Diario de una próstata

«El sexo es una de las nueve razones para la reencarnación… Las otras ocho no son importantes.”

Henry Miller


Ayer vomité. El doctor me dijo que la causa era el haber comido ligero y me recetó mentas de Mercurio y pastillas de Melano (miel con ajo y Noxil, que es un derivado del fármaco 581). Me indicó que debía chupar algunas cuando sintiera náuseas. «Tienen un sabor neutro, le gustarán», dijo. Lo miré de soslayo y confié en sus palabras, pues los médicos son los nuevos sacerdotes.

He pensado si quizá he adquirido alguna resistencia a los condimentos o mi cuerpo se ha vuelto intolerante al pescado o a la lactosa. Me acongoja pensar que quizá pueda estar gravemente enfermo, porque ¿qué es un hombre enfermo? Simplemente un convaleciente para la familia, un paciente para el hospital y un marido disfuncional en la cama.

Cuando Melisa me ve triste, se alarma, e intuyendo lo peor, me dice: «Joel, chupa mercurio» y justo ahí recuerdo que llevó las mentas en un envase de tic tac. Luego sacó una con delicadeza, y la introduzco en mi boca. Al instante siento alivio. Como una frescura debajo del vientre, donde comienzan las contracciones y los intentos de arcadas. Luego me preparo un jugo de naranja con azúcar.

No sé por qué se empeñan en encerrarme entre tanta ropa como si fuera a pescar un resfriado. Cuando hace demasiado calor quiero salir sin importar el qué dirán, pero me aconsejan que no es prudente, que la gente se horrorizaría al verme tan mondo y lirondo en la calle sin ningún recato. Pienso en esto, pero los dolores internos no me dejan reflexionar más. Es como si tomaran esos vecinos cercanos, los testículos, y les aplicarán electrochoque, y vaya las cosas que sucede, pues recuerdo que los romanos se tomaban sus genitales y así testificaban; después cambiaron esto y decidieron que era suficiente con poner la mano encima de una biblia.

Lo curioso de estos dolores bajos es que parece que deseara aquello, pues cada vez que intento buscar algo de placer, terminó agazapado en mi cuarto oscuro, retorciéndome de dolor agudo y maldiciendo mis deseos.  Leí ayer: «el deseo es un instinto de autodestrucción.» Maldito polaco. Profeta de caverna. ¿Sabía él que me es inevitable vomitar cada vez que veo una trinchera?

El divino Platón nos dejó encerrados en oscuridades al enseñar que la cueva proyecta sombras que no son reales, pero que tomamos como verdaderas.  Lo que él sabía de mujeres lo había aprendido de los hombres. No hay nada más que decir. ¿O pensamos que el pleroma era un mundo etéreo que goteaba ideas? No, el asunto es fálico y de carácter seminal.

De igual forma, cuando veo una abertura, siento que debo desahogar mi furia interna. No pienso en mi forma redonda de mamoncillo, igual que los círculos arquimedianos y que puede implosionar como una estrella que nace. Melisa me ve inquieto de nuevo en mis silencios internos. Toma un vaso de agua y pone encima de la mesa de noche las pastillas de melano. Ella se ha encargado de los horarios para dosificar mi medicamento. Deja una nota antes de irse para el trabajo: «Querido Joel, si sientes inquietud, chupa melano, seguro te sentirás mejor». No comprendo por qué tanta atención.

Con ella puedo ser lo que quiera. Y gracias a Dios puedo responder a sus deseos sin remilgos. Sé que no necesita otro cuerpo circular ya que está decidida a estar conmigo hasta el final, hasta que desaparezca de esta masculinidad, o hasta que me extirpen y mi testosterona se vuelva loca y se esparza por cualquier músculo.

Las electricidades internas me matan. Soy reacio a la medicina, porque aprendí a desconfiar de los médicos, especialmente de los urólogos. Melisa se ofreció hacerme el test manual, aduciendo que quería acariciarme, posar su mano para saber mi estado. Al principio me rehusé. Juzgué que mi masculinidad se vería entredicha. Pero terminó convenciéndome que su dedo era el dedo de la virgen. Y una virgen de sangre caliente es amorosa y no podría causar ningún daño. ¿Quién cree que medía la salud prostática del Rey David? Pues las vírgenes que lo abrigaban en su lecho de viejo.

Citando la historia bíblica me convenció. Su voz es dulce como la de un pajarito. Un dedo virgen, introducido con fe, podía producir un milagro en mi interior, y así evitaría vomitar con tanto dolor y lanzaría esas pastillas de mercurio y melano a la basura. Pero antes de acceder al tacto de Melisa, pensé sobre quién haría tal prueba al rey Salomón. ¿Él mismo o la reina de Saba? Cerré mi mente ante la idea de un dedo huesudo y negro explorando las cavidades más sabias de la tierra.

Mientras pensaba en este disparate histórico, Melisa enjuagaba sus manos en alcohol, y alistaba una mesa buscando mi comodidad. ¿Es que quiere acaso jugar al médico y yo al paciente? Bastante teatro somos los dos.

Vacilé por un momento ¿Tocarme la luna o el sol interior? En mis 54 años jamás lo había pensado. Quería tocar la luna como Li-Po, o alcanzar el sol como Ícaro, pero que me toquen, que entren a mi caverna a explorar mi forma esférica, no, eso sería un acontecimiento igual que el Sputnik cuando salió de órbita.

Como un iniciado, me dejé conducir dócil igual que una res al matadero. Al disponerme para esa experiencia me dopé con dos pastillas de mercurio y dos de melano, por si algo salía mal. «Melisa, ya chupé mercurio y chupé melano, así que puede proceder». Así terminó mi día, cruzado como una chuleta en posición de penitente, y con la esperanza de que mi forma infantil, del tamaño de una canica, ahora del tamaño de un mamoncillo, no estuviese del tamaño de un limón pajarito.

Escribo esto en mi diario y me dispongo a ir a dormir. Espero no ver cavernas mañana, ni que mis deseos me destruyan. Estoy irremediablemente condenado a la libertad de morir en mi instinto circular.

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