenido, afirma que lo primero que visitará es el museo de los esclavos. Cada uno lleva su idea del lugar, su itinerario y sus preferencias. Lo que sea. El bus ha llegado y un bramido como de un animal herido, anuncia que el motor está apagado y ya pueden descender a Mulaló.

Mauricio, el guía turístico, entrega las últimas instrucciones a los jubilados, y enfatiza que a las 5:00 P.M está agendada la salida para regresar a Cali. Algunos parecen oír, otros no. Y en cuestión de minutos casi la mitad del grupo ya se encuentra esparcido por el lugar, dando la imagen de un puñado de alumnos desordenados en un patio escolar.

Al caminar por las calles de Mulaló se siente una atmósfera melancólica, como si los años no corrieran en ese pueblo. El aire que golpea los techos, el clima seco, la superficie de las montañas, y las estructuras de las casas, nos regresan al tiempo cuando José María de Cuero y Cayzedo, primo de Joaquín de Cayzedo y Cuero, a quien le han hecho un monumento en el casco urbano de Cali, vivía allí, azotaba esclavos, recibía a Simón Bolívar, y juraba lealtad a la gesta independentista. Si alguien cierra momentáneamente los ojos y recrea la historia en su mente, regresará literalmente, al año de 1830. Ese es el efecto.

Efecto que se rompe gracias al balar incesante de los chivos en los corrales, quienes presienten, igual que los gansos, que serán el almuerzo de un grupo de jubilados que los miran con ojos gastronómicos. La suerte está echada para los caprinos, y mayormente cuando el olor de las cocinas en Mulaló perfuma y encanta a los visitantes. Los meseros del restaurante aseguran que el cliente puede escoger el animal que prefiera, y en cuestión de minutos lo convertirán en mondongo, un lote asado o en un suculento guisado. Recomiendan las vísceras de ovejo africano e intentando convencer a los clientes, narran la historia de cómo y quién trajo los primeros especímenes al lugar, que, a decir verdad, todos saben que vinieron con los esclavos afrodescendientes raptados de las mesetas de África.

Los distintos grupos de jubilados deambulan dispersos. Unos van al Centro histórico y cultural Simón Bolívar; otros a la capilla San Antonio de Padua, el santo portugués que milagrosamente consigue pareja a las solteras; el resto se dirige al llamado «Mercado de los esclavos» , una plaza con ocho ceibas centenarias que aún conservan los grilletes y las cadenas donde ataban a los sambos y negros para corregirlos o enseñarles la disciplina del terrateniente.

Unos metros más adelante hay una pequeña placa que la gente se empeña en tomarle fotos y se turnan para leer su leyenda. Es un cuadro de cemento estucado que dice: «Tumba de Palomo. El caballo blanco de Simón Bolívar. Descanse en paz. Su más noble y fiel amigo. Honor y gloria a su recuerdo. Murió en Mulaló el 17 de diciembre de 1840.» El mismo caballo que el escultor antioqueño Rodrigo Arenas Betancourt inmortalizaría en Pereira, y que según la historia, fue donado por el Libertador a José María de Cuero y Cayzedo en agradecimiento (algunos dicen que a modo de trueque), por la compañía sexual que le prodigó la esclava mulata Ana Cleofe Cuero en una noche. La misma mujer, que aseguran, le dio una hija al general, que luego bautizarían como Manuela Josefa Bolívar Cuero. Expósita que la historia sepultó en el olvido.

Sobre estos eventos los historiadores no se ponen de acuerdo si son veraces o no, pues el famoso general de la Gran Colombia estuvo en tres ocasiones en Mulaló: en 1822, cuando reclutó esclavos para la causa independentista; en 1825 al regresar de Ibarra, Ecuador, en su ruta hacia Bogotá; y en 1829, fecha en la que se presume, concibió con la esclava la única hija que se la atribuye y que los registros del tiempo borraron de la historia.  De igual forma, y en otra versión, se asegura que Palomo fue regalado, por el mismo Libertador al caudillo boliviano y presidente del Perú, mariscal Andrés de Santa Cruz.

Concuerden o no los hechos, al grupo de jubilados parece no impresionarle nada, pues ya no tienen la curiosidad de un niño y a esa altura no se trata de creer sino de escuchar. Solo saben que lo mejor de Mulaló es haber logrado salir de Cali, de esa ciudad bullosa, contaminada, salsera, vertiginosa, que no ofrece otro espectáculo más moderno que los centros comerciales como Palmetto, Chipichape, Unicentro, Cosmocentro y otras decenas de lugares industriales sin importancia para ellos.

La hora de regresar se acerca, y una parte de los jubilados ya esperaban, aburridos, el momento de embarcarse. El sol moribundo de la tarde traspasa los recuerdos, de quienes nostálgicos, no dejan de pensar en ese lúgubre museo lleno de martillos, punzones, cadenas, cuchillos, grilletes, machetes, y fierros para marcar los esclavos; y del otro grupo de adultos que, decepcionados, no pudieron comer mondongo de chivo, ni sopa, ni asado, ni vísceras, gracias a un sentimiento animalista y de misericordia que despertó en ellos los caprinos.

El bus hace sonar dos trompetas que tiene emplazadas en la parte superior para convocar a la gente y Mauricio no deja de fruncir el entrecejo porque no todos parecen obedecer al cronograma. Mientras el guía espera, saca una botella de aguardiente y brinda con el conductor. Celebra que el tour haya concluido dejándole una ganancia sustancial, aunque ignorando, por otro lado, que el grupo de jubilados tienen el sentimiento de la historia atorado en sus gargantas y un hambre que amansaran en el camino con empanadas, pandebonos y aborrajados. El bus se pone en marcha hacia Cali al mismo ritmo de llegada, y Palomo, el caballo blanco, se queda como testimonio de un equino fiel, amigo del Libertador y de los chivos, que cabalga en la leyenda de un pueblo llamado Mulaló.

3 comentarios sobre “Crónicas de América: Mulaló

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  1. Diego. Buena esta crónica sobre Mulaló, lugar emblemático a quien el guía presenta como pueblito paisa, lo que es un error inmenso. Mulaló es el prototipo del pueblo caucano, basta con seguir la estructura constructiva de sus viviendas y la disposición de los espacios comunales, la capilla una construcción doctrinera legítima, con algún retoque, las paredes de tapia pisada y la disposición y uso de la madera. Además, los elementos antiguos, las leyendas, la historia y la cultura. Es una profanación decir que ese lugar es paisa. Es caucano de negros y mulatos con peones de hacienda blancos.

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