Simón Bolívar: sensación y escándalo en Pereira

«El General Bolívar no es un Washington; solo es, como él mismo ha dicho, uno de aquellos azotes, que la Providencia envía de cuando en cuando para el castigo de los pueblos.»

Patricia Cardona Zuluaga


Ricardo observa el caballo, sus fosas nasales, su brío, luego centra su atención en el Libertador, es decir, en un ser desnudo, de cara tragicómica, que mira hacia ningún lugar (algunos dicen que al infinito). Se concentra en esos detalles y no entiende nada.  ¿Qué hace ese hombre ahí, en tamaño colosal, sin más propósito que mostrar su desnudez? Se acuerda que en los días de gloria del venezolano el traje militar no era su fuerte, sino las mujeres, que fueron su verdadera guerra interior.

En la universidad, un docente le afirmó a Ricardo que el Libertador murió de VIH, que enviaba cartas muy bellas a su amante de Jamaica. ¿A Alexandre Pétion? ¿Al Negro Pío? que era de sangre caliente. ¡Paporretadas! El profesor era homoerótico y esa era su interpretación del «hombre de américa». En el claustro, en los libros, frente a los micrófonos, si a la historia se le mueve una coma, todo enloquecería. La verdad de un padre de la patria hecha escultura, vaciada en bronce, debe entenderse como un símbolo, una imagen, una insignia. Nada más.

Quizá todo se daba a un error, piensa Ricardo. No logra conciliar por qué nos miramos en ese prócer y nos proyectamos en esos elementos patrióticos carentes de significado. Aunque, luego de dos cafés, un par de roscas y un cigarrillo, una pensamiento enano cruza la mente de Ricardo: «nacemos desnudos y morimos igual.» ¡Doble paporretada! Sin embargo, Ricardo piensa en el caballo de Bolívar (no Palomo, no, ese está enterrado en Mulaló) sino ese animal que no tiene más que crin, encabrite, humo que sale por sus narices, en cuyos lomos monta eso que llamamos Libertador. ¿Libertador? Ninguna otra palabra le desagrada tanto. ¿Qué liberó? Medita. Si la respuesta no requiere esfuerzo, es porque la historia está amañada. Concluye.

El aire de esa mañana está enrarecido en esa plaza, pero ¿en cuál de las tres? ¿La fe, la esperanza o el amor? Título original de esos tres espacios céntricos, ahora renombrados como: El Lago Uribe Uribe, Plaza de Bolívar, y Parque de la Libertad.  Ricardo siente el oxígeno grueso, específicamente en la plaza central, esa donde todo es colectivo: el olor a orín, la cantidad de palomas (ratas con alas) y las personas que se toman fotos con un exhibicionista que tiene nombre propio, historia propia y caballo propio.

Ve como cae un mango. Verde, maduro, podrido, quién sabe, pero lo ve caer. Es simplemente algo que desciende, al igual que ve llover mierda blanca, verde o maloliente de esas ratas voladoras que trabajan con los fotógrafos. Excremento que cae en las cabezas calvas de los curas, entre un tinto recién servido, o encima de los documentos que lleva el político a la picota de los decretos municipales.

El Libertador y el caballo siguen impertérritos. Nada mueve su tranquilidad. ¿Es una estatua? Por supuesto, pero también tiene que ser algo. Ese poder de los símbolos debe hablar, sino, sería materia muerta como cualquier otra. Quitemos del parque ese monumento y solo quedarán las pensiones, los trabajadores sexuales, los estafadores, los políticos inhabilitados y los ajedrecistas amateurs que no entienden que este juego nació en la India y no en Persia. Si se tumban los mangos y se deshojan esos árboles vetustos solo podrá verse ardillas con frío;  arañas tejiendo kevlar; mensajes tiernos ocultos entre las ramas; y candados del amor engarzados en las rejas.

Ricardo le da vuelta al asunto. Piensa de nuevo en el Libertador apostado encima del caballo. Varios porqués despiertan con furia en su mente. Siente que «eso» es un atentado contra el pudor. El prócer expone sus carnes morenas al sol, al agua, a la intemperie. Algunos dedos traviesos y suaves, algunas manos adorables o un par de labios sin dueño, pueden rozar su voluptuosidad. Y en efecto lo han hecho.

Si en otras partes del país el Libertador vale por su guerrera, sus insignias, la espada rota, las botas de cuero añejo, las charreteras, en esta latitud vale solo por su cáscara. Acá tenemos la almendra, la verdadera figura del poder humano: la desnudez. La gente al rodearlo,  al observarlo desde diferentes ángulos, lo reprueba. Lo miran ahí inerme, inerte, sin facha, pero en el fondo lo veneran con amor filial. ¿Están convencidos o los convencieron? En Perú y en Bolivia este no es un padre, sino un tirano. Allá su imagen se confunde con las alpacas, los guanos y la tunantada.

¿Es que la locura es nuestra identidad? Él es el padre, y sus hijos no desean verlo sin ropa. Cam lo hizo con Noé y tuvo sus consencuencias. Esos fisgoneos y esa pacatería no tienen parangón. ¿Es que el barbas de Rodrigo Arenas Betancourt realmente lo vio desnudo? Luego de Manuelita, pocos saben de esas fibras musculosas de sus piernas; de esas arrugas de iracundo y no de pensador que rayan su frente; de esa palidez inexplicable; de esa espalda partida en dos, señal de mujeriego. Este Libertador desnudo es griego, no colombiano, mucho menos venezolano. Ahí está, un caraqueño adoramos como prócer.

Lo impresionante es que Rodrigo Arenas Betancourt, luego de varias copas y cientos de miles de pesos, haya tenido una idea tan ruin del Libertador: lo concibió de arriba abajo semejante a un ser enclenque, flaco, palúdico, raquítico. En otras palabras, no ideó un jinete feroz, sino un muñeco de cobre, un pedazo de hombre afectado por el marasmo.

Es verdad, «El hombre de las dificultades» anduvo más a caballo que a pie. Disfrutó muchas camas y menos campos de batalla. Por eso es confuso que su cabeza sea una copia de una obra de Pietro Tenerani puesta sobre un cuerpo de adolescente. El joven, en efecto, sopesa que la extremidad superior no puede con el tronco. ¿Va a derrumbarse? Sí, es propensa a caerse. Quizá por eso anda tan agachado. En fin.

El Libertador en ese parque es un jockey que corre sin un Derby. El caballo resulta mayor que el jinete. Así las cosas. Todo está al revés. El orden se ha invertido. El genio bélico se presenta como inferior a la fuerza equina que en cierta forma es superior.  El proyecto del escultor fue hacer un Libertador que se pareciera un caballo, y no un caballo que se pareciera un Libertador. Esa es la paradoja que causa sensación y escándalo en la ciudad.

Ricardo se retira lentamente de la plaza central. Ya llegan los policías, los indigentes, el tráfico de carne. Ya llega la noche en Pereira, la cama, el sueño, la muerte.  La vida cíclica se reinicia, y al día siguiente Ricardo regresa de nuevo a esa plaza a ver al Libertador, a pensar sobre su imagen, figura, símbolo, y los desvaríos de un escultor y una ciudad.

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