El último exilio del poeta

Ser espectadores nunca podrá satisfacernos, sin embargo, la naturaleza nos exige ser espectadores y también aplaudir.

William Hazlitt


El poeta Mauricio Peñaranda (Pamplona, 1962) es un coleccionista de libros, gorras y vidas. Lo primero se comprueba al saber que no es difícil encontrar algún libro autografiado de su biblioteca en alguna librería de la ciudad; lo segundo se deduce de la factura de una boina cuero miel gamuza firmada por él y encontrada casualmente en un almacén; y lo tercero se aprecia en sus dos poemarios galardonados en el concurso anual Convocatoria Municipal de Estímulos de Pereira: “Voces de poetas” (2016) y “El último exilio” (2019) donde colecciona y versifica la vida de grandes escritores universales cuyos destinos singulares son, per se, una misma novela.

Poemarios que, a modo de cantera, permiten extraer detalles de esos creadores literarios y que, sin ambages y sin caer en ningún síndrome, muestran el lado interesante u oscuro de cada uno de ellos. Porque la existencia misma es un teatro, una comedia, un drama donde se escenifica la vanidad, el dolor, o el orgullo, pasiones que los escritores, versificadores, y dramaturgos conocen o experimentan previamente, ya que tales estados son la hilatura de toda invención o fabulación. Sobre esta base, es que Mauricio Peñaranda, que además de poeta, es angeólogo, logra establecer magistralmente un puente entre el espectador o lector y la vida real (y posteriormente la obra) de aquellos reconocidos literatos.

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Con una escritura libre de adjetivos y reflexionada, tiempla el ambiente y logra que entre el público lector haya cierta sintonía y criterio para comprender, gozar, y/o aceptar la obra literaria del autor, sin ignorar, por supuesto, lo que afirmó Bernardo Soares (Fernando Pessoa) de que toda la literatura consiste en un esfuerzo por hacer real la vida, ya que la existencia es irreal, intangible, espuria, a menos que se transforme en narrativa.  Así, entonces, al único consuelo que puede aspirar el buen lector al contemplar ciertos libros, y ciertas vidas, es el placer de la ironía.

¿Existe una autobiografía de Sócrates? No, sin embargo, se han escrito cientos de tomos sobre su vida en los anales del tiempo. ¿Se suicidó Ernest Hemingway, el eterno apasionado del Macondo africano? Su final fue difuso. ¿Albalucía Ángel ama o no ama a Pereira? La ciudad la venera con ahínco, lee sus textos y espera su regreso. Y así sucesivas historias irónicas de cada uno de los escritores, cuyos aciertos o manías, desvelan la contradicción entre lo plasmado y lo vivido, porque el escritor es una dirección, no una imagen, y por eso es necesario buscar más que una pluma, una historia.

Como es sabido, los sabios de la antigüedad, hasta cierto punto, sellaron un pacto de amar al amigo como a uno mismo. Mauricio Peñaranda es el leal compañero de esos bellos escritores muertos.  De ahí la autoridad para hablar de cada uno de ellos. Porque los conoce, los ama, los odia, los contempla en la soledad de su creación, detalla sus manías, sus deseos y los retrata entre anécdotas telegráficas escritas en primera persona. Aunque, es necesario decir, que no estamos frente a un biógrafo, sino ante alguien que multiplica los pequeños rasgos, los tics físicos, las expresiones auténticas, los testimonios, resucitando seres humanos de una masa de documentos, y de la ingratitud del olvido de los lectores.

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Ante esta disciplina juiciosa, Mauricio Peñaranda asienta una verdad: “Si no se conoce todo de un autor, no se sabe nada de su obra.” Y esto incluye saber las facultades inventivas y geniales de cada uno de esos grandes autores, pero también dilucidar la estupidez de sus acciones, porque el arte (sea cual sea), radica en apariencias, en la apariencia está la imagen, y de la imagen surge el mensaje. ¿Qué comunica enterarnos de que, un escritor ganó un premio Nobel de Literatura? El éxito y la gloria. Sin embargo, ¿Conocemos las penurias y desaciertos de una Gabriela Mistral, un Vargas Llosa, o un Gabriel García Márquez?

Personalmente, no he leído todos los autores citados en “Voces de poetas” (2016) y “El último exilio” (2019), aunque los conozca. Sin embargo, para consuelo, hay muchos paréntesis literarios que cada crítico o investigador posee. Quizá, por eso, no me aventuro a ojear el “Ulises” (1922) de James Joyce; no tengo la colección de relatos cortos “In Our Time” (1925) de Ernest Hemingway; busco la poesía maniquea de Orlando “Zept” Largo, un oscuro escritor pereirano; y me obsesionó con descubrir la técnica de Friedrich Dürrenmatt para escribir una novela con solo veinticuatro frases.

Y así, hechos que dejan entrever que hay mucho que explorar y contar sobre libros, escritores, vidas y experiencias. Obsesiones literarias que impulsan hacia grandes empresas, y que estos dos poemarios, acogidos con cariño, sin duda se hermanan con los trabajos del norteamericano David Markson (1927-2010); el francés Guillaume Musso (1974); y el español Julián Marías (1914-2015) quienes también escribieron anécdotas humanas, demasiadas humanas, de literatos.

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Aclaro, Mauricio Peñaranda no compone estos libros como ensayos aislados, sino que los diseña como pequeñas píldoras dosificadas, llenas de experiencias literarias, cuyo estilo deja entrever que se puede demostrar cualquier tesis -y lo opuesto- con citas o acciones de hombres y mujeres eminentes. A modo de ejemplo, el “Síndrome de Stendhal”, el “Bien de Veblen”, la secta de “Tlön” inspirada en Jorge Luis Borges, o los seguidores “donosos” del pereirano Andrés Galeano.

Solo me huelga decir que ningún lector risaraldense o de otra latitud tiene derecho de abrir estos poemarios sin comprometerse a investigar las vidas allí expuestas, pues cada párrafo es un don entregado a los lectores. Ya que, como sabemos, el mundo literario es un bloque en bruto y solo el fervor, la pasión y la creatividad, constituyen esas herramientas para la construcción ficcional, que, a propósito, el autor, gentil y hábilmente, ha sabido usar logrando componer dos libros magníficos.

De la misma forma que nadie puede tener un pensamiento o ponerse un sombrero por mí, Mauricio Peñaranda seguirá pensando entre la vasta colección de libros que posee, coleccionará vidas escritas, y se pondrá sus gorras, por nosotros, los que leemos sus textos con detenimiento.

2 comentarios sobre “El último exilio del poeta

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  1. Respuesta de Mauricio Peñaranda.

    Querido Diego,

    La vida quiso que sin la menor intención de seguir mi nombre en Google, diera con él y, de paso, con tu generoso ensayo sobre mis dos libros. Todo lo que señalas, coincide con mi búsqueda literaria y artística. Destaco tu tacto y sobriedad al reparar en un tema tan variado y disperso como mi obsesión por los miembros de mi verdadera familia espiritual: los autores y sus mundos.

    Me halaga, asimismo, tu interés por mis gorras, aliadas en mi pugna contra la calvicie, el sol, la lluvia y la intemperie física y espiritual. Muchas han proseguido su aventura por la vida si mí: abandonadas en taxis, cafeterías, restaurantes, hoteles, conferencias, plazas, estaciones y ciudades. Algunas son fantasmas que aparecen en sueños en los que me veo corriendo acezante detrás de algunas de las desaparecidas e inconfundibles en un solo e inaprensible golpe de multitud en el que las cabezas usurpadoras fluyen como barcas culpables en un mar tumultuoso.

    Mi destino ha sido perder libros y gorras. De los primeros suelo despojarme generosamente y sin dolor, pero de las gorras, temo que huyan de mí. Así, sin más ni más; como si al entrar en contacto con mi cráneo las poseyera un inexplicable anhelo de libertad. Ninguna ha vuelto. Temo que me odian. No creo que me persigan ni pretendan vengarse, aunque… podría suceder. No conozco un tipo de soledad doméstica tan desasosegante, créeme, como la que se produce al perder una gorra. Solo la desaparición de una mascota podría compararse.

    Te prometo que cualquier mediodía al calor de un almuerzo conversaremos sobre las gorras que de mi cabeza tienden a emigrar como flores trashumantes de un jardín nostálgico. Hablaremos de sus materiales, propiedades, estilos… hablaremos mucho, tanto que tendrás material para escribir otro ensayo, un cuento o una narración sobre un escritor del que emigraban las gorras. Claro, y hablaremos de literatura.

    Entre tanto recibe un fuerte y caluroso abrazo de

    Mauricio Peñaranda

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